Opinión

Tierra de conquista

Elio Pepe Trifance

La opinión de

El Observatorio Venezolano de Conflictividad Social documentó al 15 de octubre pasado que en los primeros nueve meses del año hubo 9.355 protestas en el país, de las cuales 983 ocurrieron en septiembre, un incremento de 394% con respecto al mismo mes de 2017: 87% de las manifestaciones estuvo vinculada a reclamos sobre derechos económicos, sociales, culturales y ambientales, y el 13% restante se debió al colapso de los servicios. En un Estado democrático esta evidente disconformidad hubiese determinado el cambio de la política gubernamental o la dimisión del Ejecutivo.

Como no tienen los recursos materiales y financieros para satisfacer las  necesidades primarias de cada día, los ciudadanos han sido transformados en héroes que sacrifican su vida por la patria o en ingenuos que  creen en cuentos de hadas, en el carnet de la patria, en las cajas CLAP o en los tickets para obtener un mínimo indispensable para sobrevivir.

No obstante, independientemente de las estratificaciones sociales de pertenencia, cada quien tiene conciencia y, tal vez, conocimiento de la caída del PIB, de los efectos de la hiperinflación, de la poca capacidad de compra  de la moneda, del declive de la producción petrolera, del condicionamiento de la deuda externa, y la ineficacia e irresponsabilidad de la dirigencia político-administrativa del Ejecutivo y de la oposición, conjuntamente cómplices y autores, en sus respectivos ámbitos, de haber reducido la nación a una condición de crisis interna no superable sin la ayuda del exterior. La descapitalización de los sectores productivos y la exorbitante devaluación del bolívar, que perjudica a los venezolanos y favorece al extranjero, comprometen la identidad y soberanía del país. Pues, el estado de excepción y de emergencia, otra vez declarado, impone más controles y aumenta el poder del gobierno: ha incrementado las condiciones para el cierre de otras empresas y el repunte del desempleo.

En el contexto internacional, los equilibrios de poder económico, tecnológico y militar se reafirman como instrumentos del protagonismo de las grandes potencias, que tienden a la expansión y a la readquisición de las áreas de influencia. En las conocidas condiciones de debilidad, resultado de la política exterior del Ejecutivo, Venezuela se encuentra sumergida en un mar de incapacidad e ilusiones, descuido, ingenuidad y presunción, al haber considerado seguro el alineamiento con naciones que han sido consideradas aliadas por afinidad ideológica como Rusia, China, Irán, Turquía, Bielorrusia.

Con este criterio de referencia y sin evaluar los profundos e ineficientes cambios aportados en el sistema productivo, en el comercio internacional, en el ingreso de divisas, en la productividad, en la educación y sus relaciones con el desarrollo real del país, la corrupción generalizada en las estructuras y en la visión de país ha determinado la perspectiva para la cual algunos grupos de poder local, (una clara minoría que no pasa de 20% de la población), han creído, y todavía creen, que la realidad venezolana, que se define como área de influencia paracolonial cubana, pueda contraponerse y superar la confrontación con “el imperio” mediante el desvanecido aporte a futuro del ingreso petrolero, y así desequilibrar la realidad internacional preconstituida: la realidad de la capacidad productiva venezolana excluye esta hipótesis y el mercado internacional indica que China compra a Canadá 50% del crudo pesado que necesita a un precio decididamente inferior del que le ofrece Pdvsa.

A pesar de la fantasía, la política exterior de la República Bolivariana de Venezuela nunca ha influenciado el comportamiento de las superpotencias, vinculado al privilegio del derecho de veto en la ONU de una pentarquía constituida por Francia, Inglaterra, China, Rusia y Estados Unidos: el orden mundial se ha quedado en su inmutada estructuración de poder, que presenta variables circunstanciales por las cuales cada quien desempeña el rol coherente y correspondiente a su identidad y soberanía. Mientras que Venezuela se ha transformado en terreno de conquista y de confrontación que empuja el desequilibrio regional y que tiene su origen en la descomposición de la sociedad venezolana, la pérdida de su tradición histórica y de su ética, para configurarse en un Estado sin derecho, controlado por narcotraficantes civiles y militares y por grupos políticos absolutamente minoritarios, maquillados de presumida pertenencia social comunista que, con la complicidad de una oposición evanescente en lo político, ideológico, programático, además de corrupta en muchos de su componentes, han anulado el sistema democrático y promovido la dictadura y el éxodo de la población.

