Opinión

Tanto nadar para morir en la orilla

Hay una verdad fáctica incontrastable que nos enseña que la producción de riqueza es el resultado del esfuerzo conjunto entre el capital y el trabajo. De allí en más puede seguir la discusión acerca de si es mejor que el capital sea público (estatal), privado o mixto. Lo mismo en cuanto a las condiciones del trabajo y las distintas maneras de concebir la participación del Estado en la conducción o supervisión y vigilancia del proceso.

En Venezuela, desde que llegó a Miraflores el grupo que hoy gobierna, ha venido quedando claro primero que ellos desafían las reglas de la economía y segundo que esta es terca de manera que tarde o temprano sus principios terminan por imponerse, precisamente porque responden a la propia naturaleza humana.

Quienes invocan el socialismo del siglo XXI u otras denominaciones equivalentes lo que han hecho y siguen haciendo es destruir el capital, tanto privado como público, y al mismo tiempo desincentivar el trabajo prostituyéndolo con clientelismo, dádivas y demás concesiones que reducen la productividad y, por tanto, la riqueza disponible. Así y todo se ha insistido en repartir la riqueza natural a través de la renta petrolera y, una vez liquidada esta, atacar las fuentes de la generada por el esfuerzo conjunto de sus factores.

Esa es la situación a la que hoy hemos llegado como resultado del manejo irresponsable de unas aguas que necesariamente conducirían a estos lodos. Cuando ya el ahogo es inminente, la solución que se adopta es la de dar la estocada final al capital y liquidar la posibilidad de generar el trabajo que permita a la población proveerse de su canasta familiar y demás bienes. Lo anterior es tan válido para las empresas de capital privado como público toda vez que estas últimas hace rato que han venido transitando irremediablemente y sin excepción hacia la quiebra.

Quien esto escribe no es economista ni mago de manera que no está en condiciones de ofrecer recetas salvadoras. Venimos oyendo diagnósticos y propuestas de técnicos nacionales e internacionales que esbozan diferentes posibilidades de solución todas las cuales tienen como presupuesto la necesidad de generar confianza a través de la credibilidad. A estas alturas ya está claro que con el gobierno actual ello no es posible. Ni siquiera con una promesa de rectificación ni con el enésimo plan de recuperación prometido por quienes ya no encuentran más que prometer u ofrecer.

Entre las posibles alternativas de recuperación se asoma alguna que sugiere no solo la asistencia crediticia de las instituciones internacionales especializadas, sino también “donaciones” de países ricos para lo cual se mencionan antecedentes históricos como Somalia, Eritrea, Biafra, etcétera.  ¿Se imagina usted amable lector sabatino lo que esto significa siendo Venezuela el miembro  fundador de la OPEP bajo cuyo suelo se ubica la mayor reserva petrolera del planeta? ¿Habrá algún “país rico” que quiera donar recursos a la nación que le sobra tierra, agua, hidrocarburos, clima benigno, etc?  Y si la hubiera ¿no nos daría vergüenza extender una mano pedigüeña como si fuésemos los pseudopaíses del Caribe u otras latitudes que han hecho un arte del chuleo?

Quien esto escribe ha sido y es consecuente militante de la oposición. En distintos momentos apoyamos esquemas como la Coordinadora Democrática y la MUD que –para bien o para mal– condujeron procesos que en sus respectivas oportunidades tuvieron algunos éxitos (revocatorio, elecciones, Asamblea Nacional, etc.) que ciertamente no cristalizaron por razones que no es del caso analizar en este espacio. En esos esfuerzos invertimos tiempo, entusiasmo, recursos e ilusiones, cuyos resultados pueden ser opinables. Lo que sí no es discutible es la necesidad de dejar de lado todas las diferencias para construir la unidad que se requiere para salir de esto.

Como ciudadanos vemos no ya solamente con estupor sino con gran desilusión que en estas horas claves de la agonía nacional hay quienes se rasgan las vestiduras porque aumenta la gasolina,  se dan dentelladas en la Asamblea Nacional porque unos apoyan y otros rechazan los dichos de Almagro, se destrozan porque hay quienes insisten en la vía electoral frente a quienes la consideran agotada, discuten estérilmente acerca del accionar del  Tribunal Supremo legítimo y demás temas importantes sí, pero menos que el embargo de los activos de Citgo y la capitulación ante Conoco que nos tienen agarrados por el cuello para asfixiarnos, etc.  Por primera vez me declaro inconforme con la dirigencia opositora en su conjunto (con énfasis en algunos y excepciones en otros). Pero… como dice la sabiduría popular: “tanto nadar para morir en la orilla”… ¿Será posible un poco más de esfuerzo y unidad, aunque sea para librarnos de la incompetencia que hoy lleva el timón de la República?