Opinión

Soy Venezuela (III)

En la tercera semana consecutiva de reflexión acerca de mí misma, como madre patria venezolana que soy, concluyo esta conversación imaginaria con todos ustedes, en la que habiendo sido humanizada por la magia de la escritura, he tomado directamente la palabra. Gracias a ello, pude expresarles mi dolor profundo por las pérdidas irreparables de cientos de vidas, de mis hijas e hijos, la mayoría de ellos muy jóvenes, a manos de la represión de la criminal dictadura. Más, a pesar de este quebranto infinito que siento, o precisamente por él, debo levantarme bajo la responsabilidad y el anhelo de honrar esas vidas, con determinación y fe en el porvenir, para que millones de niñas y niños puedan venir a mí, en un mundo mejor. Yo debo hacer mi parte como nación venezolana, para superar las sombras de la malignidad y de la ignorancia, ¡cuánto antes! Debo salvar muchas otras vidas para reconstruir una real oportunidad de futuro para todos. 

La magnitud de la corrupción a la que he sido sometida, en la etapa castro-chavista (1999-2013) y ahora mediante el narcomadurismo (2013-2017), según los más serios analistas políticos del mundo, no tiene precedentes en la historia. Se inició instaurando un modelo de sustitución de autoridad de los gobernadores, legítimamente elegidos en cada región, por militares activos, para que administraran cuantiosos recursos de un mal llamado Plan Bolivar 2000. Con ello se hacía cómplice a mi estamento militar del botín, para poder controlarlos mejor. Ya desde antes me costaba mucho esfuerzo controlar solo a los políticos. Los militares, que ahora podían votar, y que hasta allí estaba bien, fueron convertidos sin embargo en activistas del partido de gobierno, pervirtiendo e iniciando así la muerte de mi democracia. Tanta corrupción ha desembocado ahora en un narcoestado que, más pendiente del control del poder en sí mismo y sus negociados, como el contrabando de extracción de combustibles, minerales, y el narcotráfico, han sometido a mis ciudadanos honestos, secuestrándolos en cárceles, manipulando la administración del Poder Judicial, e incluso han utilizando la delincuencia común como forma de agresión, destruyendo mis instituciones democráticas, y entregándome a intereses extranjeros que, como el castro-comunismo, prevalecen sobre los intereses de mis ciudadanos. 

Así como los narcos colombianos temían en su momento que se aprobara su extradición a Estados Unidos y se aplicara el Plan Colombia, la narcodictadura que me oprime, con sus corrompidos jerarcas cívico-militares, teme una intervención militar directa de la potencia americana sobre mi territorio. Si se me preguntara si yo, Venezuela, ¿aprobaría una acción militar unilateral de Estados Unidos de América en mi territorio? ¡Le contestaría sin duda que no! Tengo a mis espaldas la acción militar de la narcoguerrilla colombiana desplazada hacia mi territorio, y del castrismo cubano interventor de mi soberanía. Pido por ello todo el apoyo posible de las democracias del continente y del mundo, a través de una coalición internacional de países, y sobre todo bajo parámetros de ayuda militar humanitaria, democrática y de defensa de los derechos humanos, para que entren en alianza conmigo. Así, mis auténticos hijos bolivarianos, y mis predilectos amigos demócratas del mundo, no dudarán en estar en dicha coalición. Tenemos la responsabilidad de hacer cesar de inmediato la demostrada y continuada violación de los derechos humanos sobre mi suelo. Derrotar la maligna alianza internacional castrocomunista, y de los narcos, que han conformado junto con la  corrupta cúpula cívico-militar existente en mi suelo, y otras fuerzas oscuras del crimen y del terrorismo mundial, esa alianza perversa para el sostenimiento de la narcodictadura.

Las sanciones financiero-comerciales que se están implementando por parte de mis naciones aliadas, con Estados Unidos como líder, nos son contra mi pueblo, como quieren confundirlos mis enemigos. ¡Son contra el narcorrégimen, son contra mis secuestradores!

La actual dirección de oposición, considerando solo aquella representada en la actual MUD, según hemos visto en sus ejecutorias, no ha podido cohesionarse en una política venezolanista de unión nacional contra la dictadura. No ha podido lograr la organización necesaria en tiempos de persecución, represión y muerte, y que solo con una pretendida respuesta electoral no logrará el objetivo de la libertad.¡Debemos votar, pero también rectificar! En cambio, la rebeldía de mis hijas e hijos más jóvenes ha demostrado con sus luchas, espontáneas y de gran sacrificio, el verdadero amor por mí. También la lucha de muchos de mis hombres y mujeres, militares y civiles que, como Simonovis, Brito, el general Vivas, Caguaripano, Mitzy, María Corina, Lilian, por ejemplo,  no se han doblegado ante la corrupción o el oprobio. Todos, si así lo deciden, son los herederos de mi auténtico Bolívar. Y aunque hoy parezca trágico, y pudiera pensarse que no hay otra salida: escoger entre la narcodictadura o un débil proceder desde la oposición, les aseguro que, más pronto de lo que se piensa, un cambio sustancial habrá de producirse, y yo, ¡Venezuela!, habré de renacer de mis cenizas democráticas, cual ave fénix, bajo el influjo de mi generación del 28.

La violencia o el pacifismo no son dilemas para mí en la actualidad. Yo, Venezuela, vivo en la violencia diaria. Mis mujeres la viven. Humilladas al entregarles una bolsa de alimentos, cuando sus hombres podrían producirla y llevarla con dignidad y orgullo hasta su mesa. Son requisadas con morbosa violencia por un régimen criminal cuando acuden a las visitas de sus prisioneros políticos que luchan por la libertad. Paren bajo la vejación pública de ser vistas en las salas de espera, o a las entradas de los hospitales. No les permiten la libertad de pensamiento educativo para sus hijos, al peor modo del Elián castrista.

Mi carácter anticolonialista lo comparto históricamente con mis hijos. Con el más grande entre los grandes, ¡precursor de la libertad americana Sebastián Francisco de Miranda! Con el Libertador Bolívar, Bello, Simón Rodríguez, Luisa Cáceres, Manuelita, Sucre y tantos otros de mis hijas e hijos, de mis hermanas y hermanos. También lo comparto con líderes de  países anticolonialistas de América, como Nariño, San Martín, O'Higgins, o con los padres fundadores de Estados Unidos, Washington, Jefferson, Madison. Por ello la lucha por el mantenimiento de esos valores de libertad, constitucionalidad, parlamentarismo democrático y avance permanente de los derechos civiles del ser humano viven conmigo. Son valores universales que se nutren en mi internacionalismo militante. Es una lucha que desde dentro o desde fuera de mi territorio libran mis hijos, día a día. Desde Francia, con Miranda convertido en inmortal ícono revolucionario del Arco del Triunfo de París, hasta el sueño delirante de Bolívar en el Chimborazo de Ecuador. Desde las pampas argentinas con José de San Martín hasta los riscos bañados de espuma de las cordilleras chilenas con O’Higgins. Desde los inmensos ríos de nuestras selvas brasileñas, colombianas y venezolanas del Guaviare hasta el Orinoco, con José Ignacio Abreu e Lima, Girardot, Páez, Urdaneta y tantos otros.

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