Opinión

Solidaridad y resistencia, la vía de nuestra liberación

La revolución democrática, un fenómeno sociopolítico inédito en América Latina, ha echado profundas raíces y la Resistencia es carne de la carne de nuestra liberación. No será arrodillándonos sumisos ante las horcas caudinas de la dictadura que lograremos nuestra segunda Independencia. Será con el ardor y la perseverancia de nuestra Resistencia. Quien se niegue a entenderlo, que prepare sus maletas: será arrasado

En inolvidable agradecimiento a Luis Almagro, secretario general de la OEA, a los ex presidentes miembros del Grupo IDEA y a su coordinador, Asdrúbal Aguiar

Los rutilantes éxitos obtenidos en el plano internacional por las fuerzas democráticas venezolanas no son casuales ni productos arbitrarios de una comunidad global en la que suelen primar los intereses por sobre los principios. Son el resultado de un trabajo paciente y tenaz que conoció de muchos fracasos e intentos frustrados, así como del desarrollo de circunstancias que han venido a reafirmar lo que llevamos más de quince años tratando de hacer consciente entre nuestros eventuales aliados. Están vinculados al derrumbe de un régimen forajido que sufriera la muerte de su principal protagonista, la brutal caída de los precios petroleros que diera al traste con su principal instrumento de convencimiento –la petrochequera–, el despertar de la conciencia ciudadana, particularmente del protagonismo de su juventud y el dramático giro vivido en los últimos tiempos a nivel global. En muchos aspectos, inciden favorablemente en nuestra búsqueda y propuesta de un cambio en la orientación de la política regional y mundial, que frene los intentos expansionistas del terrorismo talibán y del castro-comunismo forista en nuestra región, respaldando y fortaleciendo la búsqueda de un nuevo orden liberal y democrático para América Latina. Para nuestra fortuna, ya están lejos los tiempos de Chávez, de Lula, de Néstor y Cristina Kirchner, de Rafael Correa, de Dilma Rousseff, de Evo Morales y Pepe Mujica. Lejos los tiempos del socialista chileno José Miguel Insulza al frente de la OEA y de los demócratas Barack Obama y Hillary Clinton al frente de la Casa Blanca y el Departamento de Estado. Lejos incluso los tiempos de un nuevo papado, que parecía apostar sus cartas por el neocastrismo en América Latina. Si bien aún no se perfila claramente una política regional y global alternativa, que siente las bases para un futuro de libertades, prosperidad y crecimiento económico capaz de apartar para siempre del panorama latinoamericano la nefasta y destructiva influencia del populismo y las izquierdas marxistas.

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Quisiera hacer un recuento de algunas actividades internacionales llevadas a cabo por las fuerzas opositoras, particularmente luego de los luctuosos sucesos del 11 de abril de 2002, que provocara una ruptura definitiva en la tradición soberana de Venezuela y abriera nuestro país a la penetración, la injerencia y la ocupación por la tiranía cubana. Y de las cuales puedo dar fe, pues tuve personal participación en ellas desde 2002 en adelante. Fuimos enviados por la Comisión de Asuntos Internacionales de la Coordinadora Democrática, que dirigía Humberto Calderón Berti, a realizar gestiones de esclarecimiento y cercanía con los gobiernos de Chile, Argentina y Uruguay. Mientras otros compañeros hacían lo mismo en Brasil, España, Francia y Estados Unidos. Acompañé a una delegación de diputados formada por Ismael García, Wilmer Azuaje y Juan José Molina a Washington, donde mantuvimos reuniones con el Departamento de Estado y algunos diputados y senadores republicanos y demócratas, entre los cuales los hijos de Rafael Díaz Baltar, prominentes congresistas cubano-estadounidenses. Organizamos desde la Alcaldía Metropolitana un encuentro internacional con participación de destacados parlamentarios de España y América Latina. El alcalde metropolitano, Antonio Ledesma, recorrió el mundo con el mismo propósito: dar a conocer la dramática situación política que vivíamos bajo el gobierno de Hugo Chávez y la deriva dictatorial, incluso totalitaria que se hacía más que evidente con cada día que pasaba. De hecho, el vínculo entre el régimen de Chávez, ya abierta y desembozadamente autocrático y dictatorial, y la tiranía de Fidel Castro no dejaba lugar a dudas. Ante la indiferencia y el silencio de las democracias occidentales. Pues a pesar de hechos tan palmarios, estábamos solos.

