Opinión

Spoiler: ¡King Kong no tiene pipi!

Héctor Concari

Le debemos al ingenio de Guillermo Cabrera Infante aquella máxima según la cual aquellos que ignoran la historia del cine, están condenados a ver remakes. La sentencia cobra nuevos aires ahora que se estila el llamado “rebooting”, cibertérmino que presupone el olvido del original y su reemplazo por una historia y un pasado nuevos para personajes consagrados en el imaginario del séptimo arte. Le toca el turno a King Kong, aquel mega gorila bueno, cuyo amor incomprendido por la bella Fay Wray del original de 1933 lo llevaba a escalar el Empire State, cargarse en el camino unos cuantos aviones y morir a manos del frío complejo militar industrial que Eisenhower denunciaría dos décadas después. Algunas precisiones se imponen.

“Lejano, distante y peligroso” era la divisa de un aventurero trocado en productor de cine llamado Merian C. Cooper (1894-1973). El origen del gorila gigante se pierde en la niebla del mito (para algunos fue una noche de insomnio del productor, para otros el relato de los lagartos de la isla de Komodo). El caso es que Cooper y su socio Ernest Schoedsack unieron con King Kong, tres líneas claves del cine: llevar al espectador a un mundo no hollado por el hombre, adornarlo con efectos especiales impensables para la época y darle a la historia de la bella y la bestia un toque de grandilocuencia, furia y romanticismo que todos, empezando por los surrealistas, saludaron con entusiasmo. Más importante, la película recaudó seis millones doscientos seis mil cuatrocientos dólares contra un presupuesto de seiscientos setenta mil de la época. No por casualidad generó además incontables imitaciones y dos remakes oficiales, uno aceptable en 1976 con una joven Jessica Lange y otra imposiblemente mala en 2005.

Segunda precisión. Józef Teodor Konrad Korzeniowski, fue un huérfano polaco nacido en 1857. Escapó del servicio militar ruso a Inglaterra donde fue marino, antes de adoptar el inglés como lengua materna, la literatura como pasatiempo y el seudónimo Joseph Conrad para su salto a la historia de las mejores lecturas. Entre otras escribió “El corazón de las tinieblas”. Salto a 1976. Con nueve oscares en sus alforjas por las dos partes de “El padrino” y un premio en Cannes por un thriller existencial llamado “La conversación”, Francis Coppola apuesta su fortuna y su prestigio con una adaptación operática del relato de Conrad, ambientada en Vietnam. Tras tres años de penuria productiva, tifones, cambios de actores y quiebras sucesivas, el film es un éxito total que arrasa en Cannes (y en la taquilla). La película tiene una secuencia mesmerizante: al amanecer un Coronel de caballería llamado Kilgore, arrasa con sus helicópteros un villorrio vietnamita con la cabalgata de las Walkirias de Wagner como música de fondo.

“Kong, Isla calavera”, es todo esto y mucho menos. Los admiradores de aquel gorila bueno, militante del “amour fou”, pisatario legítimo de Skull Island, lamentarán que esta nueva versión escamotee el núcleo romántico del original, haciendo del cachondo Kong, un gorila más bien asexuado, casi metrosexual y reservándose además su emigración forzada a Estados Unidos para una secuela (mejor dejar a los extranjeros en su tierra por ahora). Original es su transposición a 1973, en momentos en que los Estados Unidos se retiran de Vietnam y un grupo elite es destinado a una misión especial, con lo cual el film se roba más de una secuencia de “Apocalipsis ahora” e inserta a un visionario belicista calcado del coronel Kilgore como fundamentalista de la guerra y la venganza, suerte de representante de los tiempos que corren. De paso, y para completar, algún personaje se llama Conrad y otro Marlowe como para que no dejen dudas sobre el homenaje a quien narraba historias de aventuras en parajes desconocidos. Y todo esto, por supuesto en 3 D, con bicharracos salidos de parques jurásicos como para que no quepa duda de cuanto ha avanzado la técnica y los efectos especiales en los últimos ochenta y cinco años.

Tal vez lo que haya ocurrido, a fin de cuentas, es que el mundo de hoy es demasiado conocido, y ya no existen, en tiempos de Google Earth, islas calaveras con buenos salvajes que adoran a un dios Kong protector de su territorio y amante de las rubias tontas que les envía Hollywood.

[Kong, isla calavera. (Kong, Skull Island). USA 2017. Director Jordan Vogt Roberts. Con Tom Hiddleston, Samuel Jackson, John Goodman, Brie Larson]