Opinión

Una notable metamorfosis

Rubén Osorio Canales

Es bueno recordar a la luz de los acontecimientos cotidianos que nos acosan como plagas indestructibles, que la primera gran razón de los comandantes que propiciaron el golpe sangriento de 1992 fue, entre otros muchos, esa perversión pública que llamamos corrupción que, según ellos, dominaba la escena de aquellos años, y que luego de la asunción “revolucionaria” al poder se ha convertido en una epidemia. No hay día que la prensa nacional e internacional no reporten casos de corrupción, ni oficina pública en la que no sea comentario obligado el comportamiento de funcionarios, a todos los niveles, vinculados a la corrupción. El asunto es tan grave que muchos piensan que esa mal formación está en el ADN de un régimen que no hace nada por desmentirlo.

No voy a hacer referencia a todos los casos que,  tanto la AN cuando estuvo en las manos del oficialismo,  la Fiscalía y la Contraloría,   a lo largo de estos casi veinte años,   se negaron a investigar incluso,  aquellas exigidas por su propia bancada,  como fueron los casos señalados por el diputado Tascón, porque no sería suficiente el espacio del que dispongo, pero no puedo dejar de un lado dos casos que, en este momento,  están quemando las páginas de la crónica roja a nivel mundial, como son el caso Odebrecht y la formal inclusión del El Aisami  hecha por  el departamento del Tesoro  de los Estados Unidos, vinculándolo con el narco tráfico.

A pesar de tener un nombre que, fonéticamente,  pareciera alemán, Odebrecht es una empresa brasilera de la que vinimos a conocer de su existencia los venezolanos, en los tiempos en que el señor Lula, ex presidente de Brasil  enjuiciado por presuntos actos de de corrupción que lo vinculan a esa empresa, acusaciones que él niega, pero no así los bienes que conforman su patrimonio, y el difunto presidente Hugo Chávez quien le confió a esa empresa los más grandes proyectos de infraestructura por él prometidos entre los cuales hay puentes, redes ferroviarias, carreteras, y toda una red de macro proyectos de desarrollo,  muchos de ellos pagados y no terminados y   otros total o parcialmente pagados y no comenzados.  El caso de esta empresa considerada por muchos como el más grande consorcio empresarial al servicio del desarrollo no solo brasileño, sino continental,  llama poderosamente la atención porque en los últimos días se ha convertido en noticia mundial por su enorme y dispendiosa capacidad corruptora,  al revelarse las comisiones mil millonarias todas, repartidas a lo largo de países de este Continente que contrataron sus servicios y sus obras, entre los cuales por supuesto ocupa lugar preferencial en el podio de los beneficiarios, tú país, mi país, nuestro país.

El asunto habría pasado de ser un titular más de hechos escandalosos que por desgracia sistemáticamente aparece en países  como el nuestro,   pero el caso  llama profundamente la atención al ver  que, mientras en países como México, Panamá, Argentina, Perú, solo para nombrar algunos de los países que, como el nuestro, también negociaron con la Odebrecbt,  se encendieron las alarmas al rojo vivo  y entraron en acción inmediata y con resultados a la vista,  sus respectivos organismos jurisdiccionales, en cambio en nuestro país, desde las esferas del alto gobierno lo único que hemos escuchado es un atronador silencio sobre el caso que, lejos de pasar la página,  despierta muchas sospechas sobre todo porque el Ministerio Público, la Contraloría, el TSJ, tan usualmente veloces para investigar aquellos casos que pudieran afectar a personeros de la oposición,  en este caso han dejado caer un silencio que nos lleva a recordar el título de la novela de Juan Gabriel Vásquez, “el ruido de las hojas al caer”. 

El caso de El Aisami, independientemente a si son ciertas, o no, fundadas o infundadas,  las causas de la inclusión en esa lista ciertamente oprobiosa por lo deleznable del delito señalado, lo que procedía no era, ni exhibir una dignidad ofendida, ni  esa respuesta que por repetitiva y recurrente se ha convertido en  el  clásico  refunfuño “revolucionario” cuando apela a la desgastada consigna de ataques del imperio  a la revolución,  a la que nos tiene acostumbrado el régimen. Allí lo que procede es darle la cara a la acusación, renunciar al cargo mientras se demuestra la inocencia,  abrir una investigación por parte de la Fiscalía, o mejor aun por una comisión de la verdad promovida por el propio afectado con la inclusión de persona ajenas al escenario político que dejen con claridad meridiana la verdadera situación de un hombre que ocupa una posición de tanta responsabilidad como la que ocupa El Aisami en la estructura de poder actual de la República Bolivariana de Venezuela. Todo lo demás no pasa de ser un mal saludo a la bandera.  Las respuestas de Maduro y del alto gobierno todo,  ante casos tan graves como son Odebrecht y la inclusión del vicepresidente en la famosa lista, han sido por decir lo menos, respuestas sin contundencia que dejan abiertas todas las sospechas que la imaginación de cada ciudadano  tenga a bien,  o a mal,  hacer.  Sobre ambos casos al parecer,  faltan muchos capítulos que se irán escribiendo como vayan viniendo.