Opinión

Una acusación que es mucho más

Cualquier funcionario de nivel que sea denunciado por otro país de narcotraficante debe renunciar o separarse oficialmente del cargo que ostenta, salir a enfrentar la justicia y demostrar su inocencia.

El señalamiento oficial al vicepresidente venezolano, acusado de narcotráfico, es un duro golpe que tendrá consecuencias en las relaciones entre Caracas y Washington. Aparte de su alegada vinculación con el terrible y riesgoso caso de la fraudulenta entrega de pasaportes originales de la República a terroristas.

Complejo, complicado el hecho de que el segundo cargo en importancia y que en caso de ausencias del presidente asumiría sus funciones, haya sido incluido en una lista de sanciones internacionales por narcotráfico, y congelado sus bienes, es uno de los desafíos más enredados que podría enfrentar Venezuela. No es para tomárselo como un simple discurso de propaganda política, las reacciones oficialistas y de algunos opositores son decepcionantes y preocupantes.

El vicepresidente ejecutivo, para Washington, es, oficialmente, un narcotraficante. Dicho en rueda de prensa por el recién nombrado secretario del Tesoro, para que no quedaran dudas. Las consecuencias pueden ser terribles. Piensen solo en lo que falta, las sanciones que sufriremos los ciudadanos venezolanos, por aquello de que: pagan justos por pecadores, y cuando se ventilen públicamente las pruebas. Un paso de esta magnitud no puede quedarse solo en afirmaciones.

No es nuevo, ni debe sorprender a muchos, desde hace algún tiempo estaba siendo investigado, eso se sabía. Pero, al ser enclavado en la lista de la OFAC, del Departamento del Tesoro, golpea claramente la legitimidad del gobierno y tensará las relaciones, que disfrutaban de amores según gestos conciliadores. Pero al parecer estábamos equivocados, lo complicó la propia Casa Blanca, no es posible creer que el ministro norteamericano haya hecho tan dura precisión sin autorización.

La acusación es muy grave, gravísima: según la denuncia, como gobernador de Aragua y antes ministro del Interior, “facilitó cargamentos de narcóticos desde Venezuela” con conexiones en los carteles colombianos, el mexicano de los Zetas y el narco Makled.

Hay que aclarar, no se puede engañar a la gente ni generar falsas ilusiones, la trascendencia de las sanciones es más política y moral que económica; si bien es cierto que los activos han sido sitiados y los ciudadanos estadounidenses no pueden hacer transacciones con ellos, no significa que el gobierno sea también bloqueado. De ser así, no deberían comprarle petróleo a Venezuela. Ya varios funcionarios gubernamentales han sido sancionados, continúan campantes en sus cargos, ratificados, promocionados, felicitados y hasta condecorados. Parecen creer que los escándalos y crímenes se olvidan, van a tener que actualizar sus conocimientos del mundo que los rodea.

A este severísimo golpe contra la cúpula oficialista se suma el totalitarismo que día a día sigue caracterizando al régimen. Además de una crisis definida, sin signos de mejoría, sino que el país metido, más y más, en palabrería grandilocuente y agresiva. La labia distrae, pero no resuelve, nunca, ya deberían aprenderlo. Un problema que no se arregla con discursos.

Por si fuera poco, la oposición, criticada no tanto por haber aceptado un diálogo, sino por el momento inoportuno en que negoció en condiciones desiguales, permitió que el oficialismo lograra escapar del magnífico movimiento de calle que se fraguaba inmenso, sin cumplir ningún compromiso, salvo la liberación de uno que otro preso político.

Dudas y equivocaciones terminaron mostrando una oposición fragmentada y desconectada de sus seguidores. Anuncian una reestructuración que parece broma, para recuperar la iniciativa, con la incertidumbre de que quizás sea tarde, a menos que el escándalo alrededor de El Aissami se convierta en un hecho repulsivo para presionar la salida electoral.

Pero no, una vez más, errores, descoordinación, falta de criterio y sentido de la oportunidad, complacencia, más de un egoísmo y quién sabe si hasta complicidad, relucen para que algunos en actitud, más que prudente, estúpida, cometan la tontería de nombrar una comisión para que investigue los hechos y soliciten pruebas al gobierno americano para estudiarlas. Manera pacata y timorata de no pronunciarse, no llegarán y esa será la excusa, ¡no tuvimos las pruebas no pudimos hacer nada!

Qué hipocresía política, qué cinismo, se la pasan murmurando que es narco, hampón, delincuente y ahora que alguien serio e imparcial, con años investigando, lo dice, le embarga bienes y cuentas bancarias, se escabullen con esa artimaña. Por eso es que el país los rechaza, no los quiere ni les cree, se burlaron y quieren seguir burlándose, los ciudadanos lo sienten y lo resienten.

Seguirán con el circo porque pan no hay, ni medicinas, ni nada, y con una política absurda y de alto riesgo de provocar crisis diplomáticas con los vecinos. Cuidado con eso. Guyana en la mira. Pero esta explosiva situación marcará un antecedente que incidirá en el gobierno, más aún en el ámbito chavista. ¿Lo comprenderá el oficialismo?

Comentario especial para el vicepresidente: algunos de sus amigos, que hasta el cumpleaños le celebraron, no lo ayudan, le ofrecen complicidad e inmunidad disfrazada y temporal; quien suscribe, un ciudadano común sin poder ni intenciones de tenerlo, le recomienda entregar el cargo y enfrentar la justicia, demuestre su inocencia, hágale ese favor a su familia, a Venezuela y al régimen que no sabe cómo defenderlo más allá de la retórica vacía habitual. El poder es efímero y algún día la ley lo alcanzará, sus amigos no serán más y la protección en Venezuela no es para siempre. Recordar lo que padeció Pinochet, a quien, a pesar de su alta jerarquía en el gobierno chileno, lo pusieron preso en Londres.

Una acusación que es mucho más no se arregla con sermones ni peroratas.