En 2018 el fenómeno ha alcanzado un nivel por el cual se están recomponiendo tradicionales equilibrios del poder regional, determinados por las variables del crecimiento de los pueblos limítrofes, debido a la inmigración venezolana que induce en Brasil, Colombia, Chile, Ecuador, Perú y Guyana sensibles variables en la estructura del empleo, en la capacidad productiva, tecnológica y financiaría; es decir, en algunos de los pivotes constitutivos de la geopolítica tradicional regional de la cual Venezuela es actualmente el polo negativo del cual apartarse. Sin  necesidad de mayor esfuerzo, a pesar del importante empleo de recursos financieros de su opositor de izquierda, Bolsonaro puede ganar las elecciones presidenciales simplemente afirmando que “no quiere que Brasil se vuelva otra Venezuela”.

A nivel internacional se apartan de Venezuela los países de la OEA, de los “trece”, de los “veinte”, pero también los países del Brics: al vínculo por el riesgo soberano, en los límites de los pagos generales de su deuda externa y al incumplimiento de las obligaciones contraídas con la emisión de los títulos del Estado y de Pdvsa, se une el deterioro definido por el coeficiente Gini, también conocido por reconocer la desigualdad de los ingresos entre los ciudadanos, determinada por los salarios que ulteriormente deterioran las relaciones sociales.

Cabe observar que actualmente el crecimiento del PIB real de los países de diferente orientación socialista, los constituidos en el Brics (Brasil, Rusia, la India, China y Suráfrica), está determinado en el mercado interno por los consumidores de clase media, los empleados y los obreros que han incrementado la demanda agregada; por mantener un tipo de cambio correspondiente al poder de compra de la moneda, que tal vez ha aumentado su valor; por la relación capital-trabajo que ha permitido obtener una tasa de mayor ganancia debido al menor costo de la mano de obra en comparación con los países desarrollados y, en consecuencia, se han constituido en receptores de inversión extranjera directa y de transferencia de tecnología. Exactamente lo contrario de lo alcanzado por los planes castro-social-bolivarianos de la nación venezolana, deteriorada por la continua devaluación de la moneda debilitada con la emisión del bolívar soberano, que desde el 20 de agosto al 10 de octubre de 2018 ha perdido más de 100% de su capacidad adquisitiva. 

Como el tema monetario es parte determinante de los equilibrios del poder mundial: su influencia pertenece a la lógica primaria de la economía. Ampliar el área de influencia de los gobiernos que utilizan la propia moneda en el intento de liberarse de la hegemonía del dólar y que tienen los requisitos para  hacerlo. Puede ser que China, que acaba de llegar al segundo lugar del ranking de la economía mundial, pueda consolidar su rol emergente en forma permanente en la comercialización mundial mediante el yuan renbimbi, debido a la utilización de 30% de la producción mundial del litio, mineral estratégico para el futuro del sector automotor, gracias al control de la más importante mina del mundo en Australia.

Abandonado en Bretton Wood el patrón oro, la transacción de cotización del precio del petróleo en la divisa estadounidense, acordada primero con Arabia Saudita y después con los países del golfo pérsico, es un aspecto preponderante del poder económico ejercido en las relaciones internacionales vigentes. No obstante, la comercialización de otros sectores de insumos internacionales podría ser efectuada con otra moneda,  hipótesis seguramente más sustantiva de los impulsos electrónicos debitcoins como el “petro” que se distingue por no tener algún valor de referencia real que respalde su solidez porque, al contrario, viene considerado en el sistema financiero internacional solo como elemento perturbador de los difíciles equilibrios existentes.

