Opinión

Una izquierda de derecha

Rafael Rattia

Homo sapiens-sapiens –diría Edgar Morin– también es homo loquens-demens. El hombre es intrínsecamente un loco cuerdo o para decirlo con palabras del vulgo un medio loco. En psiquiatría se le conoce con el dúplex maníaco-depresivo o ciclotímico. No hay que asombrarse de las desmesuras y los escandalosos extremos a que intenta llegar la especie humana en su delirante tránsito vital por la deriva planetaria. Vemos en tiempo real a Kim Jong-un (monarca vitalicio de Corea del Norte) y a Donald Trump (recién electo presidente de Estados Unidos) y observamos más puntos de coincidencias que aspectos que los hagan diferir. Es como si la humanidad estuviera inaugurando una nueva posmodernidad, esta vez metapolítica. Los intemperantes y destemplados excesos verbales del magnate norteamericano van perfectamente de la mano de las excentricidades amenazantes del tirano de Pionyang. Como si los códigos se hubieran invertido; la derecha se hubiera izquierdizado y la izquierda se hubiera “derechizado”. Algún analista de la sociología política diría que se trata de un rasgo distintivo de lo que podría denominarse “una izquierda fashionable”. El mundo se ha trocado en su antípoda. Las botas frazzani, el blue jean desteñido y agujereado por el uso y la camisa caqui de obrero de obras públicas fueron canjeadas por el traje Luis Vuitton y la corbata de seda y la chaqueta Clement que ahora usa “homo bolivarianus” devenido aristócrata empresario de maletín contratista y revolucionario exitoso de empresas fantasmas importadoras de alimentos colombianos y brasileños adquiridos con dólar preferencial y revendidos en el mercado interno a precio de dólar negro o “libre”, como suelen llamarle los expertos en economía y finanzas.

Quien observe con cierto detenimiento la conducta y los rasgos de personalidad del antiguo hombre de izquierda a la luz del vertiginoso tiempo presente no tardará en advertir que aquel revolucionario heterodoxo e irreverente, rebelde anárquico poco dado a la lisonja estatal, blasfemo y profundamente creyente en los valores sustantivos que dieron lugar a la bolchevique revolución de octubre de 1917 en la Rusia zarista ha terminado docilizado ante las mieles y efluvios narcolépticos del capitalismo posindustrial del siglo XXI. La sociedad del espectáculo ha triturado y engullido al viejo e irreductible disidente del antiguo orden. La humanidad contempla un inédito renacimiento; nuevas formas y modalidades de alienación se han entronizado en la conciencia del mundo. Vemos por doquier una izquierda adocenada y a unos izquierdistas cómodamente empantuflados y aristocratizados (izquierda caviar) entregados al sopor de amasar fortunas en dólares provenientes del negocio ilícito y del contubernio con las mafias y grupos delictivos organizados.

Aún hoy se ven intelectuales, escritores y artistas (ciertamente pocos, pero se ven) desfilando y haciendo lobby para tomarse una selfie con el anciano espectro nonagenario de la ínsula barataria del Caribe; el carcelero de la más grande ergástula del continente latinoamericano. La realidad actual muestra ante nuestros ojos una izquierda filotiránica, totalitaria, una izquierda oprobiosa que celebra y aprueba la violación sistemática de los derechos humanos fundamentales en nombre de la redención y emancipación de la especie humana. Como si me dijeras: déjame mutilarte y torturarte para liberarte del yugo opresor.

A todas luces, las banderas primigenias de la AIT (Asociación Internacional de Trabajadores) sufrieron un vaciamiento de sus contenidos éticos otrora subversivos e insurreccionales. Los viejos esclavos ya no son más. El antiguo revolucionario es ahora el verdugo que guillotina a sus adversarios y oponentes tildándolos de “enemigos de la revolución”, o de “enemigos de la patria” ese comodín léxico tan socorrido y empleado a cada rato hasta el hartazgo y el asco como justificativo de infamias y tropelías de toda índole.