Opinión

Truhanes, simple y llanamente

Alberto Jiménez Ure

La opinión de

Cuando logra el poder de mando, el anteriormente oculto truhán abusa de su autoridad: cierto, pero, con mayor vehemencia de la dignidad y majestad del ciudadano que –de buena fe– se la confiriere sin imaginar que dota letalmente a un maníaco/compulsivo/obsesivo

Por pereza intelectual para asumirse ciudadano responsable e interpretar escrituras fundamentales, en Venezuela la mayoría de las personas no entiende sobre maneras de “conspiración” ni advierte que quienes han recibido (por ellas) “mandatos” son “violadores seriales de la carta magna de la República y sus leyes”. Aun cuando, en el curso de la historia de Venezuela, casi todos los presidentes hayan sido individuos “propensos” a ultrajar tanto a “gobernados” como “normas fundamentales” aprobadas por asambleístas para regir a la nación, desde el nacimiento de nuestra caricaturesca democracia ninguna casta al mando pudo lograr convertirse en “impune y serial violadora de la Constitución y las leyes” (excepto esa que se declara a sí misma “socialista”). Es irrefutable que otras lo intentaron o hicieron: pero fue menos escabroso execrarlas mediante sufragio y hasta someterlas a juicio, sin las complicaciones jurídicas/militares que hoy trágicamente experimentamos.

La “casta de totalitarios” (no son “socialistas”) que debutara en el poder del mando el año 1998 tiene por estilo de gobierno anunciar sus atrocidades, sin desperdiciar arrogancia y con extrema premeditación/alevosía por cuanto se sabe resguardada por un sector de esbirros de la Fuerza Armada mercenaria (exterminadora de la Armada Nacional) e írritos jueces en la inefable suprema corte de la impudicia que sustituyó al máximo tribunal del país. Esos tales, con membrecía en la Internacional del Crimen Político Organizado, presumen invulnerabilidad gracias al usufructo ilícito o asalto de los bienes e inmuebles (próceres impresos imperiales, edificios, almacenes de objetos letales, lujosos vehículos terrestres y aéreos, con o sin pertrechos de guerra, etc.) pertenecientes a los nacionales.

Hace tiempo, no preciso el día, fui persuadido por su majestad El Juicio. Dudo que alguien renuncie, por volición, a su libertad: empero, no discuto que pudiera temer a quienes se organizan política y jurídicamente para impedir que se ejerza. Comprendo al temeroso y cauteloso porque también lo soy: quizá no exista un ser humano auténtico que no sea ambas cosas. El miedo que nos castra está ahí, afuera y en lo más profundo de nuestra psiquis: es un monstruo parasitario presente en el curso de nuestra siempre riesgosa existencia. Es inmanente al ser, pero no inmutable. La libertad sí.