Opinión

La última llamada (Homenaje a Oswaldo Barreto)

Alfonso Montilla

Un sonido de trote descendía, en los rostros cabalgantes se agazapaba el silencio, el frío era como una rienda y una señal; de pronto un hombre barbado, levantaba su brazo derecho y el inquieto rumbo se apretaba más, tras el puño conductor aparecido sobre las hierbas, entre nieblas cerradas, furtivos disparos, machetes, rifles y escondida pólvora.

Debajo de sus cobijas, se desplazaban leales y bravíos, detrás de un general. Este escenario plenó mi amistad con Oswaldo Barreto. Fue un traslado hasta el verdor apacible de Jajó, con historial  errante, protagonizado por sobrios caudillos que remontaron peñascos, agitaron luchas montaraces, en caída y curvas de los ríos andinos y las callejuelas de Jajó, frente a  elevados paredones de arquitectura gallega, protegían iglesias reposadas, como especial solemnidad de arte gótico, y que  evocaban los desfiladeros y el campo abierto, aferrados a monturas con botas y espadas; con participación  en el curso del siglo XIX y porción del siglo XX.

Sus nombres, todavía los invoca la memoria.

Todo lo aquí contado pertenece a nuestro planeta, el cual aún mantiene los encuentros bélicos. Yo provengo de una zona limítrofe con Trujillo, identificada como San Cristóbal de Torondoy; allá no hubo guerra, pero siempre aparecieron pobladores con familias adustas, acostumbradas a un sol resplandeciente, casas donde solo se escuchaba el viento, aves oscuras con plumaje fantasmal que anidaban en el sopor de Oswaldo y los niños que jugaban callados, cerca de los portales sobre tizas temblorosas y enlunadas. Un buen día me marché; dejé mi habitación, ya cuarteada por el uso lóbrego, como un verso de espasmo. Todo este sortilegio apareció en el devenir de otros libros.

El desandar invisible de nuestro tiempo, en la entrada y salida de hatos y trapiches, todavía se escuchan saludos y órdenes, semejantes a duendes afilando punterías, se oían como rumor de espigas, estremeciendo la hojarasca. ¡Oh! General Juan Bautista Araujo, León de la Cordillera; Dr. y general González Pacheco, procedente de la Sorbona de París, y el connotado estratega Rafael Montilla, Tigre de Guaitó. Detuvimos nuestro recorrido y  Oswaldo me expresó: Mira, Alfonso, te he traído a estas alturas para que vieras acontecimientos que conservan su vigencia; aquí recuerdan todo, en especial a Rómulo Betancourt, que en Miraflores presidía la Junta de Gobierno. En la Quebrada, La Mesa, Jajó, el general Juan Bautista se alzó y pudo ocupar el gobierno. Debes saber que luego ímpartieron  órdenes para que pilotos sagaces volaran sobre Jajó y bombardearan a los guerreros  araujistas, que habían tomado  posesión del pueblo de Tuñame, fortaleza guarnecida por hombres del general Juan. Varias bombas cayeron. Así lo pudimos vislumbrar en los noticieros. Rememoramos así, fragmentos recién connotados y del rigor

montañés, ahora Oswaldo leía una página certera donde brotaba una deliciosa pasión desde los pechos y el sexo de una atractiva Lady, buscando un secreto bienamado en los gestos y portes de un guardabosque, que volcó su lujuria en las estaciones, hasta que la lluvia conjuró su corazón.

Con esos encuentros clandestinos Lady Chatterley llenó a Inglaterra de asombro y turbó su  disciplina social, dibujada como un goce mundano, recreando la sensualidad y los cuidadosos pasos de un empleado, veterano de labranzas y vigilias, aparecido ante una opulenta dama, perseguida por fatigas y rota por el juego del aburrimiento.

A partir de entonces, Oswaldo se marchó hacia España, se radicó en Salamanca, donde sintió el pícaro humor del Lazarillo de Tormes y me envió tarjeta turística, donde manifestaba que el paisaje exhibía la caída de una nieve más real y más dura.

Comenzaron los cambios por diferentes países, como Inglaterra, Alemania, Rusia, Argelia y una enorme territorialidad del Medio Oriente.

Cuando lo visité en Oxford, permanecía como paciente, pues lo acosaban trastornos respiratorios muy delicados. Oswaldo ya cultivaba su disciplina en los principios y actividades marxistas. La revolución fue su fenómeno, que logró realizar.

Oswaldo se entregó con la esperanza totalizadora del gran cambio por venir.

Nos comunicamos otra vez en nuestro país y yo acababa de publicar un texto poético, que lo entusiasmó y escribió para la prensa. Yo me pregunté en solitario: ¿Podrá, como Mallarmé, poetizar de la misma manera todo lo que el hombre vive, o acaso ese tono

solemne y de nobleza no hará otra cosa que solemnizar todo cuanto toque, como creo que le ocurre a Valery, creador como el otro de un poderoso lenguaje nuevo, cuyo encanto está en recordarnos  en cada verso suyo los textos del Cementerio Marino.

En Oxford recordamos a los poetas románticos ingleses, como Wordsworth, Coleridge, Lord Byron, Shelley y John Keats, quien tuvo una vida corta, de apenas 25 años; había nacido en Finsbury, cerca de Londres, en l795 y muere en Roma el 23 de febrero de 1821.

En una de sus cartas dejó este testimonio: “Tengo miedo, acostumbro sentir que mi vida real ha transcurrido ya, llevando ahora una existencia póstuma. Solo Dios sabe lo que hubiera podido ser, yo me lo imagino, pero no quiero hablar de estas cosas”.

En un misterioso espejo, el filósofo Nietzsche evoca una imagen fatal y abría su reflexión:

“No mires al vacío, porque te puede llamar”. Cierto día  llamé por teléfono a Oswaldo para enviarle un libro que acababa de escribir, con el título de Seiscientos años nuestros; me contestó: Alfonso, me siento muy mal. Pronto voy a morir. Fue una última llamada, porque cuatro días después, viernes 7 de abril, Oswaldo había muerto. El vacío lo había llamado.