Opinión

Una verdadera desgracia

Rubén Osorio Canales

Nadie en este país llegó a pensar jamás que después de la victoria contundente de la oposición llamada MUD en las parlamentarias del 2015 el régimen castro-comunista volvería a presentarse a unas elecciones, pero sucedió que, por una parte, la dirigencia opositora perdió toda sindéresis y se olvidó de la unidad y cada uno comenzó a remar la barca hacia su propio puerto, y por la otra, un oficialismo maltratado y dividido, pero sintiéndose seriamente amenazado, decidió dejar sus rencillas para otro momento y se dedicó a hacer lo que verdaderamente saben hacer, apretar las tuercas del motor para quedarse en el poder, sin importar los métodos. De allí en adelante el país fue el escenario de una sucesión de pugnas, de trampas, de movimientos y falsas maniobras. Después de perder las brújulas y haber vivido la frustración del revocatorio, las marchas gigantescas que no llegaron nunca al punto señalado, de haber librado batallas que dejaron muertos, heridos y presos políticos sin obtener resultados, de haber convocado a un plebiscito para repudiar al régimen y en paralelo ver cómo este se salía con la suya y nos imponía una asamblea constituyente espuria, después de haber aceptado el reto de unas elecciones que sabíamos fraudulentas y haber sufrido la campaña abstencionista que gobierno y parte de la oposición instrumentaron con la ayuda de los llamado antisistema bombardeando a la MUD, no podíamos esperar un resultado distinto al que tenemos hoy.

El paisaje que estamos viendo es el de un campo de batalla lleno de muertos, de banderas rasgadas, quemadas y rotas, de heridos desgarrados por sus propios gritos pidiendo ayuda, algunos sobrevivientes con sus armas y sus morrales o lo que quedó de ellos al hombro, tratando de alcanzar algún punto que sus miradas perdidas posan en un horizonte imaginario, gente que huye, que no quiere ver la realidad, mientras en la colina más cercana la bota militar, no importa cómo, pero victoriosa, pasa revista sobre el campo de batalla y contabiliza los resultados de su victoria.

He querido suavizar el cuadro de una devastación que está allí frente a nosotros y nos perseguirá por mucho tiempo si es que no sabemos enfrentarla a tiempo, dejando a un lado y en el basurero más putrefacto el lenguaje populista que todo lo destruye y desvirtúa, y con la verdad y nada más que la verdad en la mano, que es la única forma de acercarnos a una verdadera libertad.

Comencemos por decir, como parte de esa verdad, que hubo un fraude en múltiples instancias, todas ordenadas, avaladas y protegidas por la cúpula gobernante a través del Plan República, que el CNE nos impuso unos resultados falsos que no se corresponden con el repudio que más de 80% de los venezolanos expresan a diario contra el régimen, que la escena electoral estaba desfavorecida gracias a la campaña abstencionista que tanto el gobierno como parte de la oposición instrumentaron con furia, todos hechos que nos imponen una realidad que hay que asumir y habrá que enfrentar, porque dejó el escenario lleno de ronchas indeseables como son: una dictadura comunista que aplica sin escrúpulos la utilización de cualquier medio a su alcance sin importar el tamaño y la forma de sus ilegalidades con tal de lograr su fin, que es mantenerse en el poder; una oposición lamentablemente dividida y con una galería de circo enardecida que grita acusaciones en su contra, en muchos casos de manera irresponsable; y un pueblo desconsolado y desprotegido, sufriendo los efectos del desabastecimiento, del costo de la vida, de la falta de medicinas, chantajeado continuamente por el oficialismo con el carnet de la patria, las bolsas CLAP, y al mismo tiempo acorraladas sus protestas en los barrios con las incursiones de las OLP, como quien dice, el terreno ideal para que el castro-comunismo termine de instalarse en Venezuela con todo el aberrante y perverso equipaje que trae consigo su pretensión totalitaria. Ese es el paisaje.

¿Qué pasó? Pasó que hubo un megafraude continuado, estudiado y cuidadosamente perfeccionado desde la derrota sufrida por el régimen en las parlamentarias de 2015, que a ese megafraude se unieron los bonos y regalos que el régimen otorgó a través del carnet de la patria, que la campaña a favor de la abstención impulsada tanto por el régimen como por algunos sectores de la oposición, y algunos errores inocultables del comando de la MUD que aportaron lo suyo. Pasó, y no caben dudas al respecto, que el régimen se salió con la suya, que con ese fraude comprobable y debidamente registrado, unido a la ayuda externa que aportaron los enemigos de la MUD, el régimen cumplió sus objetivos y dejó, como los huracanes, una tempestad con daños colaterales muy graves y costosos de reponer, entre los cuales, el peor de todos, el que más nos duele y nos dolerá por mucho tiempo, es la fractura abierta de la unidad opositora que deja en estado de indefensión a todo un pueblo acosado por una realidad que lo ahoga.

Quien no haya entendido que la verdadera joya de la corona, perseguida por el régimen con inaudito empeño a lo largo de esta desigual lucha, era precisamente esa fractura de la unidad, no ha entendido nada. Mucho más que las gobernaciones y las alcaldías, las cuales, al fin y al cabo, como lo estamos viendo, dominará a su antojo con la espuria ANC y el TSJ, a lo que más siempre le temió el régimen a lo largo de estas dos décadas fue a una unidad opositora indivisible y compacta, capaz de capitalizar el descontento popular que siempre provocan las decisiones comunistas.

Para que mejor se entienda a qué hago referencia, y para que no se nos olvide nunca, el régimen siempre sintió pánico al enfrentar con la seguridad de su derrota a aquella unidad que logró imponerse con mayoría calificada en las parlamentarias de 2015, la misma que derrotó las pretensiones de Chávez al querer imponer su reelección indefinida, la que a pesar de sus errores la convirtió en objetivo de guerra del régimen. Esa que algunos quieren ver en terapia intensiva o con su partida de defunción colgada en los postes de Venezuela, la que desearemos resucitar, si es que queremos reinventar la democracia y darle vida y sentido a una Venezuela que lo merece. Lo que tenemos frente a nosotros es el propio huracán comunista enfurecido, queriendo sepultar para siempre lo que queda de nuestra identidad y nuestra historia, sin que veamos, ni cerca ni distante, a una oposición envuelta en una unidad a prueba de cañón, dando la cara y haciéndole frente. Una verdadera desgracia.