Opinión

El torbellino del cambio

Pedro Luis Echeverría

El gobierno, militarmente hablando, es fuerte y está resuelto a destruir y hacer desaparecer a la oposición, pero aún con toda su vesania y todos sus soldados, fusiles y tanques, sabe que está ubicado en el bando de los perdedores históricos.

La razón está al lado de la oposición, aunque esta, por ahora, carezca de la fuerza necesaria para imponerla y hacerla respetar por el régimen y su sistema opresor. Se necesitan líderes y organizaciones políticas y sociales que expresen, de la manera más amplia posible, lo que el país quiere y reclama e inspiren a toda la nación con ejemplos y actitudes que hagan revivir las esperanzas del pueblo venezolano en los momentos sombríos por los que estamos atravesando.

A todo opositor le gustaría derrotar al régimen en todos los campos, pero pareciera que, en estos momentos, esa victoria total está fuera de nuestro alcance. La lucha entonces se sitúa en el masivo rechazo al fraudulento llamado a elecciones y la consecuente movilización de la gente en las calles del país para oponerse a tal exabrupto.

La masa ciudadana requiere desahogar su ira y frustraciones y una campaña de acción masiva y el aprovechamiento de las ventanas democráticas que aún perduran constituyen el mejor modo de canalizar esas emociones. Para la oposición democrática se trata de la lucha para evitar la consolidación de un monolítico sistema, perverso en sus detalles, implacable en sus propósitos y despiadado en su proceder.

Está demostrado que el país no puede esperar del régimen otra cosa que no sea una caótica administración de la decadencia Por tales razones, mediante nuestra activa presencia en las calles, hay que reiterarle a la dictadura que la oposición no solo habla de libertad, sino que también está dispuesta  a hacer los sacrificios que sean necesarios para obtenerla y defenderla.

Los chavistas, miserables ególatras de los cubanos, empezaron a gobernar con la luz de la esperanza y están terminando su nefasto régimen regodeándose en el pantano de la ineficacia y la corrupción y subrepticiamente escondiéndose entre las nefastas sombras de un país que destrozaron por su irresponsabilidad y carencia de visión de lo que significa y comporta el compromiso de ejercer el poder.

En estos tiempos, el régimen trata de autolegitimarse mediante la manipulación de las leyes, la Constitución y las instituciones de la nación, pero se deslegitima por vía del crimen y las acciones dolosas que a diario comete contra la pureza que debe acompañar las acciones del Estado. Atrás quedaron los tiempos del caudillo. Gobierno, Estado y Revolución ya no son lo mismo; esa noción ha perdido toda legitimidad y se ha convertido en una farsa. Solo les sirve a los forajidos que mal gobiernan para, paradójicamente, decir: Tengo el poder para no tomar ninguna decisión y hacer lo que nos venga en gana. El régimen tiene un líder que se ha aislado cada vez más y más y que acabó por creer solo lo que desea creer y lo que su recua de facinerosos le hace creer; su personalidad no le permite  otra cosa que ser el monigote de la ventriloquía del apparatchik  cubano.

La dictadura y el dictador tal vez pueden sobrellevar la creciente impopularidad que los acosa, pero la pérdida de la confianza de la gente en su capacidad de llevar adelante la administración del país es su fundamental debilidad para su permanencia en el poder.

El fracaso del régimen se evidencia en los errores en que ha incurrido para conducir a un país de 31,7 millones de habitantes. Un país en el que no puede darle trabajo, comida o educación a la mitad de la población; un país en el que no sabe emplear a los cientos de miles de obreros y trabajadores que necesita para construir carreteras, escuelas, viviendas, hospitales, fábricas, enriquecer los campos y manejar adecuadamente los recursos naturales; un país en donde el hambre, la ignorancia, la desatención de la salud y el desempleo conducen al crimen y a una criminalidad que lo invade todo; un país abandonado por las autoridades en donde el orden se desintegra: el policía, los jueces, los ministros y otros funcionarios son criminales y los líderes del partido de gobierno unos corruptos.

El régimen ha pretendido desafiar las leyes de la economía y ha fracasado estentóreamente, y su fracaso ha golpeado y golpea a los miembros más pobres y más débiles de la sociedad, a estos solo les ha dado mayor dependencia en lugar de independencia; asimismo, el fracaso del gobierno ha demostrado hasta qué punto son mutuamente interdependientes una economía libre y una sociedad libre. Es una lección que nadie puede ignorar y mucho menos olvidar.

La gran mayoría de los venezolanos tiene el derecho de vivir en paz, a optar por su propia forma de vida y determinar su modelo económico y quiénes son sus dirigentes. Esa es nuestra esperanza y nuestro ineludible compromiso. Apaciguar la agresión y el mal es allanar el camino para aún más agresión y más mal al cabo del tiempo.

Si no enfrentamos decididamente a esta dictadura, los facinerosos a su servicio se verán más alentados a continuar destruyendo lo que nos queda de libertad, mediante un número creciente de actos de agresión. Por encima de todo, las nociones de la democracia, en las que creemos la mayoría, deben mostrar su superioridad frente a un gobierno totalitario que no reconoce ni respeta ley alguna. El régimen puede encarcelar y encadenar al hombre, pero le es imposible encadenar su mente; es posible esclavizarle, pero no conquistar su espíritu. La perversa actitud dictatorial sobrevive tan solo por la fuerza. Pero se acerca el día en que la frustración y la ira del pueblo serán tan grandes que la fuerza no podrá contenerlas, entonces el tinglado gubernamental se vendrá abajo.

Por lo pronto, el régimen está sometido a una creciente y combativa presión internacional ejercida por parte de gobiernos, organismos multilaterales y organizaciones no gubernamentales; es decir, el mundo multipolar, la comunidad internacional. Son varias las naciones del orbe que han empezado a establecer sanciones contra el gobierno de Venezuela y sus funcionarios porque rechazan las formas dictatoriales que este utiliza para ejercer el poder. Particularmente, se han pronunciado, con base en principios y parámetros éticos de carácter internacional del cómo deben actuar los gobiernos, en contra del autoritarismo, la sistemática reducción de las libertades públicas, las agresiones al Estado de Derecho, la criminal indolencia frente a la crisis humanitaria y la irresponsable manera de enfrentar el problema social de la diáspora venezolana, desplegados por el gobierno venezolano.

Por último, pero no por ello menos importante, la comunidad internacional ha manifestado su desacuerdo y ha rechazado vigorosamente la ilegal convocatoria a las elecciones del próximo mes de abril; en tal sentido, ha anunciado el total desconocimiento a sus eventuales resultados. 

Así las cosas, está visto que más temprano que tarde conseguiremos nuestros objetivos, eso sí, no con palabras, ni con intenciones, ni con promesas sino con acciones y logros específicos. Indefectiblemente, lo que es moralmente correcto suele convertirse en políticamente conveniente.