Opinión

Soy Venezuela (I)

¿Soy Venezuela? ¿Qué significa eso? Tal vez más bien podría preguntarme ¿qué me convirtió en Venezuela? Un territorio pleno de bellezas naturales, entre las cuales en primer lugar están mis mujeres, las cuales han sido mundialmente reconocidas entre las más hermosas del planeta. Como me bautizaría originalmente Colón, soy una “tierra de gracia” a la que este ubicó, dentro de ese nuevo mapa del mundo cambiante que comenzaba a “descubrirse” desde 1492. El mismo año en que, gracias a la unión de Isabel la Católica y Fernando de Aragón, se lograba finalmente expulsar de la península ibérica a los moros, después de ocho siglos de dominación. En 1498, al acercarse a mis costas orientales, se me visitó por vez primera. Navegantes, conquistadores y esclavos de Europa, África y hasta de la lejana Asia, hacia la cual precisamente Colón deseaba crear nuevos caminos, llegaron a mí en distintas etapas y en distintas circunstancias. Así se me legó una nueva identidad, nuevo origen. En el año 1500, en la isla de Cubagua, se fundó mi primera ciudad colonial. Mezcla de razas y culturas provenientes del Viejo Mundo con las autóctonas, de una u otra forma se fundieron, a través de los años, para la creación de nuevas naciones americanas, dentro de las que me encuentro, junto a mis hermanas del Caribe y del Sur, formando parte inseparable de América.

¡Sin pretender jamás que se simplifique mi compleja trama histórica, que se esfuerza en enseñarnos, a su paso, a su ritmo, he vuelto mi mirada a ella, solo por un instante, solo para reubicarme y recordar que aquí y ahora, en América, residen aún mis inmensas oportunidades de crear “ese nuevo mundo”, muy mal ponderadas por cierto, en la construcción de un futuro mejor para la humanidad toda!

Fui bendecida por la providencia al dotarme de diversos y abundantes recursos. En 1914, con el reventón del Zumaque I, empezó mi desarrollo petrolero, hace más de un siglo. Hoy, con las reservas probadas de hidrocarburos más grandes del planeta (297.000 millones de barriles), sin embargo. soy un caso verdaderamente desgarrador. He sufrido como nación la paradoja del heredero que, teniéndolo todo para ser feliz, pareció no heredar nada. No lograron apreciarme y administrarme cabalmente; respetar mis instituciones fundamentales en un sistema democrático en evolución, ni alcanzar mi equilibrio entre el bien común y el bien particular.

En mis últimos 18 años de vida, más que una responsabilidad adicional, de fracasos o errores anteriores, en búsqueda del logro de mi crecimiento y desarrollo socioeconómico armónico y necesario como nación, se me ha manipulado para saquearme vilmente. Se han violado mis principios de identidad histórica libertaria, de la etapa de la que estoy más orgullosa de mí misma. Etapa de independencia que me permitió la oportunidad de iniciar un camino libre e independiente, como República.

Habiendo pertenecido a una alianza mundial, fehacientemente conveniente a mí y a mis hermanas latinoamericanas, en lo geopolítico, en lo científico-tecnológico, y lo cultural, con Estados Unidos como potencia del mundo junto a Europa, por inverosímiles errores políticos, desde esa mi especial condición de nación joven, con solo cuarenta años de esfuerzo democrático dentro de esos quinientos años desde precisamente aquel “descubrimiento” (1498-1998, solo 8% desde mi descubrimiento 40/500 años).  Cuando apenas comenzaba a reformarme para afianzar mi relación con el mundo de la institucionalidad democrática y la civilidad, en una América llena de oportunidades y para avanzar hacia la auténtica modernidad y el progreso, se me retrocedió a planteamientos y acciones de una absurda confrontación “anticapitalista y antiimperialista”. Se me intoxicó, traicioneramente, con conceptos ya superados por las realidades ocurridas en el mundo desde finales de los años ochenta: con la caída del Muro de Berlín, la disolución de la Unión Soviética, los ya anteriores drásticos cambios de la China comunista del maoísmo por la China de Den Xiao Pin.              

Cuando aparecía como ejemplo latinoamericano en lo político, libre de viejas ataduras y estancados prejuicios ideológicos, tanto del militarismo como del comunismo internacional, crueles sistemas dictatoriales ambos, con Cuba como falso paradigma de sistema de justicia social en Latinoamérica, se me empujó al ¡salto atrás! que pretende convertirme en algo que yo no soy, ni podré ser nunca: la otra Cuba castrista de América. ¡Ello no se consolidará jamás! Muy por el contrario, volveré desde mi esencia histórica independentista a reconquistar mi libertad, y a defender la de mis hermanas latinoamericanas, ¡como antes! ¡Yo soy Venezuela!

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