Opinión

Tres improvisadores y un teclado

Carlos Paolillo

Las últimas semanas han sido literalmente de movimiento. Casi recuerdan momentos no tan lejanos de coincidencias frecuentes en días y horarios de las presentaciones de compañías y agrupaciones. Eso, de alguna manera, volvió a ocurrir. ¿Casualidad o indicios de una tímida  reactivación de la danza escénica en la ciudad?

Dos proyectos, uno independiente, otro oficial, alternaron en salas teatrales de las adyacencias de la Plaza Morelos. El ballet contemporáneo y alguna tendencia investigativa de las estéticas corporales orientaron las obras presentadas dentro de diversos marcos institucionales. 

El exilio de la humedad  es la nueva creación de Inés Rojas presentada por el grupo Neodanza en la Sala Horacio Peterson de Unearte, referencial espacio del teatro y la danza y experimentales.  La más reciente propuesta de la coreógrafa ratifica su línea de exploración dentro de la improvisación como concepto y como técnica alternativa de los principios fundamentales de la danza contemporánea.

En un pequeño ámbito, que invita tanto a creadores como a espectadores a prácticas de laboratorio,  se desarrollan acciones espacio temporales libres y desaprensivas que pueden remitir a los momentos iniciales de la llamada danza posmoderna de principios de los pasados años sesenta. En ese sentido, esta visión retro, en su más positiva apreciación, enfatiza en el postulado de la danza como un acto esencialmente de comunicación.

Todo apunta a un ejercicio de espontaneidad y de íntima comunión entre seres y objetos cercanos a su cotidianidad, e igualmente a una concepción escénica primaria resuelta con mínimos, austeros y eficaces recursos tanto lumínicos como de escenografía y utilería.  La pieza también reconforta por la presencia de una bailarina de la plenitud de Arais Battle, además de la revelación de una dupla de novísimos intérpretes por demás estimulante: Roberto Sánchez y Lucía Ramírez.

Piano adentro. El año centenario del fallecimiento de Teresa Carreño propició un proceso artístico poco común en nuestro medio, concretado en la convocatoria a la coreógrafa de danza contemporánea Claudia Capriles, que ha transitado siempre por caminos de experimentación, para realizar una creación con los integrantes del Ballet Teresa Carreño, compañía tradicionalmente orientada hacia la danza clásica y neoclásica, como un tributo a la connotada pianista venezolana del siglo XIX de muy elevada valoración universal.

La obra titulada Piano en tiempo, presentada en los Talleres de Realización del Teatro Teresa Carreño, parte de la época y el espíritu de la música de Teresa Carreño para, en verdad, centrarse en un estudio a lo interior del piano como instrumento, así como en el proverbial  ímpetu que le imprimía la celebrada intérprete. Se trata de una personal indagación que se debate entre una fría racionalidad y una expresividad exaltada. Elude cualquier rasgo biográfico o anecdótico sobre la pianista para llegar a algunos niveles de abstracción no exentos de emotividad. 

La composición coreográfica de Capriles privilegia, desde lenguajes que pudieran apreciarse como disociados, el trabajo grupal  y reserva algunos instantes solistas para enfatizar en una dimensión femenina, característica distintiva de casi todo su trabajo creativo, en este caso poseedora de sutileza romántica por momentos y de contrastante violencia en otros. El muy protagónico dispositivo escénico y auditivo que representa una amplificada tensa cuerda de un piano, impacta pero también desconcierta por su poderosa fuerza como imagen y como sonido inquietante. Y aquí, habría que resaltar que la creación musical y la concepción sonora de Adrián Suárez resultan determinantes en el concepto y la configuración final de la obra.

El exilio de la humedad y Piano en tiempo constituyen dos visiones posibles sobre lo contemporáneo en la danza. Especialmente pertinentes en momentos de detenimiento y carencia de estimulo en la creación coreográfica.