Opinión

Textos desde la praxis

Carlos Paolillo

La condición finita de la danza atenta contra su trascendencia. La breve acción escénica suele ser tomada como el punto inicial y final del movimiento, obviando con frecuencia la historia que le otorga referencias y los postulados ideológicos y estéticos que lo sustentan.

La teorización sobre la danza –vale también para todas las artes– tradicionalmente se ha considerado como un oficio de terceros ubicados al margen del hecho creador. Una actividad intermediaria entre una obra, su autor y el público receptor de la misma. Suerte de decodificador necesario es el teórico. Sin embargo, esta función puede pertenecer también al ámbito del creador, quien desde la individualidad de sus procesos puede convertir en obra literaria los conceptos y las formas que conforman sus visiones creativas.

Cuatro bailarines, por propia iniciativa y también como consecuencia de las exigencias de su formación universitaria, han realizado ejercicios teóricos sobre su quehacer alrededor del movimiento, que se convirtieron en libros esenciales para el estudio integral de la danza escénica venezolana. Sus autores, todos reveladores intérpretes y coreógrafos, transformaron sus investigaciones académicas en ensayos teóricos, que lograron alcanzar el dominio público y hacerse referencias.

Movimiento perpetuo (1991, Fundarte), de la fallecida bailarina Andreína Womutt, es un libro que resume la experiencia de la danza contemporánea nacional, desde sus lejanos orígenes ubicados a finales de los años cuarenta, hasta sus primeros desarrollos profesionales concretados en los setenta y ochenta. En su labor de investigadora, la notable intérprete conversa con los protagonistas fundamentales de este período en la búsqueda de una visión integradora del mismo.

La metáfora de la violencia (1994, Celcit/Instituto Superior de Danza), de Luis Viana, aborda el tema de las convulsiones individuales y sociales que caracterizaron a las vanguardias coreográficas hacia finales del siglo XX, así como sus repercusiones en la danza venezolana. El bailarín del gesto desgarrado asume el reto y toma el riesgo. Mira a sí mismo y a su alrededor y ofrece una reflexión rigurosa y veraz sobre el tema, portadora de sólidas ideologías y notorios valores literarios.

Hacia una dramaturgia del movimiento (2001, Fundación Carlos Eduardo Frías/Instituto Universitario de Danza), de Leyson Ponce, reflexiona sobre la presencia dramática en el discurso coreográfico en la danza contemporánea de Venezuela durante la década de los noventa. El texto del estudioso creador contiene conceptualizaciones sobre las visiones orgánicas del cuerpo expresivo y el teatro de la danza como manifestación caracterizadora de un tiempo singularmente violento.

El cuerpo como territorio de la rebeldía (2006, Instituto Universitario de Danza), de Julie Barnsley, constituye en sí mismo un agudo y bien sustentado alegato sobre el cuerpo humano y sus consideraciones conceptuales y estéticas a lo largo de su historia, más allá del mundo de convenciones que lo ha rodeado. En su ensayo, la bailarina de volcánica expresión aborda la corporalidad a través de los tiempos, y sus infinitas posibilidades de percibir e interpretar la vida, de su inteligencia y energías visibles y no visibles.

Son cuatro libros surgidos de las personales vivencias de sus autores dentro de la práctica y la teoría de la danza. Sus voces y sus letras tienen un punto en común trascendente: parten de una vida dentro del movimiento compartida.