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Pasaron los años y seguíamos solos. Y poco importaba lo que hiciéramos por evitarlo. La matriz de opinión dominante, en un mundo tolerante ante las dictaduras de izquierdas, no solo se negaba a reconocer la deriva dictatorial y la intromisión de Cuba en nuestros asuntos, tan evidente que siendo ministro de la Defensa el hoy encarcelado general Raúl Isaías Baduel, comenzaron a flamear las banderas cubanas en nuestros cuarteles y sobre el frontispicio de más de uno brilló el “patria o muerte”, lema de las guerrillas de la Sierra Maestra, mientras en Fuerte Tiuna deambulaban con absoluta desenvoltura los oficiales cubanos que habían venido a hacerse cargo de la dirección de nuestras fuerzas armadas. Con la clásica prepotencia del dominador imperial. Chávez enarbolaba la bandera cubana como símbolo de su inquebrantable fidelidad al régimen castro-comunista cubano y la besaba ante las cámaras de todos los medios del mundo con una delectación cercana a la obscenidad. Como jamás lo hiciera con la nuestra. Fue la aberración de un líder que amaba más al país a cuyos pies se aherrojara y en donde prefiriera ir a morirse, que el suyo propio, que le brindaba su amor con un fanatismo enfermizo, cercano al delirio.

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Han transcurrido dieciocho años del inicio de este viaje al corazón de nuestras tinieblas. Y las cosas han cambiado dramáticamente por efecto de las luchas y sacrificios de nuestra juventud y el martirologio ofrendado por muchos de quienes ni siquiera habían nacido cuando la traición hincara los dientes en nuestros cuarteles: el mundo decidió acompañarnos y no abandonarnos a nuestra suerte. Hoy ni siquiera es necesario salir a llevar el mensaje de auxilio fuera de nuestras fronteras. Se han invertido los términos: son los demócratas del mundo quienes vienen a traernos su mensaje de solidaridad. Como lo ha hecho con gestos inolvidables el uruguayo Luis Almagro, secretario general de la OEA. Y los ex presidentes de nuestra región, como los también uruguayos Luis Alberto Lacalle y José María Sanguinetti; los colombianos Belisario Betancourt, Andrés Pastrana, César Gaviria y Álvaro Uribe, que reafirman la hermandad que nos une desde nuestros nacimientos. El boliviano Jorge “Tuto” Quiroga, los mexicanos Felipe Calderón y Vicente Fox; el costarricense y premio Nobel de la Paz Oscar Arias, los también costarricenses José María Figueres, Miguel Ángel Rodríguez, Rafael Ángel Calderón y Laura Chinchilla. Los argentinos Eduardo Duhalde y Fernando de la Rúa. Los españoles Felipe González y José María Aznar; los salvadoreños Alfredo Cristiani y Armando Calderón Sol; los chilenos Eduardo Frei Ruiz Tagle, Ricardo Lagos y Sebastián Piñera; los panameños Mireya Moscoso y Nicolás Ardito Barletta; los ecuatorianos Osvaldo Hurtado, Gustavo Noboa, Lucio Gutiérrez y Jamil Mahuad; el dominicano Hipólito Mejía. Y, en un gesto de alta responsabilidad diplomática ante el futuro del continente los diecisiete cancilleres de gobiernos en ejercicio que se han reunido recientemente en Lima para expresar su repulsa a la dictadura de Nicolás Maduro. Una obra extraordinaria de comunión de voluntades libertarias que reafirma lo mejor de nuestra esencia latinoamericana. Y tras la cual se haya el trabajo de coordinación de venezolanos ejemplares como Asdrúbal Aguiar y quienes le brindan su desinteresado respaldo. Son hechos de extraordinaria importancia, pues apuntan a un renacimiento del talante profundamente democrático y liberal de nuestras gestas independentistas.

