Opinión

    Habito desde hace más de cuarenta años en una apacible urbanización de clase media del sureste capitalino. Los vecinos son fundamentalmente profesionales en diversas ramas, muchos militares en situación de retiro; y, algunos pocos activos; quienes en los últimos tiempos han incrementado la adquisición de viviendas. También de comerciantes e industriales en general. Se trata de una urbanización acogedora y apacible con un clima grato de aproximadamente uno o dos grados de temperatura menor a la percibida en el Valle de Caracas. Segura por su condición geográfica de “cumbre” y con acceso por cuatro vertientes. Con diversos parques y las avenidas adornadas con frondosos árboles. Las normas arquitectónicas exquisitamente diseñadas (los edificios –con rarísimas excepciones- no tienen, más de cinco pisos y conforman una armonía plena con las casas construidas. Era, resumiendo, un sitio grato y confortable para vivir.

    El deterioro global ha sido continuo y acorde con el quebranto y ruina general (económica y social) que asola inclemente al resto del país. La reflexión vino a mi mente en días pasados cuando hube de esperar más de una hora para utilizar el servicio de transporte público. La anterior fluidez vehicular forma parte de tiempos pasados. Caminando hacia la avenida principal observé a siete zamuros caminando en la avenida donde vivo. Hube de pasar por el lado de uno de ellos y fui objeto de una significativa indiferencia por su parte. Constaté la presencia de personas ajenas al vecindario hurgando en las bolsas de basura depositadas en las aceras en procura de desechos alimenticios esperando su oportuna (ya no tan eficaz) recolección por parte del aseo urbano. Diagonal al parque pequeño de la avenida principal vi estupefacto el brote de aguas negras inundando la acera en el costado de la avenida (Casi un “pozo séptico”; ¿Vendrán tiempos de cólera?). Esta inaudita germinación de insalubridad tiene más de tres meses y es recurrente en el mismo y otros sitios. De igual manera conté más de cinco desperdicios de agua de Hidrocapital también recurrentes. La incapacidad manifiesta de este organismo es la misma que la del resto de la administración pública; comenzando por su cabeza, “el paisano” Maduro (Pastrana dixit).

    Intentar satisfacer la necesidad de extraer dinero de la banca privada en los cuatro bancos existentes constituye una epopeya épica. Los cajeros automáticos no funcionan debidamente y los cajeros nos despiden con la lapidaria frase de: “no hay efectivo”. Una gerente –muy amable- me indicó que llamara en las mañanas; al abrir el banco, para saber la disponibilidad. La suma es irrisoria para satisfacer a cabalidad el pago del transporte y de cualesquier cosa o granjerías que en otros y anhelados tiempos formaban parte de la cotidianidad. En algunos bancos se observan conductas atípicas a su condición. Pareciera que también han sido inoculados con diversas perversiones conductuales gubernamentales. Reciben con prontitud los depósitos vía transferencias; pero, para movilizarlos, es necesario revestirse de paciencia franciscana por el calculado retraso. En una de las empresas de telefonía celular hube de cancelar gastos exorbitantes para satisfacer el pago del “chip” y del llamado “derecho por cambio de equipo”.

    Adquirir el “pan de cada día” en la única panadería es misión imposible. La mayoría de las veces no hay. Cuando se exhibe, su alto costo lo ubica en artículo suntuoso, casi de lujo. Tomar un café equivale –aproximadamente- a un cuarto del valor del salario mínimo. Somos muchos los vecinos jubilados de la “tercera edad”. Que solamente perciben ese único estipendio para la debida manutención. El único flamante “automercado” ha establecido la sorprendente medida de no entregar las bolsas receptoras de las compras: “Traiga usted su propia bolsa o busque una caja, si la encuentra”. La posibilidad de adquisición de alimentos es restringida a cabalidad; tanto por la escasez de productos, como por el alto valor de la mercadería. El caos es generalizado y forma parte de la crisis nacional.

    Todas estas atribulaciones irrumpieron en mi mente ese día. Decidí “almacenarlas” en la memoria con la intención de compartirlas haciéndolas públicas. Sé que en otros lugares la situación es mucho peor; y que el hambre, la insalubridad, la inseguridad personal y el desasosiego en general, forman parte de la triste y vergonzosa cotidianidad que nos abruma. Tanto a los ciudadanos como a los demás habitantes en general que mal vivimos en Venezuela.

    Cuando en la “década de los setenta”  se produjo el comienzo de la avalancha de triunfos de nuestras féminas en concursos de belleza internacionales; algunos sociólogos de ocasión atribuyeron tal fenómeno a la llamada interrelación producto de la liga de extranjeros que arribaron a nuestro país en procura de bienestar social y económico. Es decir, a la inmigración de personas provenientes de otras tierras (fundamentalmente europeos) que se ligaron con los venezolanos y produjeron este prototipo de especímenes: Altura superior al metro setenta. Ojos azules, verdosos o tornasolados.  Tez y color de piel muy peculiar; y, matiz de cabello (negro o rubio) en contraste hermoso con el resto del cuerpo. Algo parecido a lo que nuestro Libertador (por otras razones) denominó a los venezolanos como un producto genético proveniente del crisol de razas.

    Los venezolanos conservábamos una peculiaridad de comportamiento que nos diferenciaba de los habitantes de otros países. Éramos contestatarios, disconformes, levantiscos en general. Perdimos en nuestra gesta independentista (y la de otros países) un tercio de nuestra población. Padecimos innumerables revoluciones y revueltas muy cruentas. La guerra federal constituyó un desborde sangriento inconmensurable. También la consolidación de la igualdad social y política de manera innegable. Pagamos un alto tributo con “sangre, sudor y lágrimas” la gozosa audacia de vencer al miedo. Nos enfrentamos con valor, de manera resuelta a todos los desmanes provenientes de las diversas tiranías que nos oprimieron. Casi siempre este empecinamiento conductual nos llevó al derrocamiento de los dictadores de turno. ¿Será que la genética actual ha influido en la generación eficaz de testosterona?

    Todos sabemos y estamos claros con el tipo de régimen que nos gobierna. Es totalitario y no republicano. Es una dictadura inconstitucional (no se trata de redundancia alguna) a pesar del esfuerzo consagrado por los altos prebostes gubernamentales de demostrar que sus ejecutorias están acordes con el texto constitucional vigente. Para ello se han valido de interpretaciones  emanadas de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia mediante sentencias torticeras. Sustento teórico de ilegitimidades. El soporte fáctico lo ejerce la mal llamada FANB por intermedio de sus bayonetas y de los milicos que las empuñan, quienes reciben como estipendio todo tipo de canonjías, prebendas y riquezas mal habidas que son del conocimiento público.

    Mientras todo esto acontece, estamos a treinta y cuatro días del fraude electorero que permitirá a Maduro y su combo mangonear hasta 2024. Mediante una burda estafa sibilinamente puesta en ejecución cuyo resultado es conocido por toda la comunidad nacional e internacional. La verdadera oposición organizada permanece inamovible, pasmada y sin resolución alguna haciendo gala de un “quietismo alarmante”. Sabemos también que los pseudo opositores que andan de ominosa comparsa en el carnaval electorero transitan en lo suyo. Cada día nos sorprenden con nuevas y demagógicas proposiciones. Las que ellos mismos saben –en su fuero interno- que son impracticables mientras no se produzca un cambio de gobierno. Este cambio jamás será permitido electoralmente por el totalitarismo encabezado por Nicolás Maduro Moros.

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