Opinión

Suicidios policiales

Cuántas veces hemos oído: “La historia no se repite, solo se reedita”.

Los regímenes autoritarios en el mundo tienen muchas cosas en común, la idolatría a la persona, la falsedad de la información, la opresión a sus ciudadanos, el robo de las arcas públicas, el empobrecimiento de sus pueblos, la invención de mentiras para justificar enemigos que carguen las culpas de sus innumerables fracasos y la crueldad de sus esbirros llamados “cuerpos de seguridad”.

Sobre esta última característica, los hechos de la triste muerte de Fernando Albán nos recuerda, entre varios casos, la aberrada actuación de la policía española bajo el signo de Franco.

En 1969 Enrique Ruano estudiaba derecho en Madrid, tenía 21 años cuando fue detenido por la policía política de la época, la Brigada Político Social, después de tres días de interrogatorios, así denominaban las torturas, fue llevado a un séptimo piso de un edificio para practicar un supuesto registro.

Sin comprender cómo ni por qué se “lanzó” por un ventanal al patio interior y falleció en el acto. A la familia de Enrique nunca se le permitió tener la autopsia de un médico de su confianza.

Claramente se entendió que era un falso suicidio, pero también quedó clara la abundancia de complicidades que el régimen lograba para garantizar la impunidad de los criminales de un joven indefenso.

La familia Ruano consiguió reabrir el caso 20 años después. En 1969 se atribuyó la causa de fallecimiento a un clavo que le impactó en la caída. En 1991, al exhumar el cadáver, el trozo de hueso donde se evidenciaba esto se había perdido. Tal vez solo había que cambiar la palabra clavo por bala para llegar a la verdad.

La trágica muerte de Enrique Ruano fue suficiente para encender la furia de los estudiantes españoles. La calle comenzó a calentarse y demostrarle al franquismo que no lo tolerarían más. Al declarar estado de excepción muchos cayeron sacrificados por el camino.

A la infamia del asesinato se añade la comprobación de las viles complicidades de médicos, jueces, inspectores y periodistas para poder pasar el engaño y lograr la supervivencia del repugnante régimen autoritario.

Esta lóbrega historia ha aflorado en nuestros recuerdos pues, mucho nos impresionan las declaraciones de algunos compatriotas de Enrique y luchadores democráticos que recomiendan esperar los informes de las autoridades venezolanas, como la Fiscalía, antes de emitir pronunciamientos.

Nos preguntamos ¿qué hubiesen dicho de nuestra postura si lo mismo hubiésemos opinado ante la incógnita de la muerte de Ruano?

Si algo no debemos tolerar en este menguado período de nuestro país es la complicidad. Fernando Albán fue sacrificado por sus ideales, hoy le rendimos honor y exigimos se lleve a cabo una verdadera investigación sobre su muerte, no la autopsia oficial, no el informe de la Fiscalía, ni siquiera la actuación de la Defensoría del Pueblo. Reclamamos la investigación necrológica por el testimonio de su familia y la presencia de la justicia e investigadores internacionales.

Seguramente los hermanos Rodríguez estarán de acuerdo con estas exigencias que no deben diferir de las reclamadas por ellos y José Vicente Rangel en el lamentable interrogatorio de su padre.