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Es indudable que los demócratas del mundo esperan un comportamiento mucho más coherente de las fuerzas opositoras, cónsonas con el deseo mayoritario expresado por nuestra sociedad civil en heroicas jornadas tachonadas de muerte, represión, persecución y encarcelamiento. Refrendadas en un magnífico acto de ejercicio democrático el 16 de julio pasado, cuando más de 7,5 millones de venezolanos votáramos de manera libre, transparente y pacífica rechazando el brutal fraude que necesariamente cometería el régimen para imponer una asamblea constituyente espuria y violatoria de los más elementales principios constitucionales, celebrada bajo ominosas condiciones de fraude y engaño. Venezuela expresó un mandato irrevocable: su deseo de ser libre y rechazó toda concupiscencia y complicidad con un régimen abiertamente despótico y tiránico. El mundo vio reafirmado así lo que los informes del secretario general de la OEA habían puesto de manifiesto. De esta dictadura no cabe esperar nada que no sea la violenta decisión de usar todos los medios a su alcance para atornillarse en el poder e impedir que se consuma la voluntad popular. A unos extremos de vileza posiblemente jamás vistos en la historia de América Latina. Y cuyo descaro y brutalidad solo se explica por el respaldo ignominioso del Estado Mayor de las fuerzas armadas. En las que, según ha quedado constancia, desde sus sectores patrióticos y constitucionalistas comienzan a verificarse cambios que auguran el definitivo fin del régimen. Pues sin el respaldo de las armas y sin dinero, ¿quién respalda a esta satrapía?

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¿Cómo entender entonces que cuando en Buenos Aires y en Brasilia, en Santiago de Chile y en Lima, en Bogotá y en Washington se aguarda la exitosa culminación de esta larga y dolorosa marcha hacia la libertad con acciones que conduzcan al desalojo del régimen, el establecimiento de un gobierno de transición y el inicio de la reconstrucción de la democracia en Venezuela –a cuyo reconocimiento y respaldo ya se preparan– abriendo así un nuevo ciclo de libertades en América Latina, baste un gesto de la tiranía para que corran Henry Ramos, Julio Borges, Manuel Rosales y Henry Falcón, junto con su maquinaria publicitaria y mediática, sus asesores y periodistas tarifados a someterse a sus dictados? ¿Cómo explicar un abismo tan sorprendente entre la voluntad popular y un liderazgo que desconoce su más profunda voluntad de emancipación? ¿Cómo entender tanta ceguera, tanto egoísmo, tanta mezquindad? ¿Es posible salir de esta dictadura sin salir, simultáneamente, de este amancebado y concupiscente liderazgo?

Por lo visto, dieciocho años de humillaciones, abusos y sufrimientos, muerte y devastación no han bastado para purificar las filas de esta vieja y reblandecida dirigencia política. La simiente de estulticia, oportunismo y pusilanimidad sigue incrustada en las vísceras de viejos y revenidos políticos venezolanos. Muchos de los cuales aún se niegan a reconocer lo que ya ha sido reconocido con dolor y pesadumbre por diecisiete gobernantes de la región: esta es una dictadura totalitaria. ¿Ignorancia o inconsecuencia? Porque si lo reconocieran, ¿correrían a postrarse a sus ordenanzas y requerimientos, como perritos falderos de una tiranía? ¿Olvidaron la admonición de Rómulo Betancourt, de cuya herencia se reclaman, ante la alta dirigencia de Acción Democrática respecto de la dictadura de Pérez Jiménez de mayo de 1957: “Sacar al dictador por las buenas o por las malas. O callarnos la boca para siempre”? ¿Posible imaginárselo postrándose ante un llamado a elecciones de Pérez Jiménez y la Seguridad Nacional? Sé del disgusto de quienes en el exterior sacrifican sus carreras políticas y sus propios proyectos de vida pretendiendo auxiliarnos, para encontrarse con los gestos equívocos de colaboracionismo, soberbia y destemplanza de una dirigencia opositora que se encuentra muy por debajo de las alturas de las circunstancias. 

La obediencia a los requerimientos de la dictadura ha provocado graves fracturas en el interior de los partidos de la MUD. Ya Vente Venezuela, dirigido por María Corina Machado, ha decidido dejar sus filas. Vendrán otras fracturas y un profundo reacomodo de las fuerzas de la oposición al castro-comunismo reinante, en respuesta a la complicidad de los restantes partidos de la MUD conniventes con el régimen. No bastarán como para obstaculizar la vía hacia la liberación que se ha hecho carne en las masas venezolanas. La revolución democrática, un fenómeno sociopolítico inédito en América Latina, ha echado profundas raíces y la Resistencia es carne de la carne de nuestra liberación. No será arrodillándonos sumisos ante las horcas caudinas de la dictadura que lograremos nuestra segunda Independencia. Será con el ardor y la perseverancia de nuestra Resistencia. Quien se niegue a entenderlo, que prepare sus maletas: será arrasado.