De hecho no se ha creado una nueva moneda, sino un instrumento sintomático de la fuerte inestabilidad de las condiciones económicas y financieras del país: la referencia al respaldo del petróleo u otro mineral no explotado, también si comprobado técnicamente, no constituye un soporte efectivo si no cuando se encontrara disponible en el tiempo por la cantidad y precio de cotización de aquel entonces. Ni ese requisito sustancial puede ser sustituido por una hipotética coalición de “bitcontistas” que quisieran utilizarlos para esconder políticamente la realidad de la situación de quiebra de Venezuela, que se presenta sin ningún control y con la complicidad del Banco Central.

Se debe salir de esta situación insostenible mediante el cambio de gerencia política, producido por la sustanciación de una estrategia con una proposición alternativa que tendría influencia si enfrenta concretamente los problemas reales, no hipótesis diversivas, que en lo económico han sido proyectadas en vuelos pindáricos y en lo político en diversiones de carácter electoral que tienen la tarea de absorber la atención general de los venezolanos, intentando distraerlos de la tragedia que diariamente viven con el éxodo, los muertos diarios por la falta de medicina, de alimentos, la desnutrición y por la manifiesta violación de los derechos humanos, como demuestran la trágica muerte del concejal  Fernando Albán y del no olvidado Oscar Pérez. 

Es una condición conocida a nivel internacional y que necesita de su ayuda y solidaridad para encontrar el camino de una solución viable. Estados Unidos lo ha entendido y demostrado desde la gira de Rex Tillerson en América Latina, aunado con la idea fundamental de la Alianza para el Progreso, para la cual la causa principal del izquierdismo mesiánico es la pobreza,  la Doctrina Monroe para la cual los conceptos colonialistas del poder, expresados en Europa dos siglos antes, deberían dejar solo a los americanos la responsabilidad de su seguridad, libertad y prosperidad: pero esto actualmente se puede perseguir mediante la formulación estratégica de una nueva y más atenta e importante formulación de política comercial y la consolidación de alianzas políticas. Por supuesto, la voluntad política es el factor determinante, junto con la afirmación del sistema democrático, las libertades definidas en el derecho natural y constitucional, la separación de los poderes, el respeto de los derechos humanos.

A esta formulación se contraponen los resultados de los últimos 18 años en los cuales los gobernantes de Venezuela y Cuba  han adecuado su agenda política, por la cual han utilizado los recursos de los venezolanos para la afinación del proyecto político castro-comunista-bolivariano, que ha llevado a los venezolanos a la trágica crisis que padecen y por la cual si no tienen la capacidad de liberarse continuarán siendo utilizados privándolos definitivamente de su autonomía y soberanía. Ahora, no es más posible inducir la contraposición política a un diálogo que todavía esconde su fundamento en los posibles negocios, porque se trata de enfrentar, en el plan que corresponde a nivel nacional e internacional, la conquista de la libertad y de la democracia, sin complicidades abiertas o encubiertas que se explicitan en los intereses subalternos de grupos, de partidos, de individuos que no son ejemplo ni de probidad ni de ética.

La determinación geopolítica en la recuperación de las áreas tradicionales del poder tiene su importancia e influencia. El fin del presunto diálogo encuentra su epilogo fuera de Venezuela, y es evidente el rol subalterno de la oposición: la gestión del futuro del pueblo venezolano será decidida por las transacciones entre La Habana y Washington, la transición del Vaticano y de la Unión Europea, la satisfacción de los intereses de China y Rusia, la inoperatividad a la cual deberán ser reducidas las fuerzas irregulares presentes que condicionan y perjudican cualquier solución pacífica de la contraposición existente y la misma estabilidad de la región. Simplemente nos han transformado en tierra de conquista, cínico y amargo destino para la patria de Simón Bolívar.