Opinión

Silencio canalla

Me acordé de mi amigo militar en la víspera del Primero de Mayo. La última vez que lo vi en el cardiólogo. Problemas de hipertensión. Todavía no escaseaban las medicinas ni nadie se imaginaba que tendría que hipotecar el apartamento para comprar losartán potásico de 100 mg y amlodipina de 5 mg. Ni siquiera hemos hablado por teléfono, tampoco sé si lo rodean pinos, abetos y cipreses. Pasó a retiro con la más alta graduación y con una corta asomada, con eme, a la historia. Aparece en la foto con una simplona chaquetica civil aunque era el momento más militar de su vida y no torció el curso de la historia.

El próximo año se cumplirán veinte años del juramento sobre una Constitución moribunda y sesenta de la entrada de los barbudos a La Habana. Una infeliz coincidencia. Ahí empezó la destrucción de la sociedad cubana, una de las más avanzadas del continente, entonces, y de su industria azucarera en el nombre de la justicia social y de la dignidad cubana, seguramente la palabra que primero se le ocurrió a Fidel Castro, que mejor le sonaba y que muy pocos entendían. Pronunciaban dignidad cuando pantalones abajo se entregaba a los rusos, y la repitieron cuando estuvieron a punto de desaparecer del planeta por permitir la instalación de cohetes con ojivas nucleares en la isla y también cuando mandaron a imberbes a morir en guerras ajenas en África y a desestabilizar con guerra de guerrillas el vecindario latinoamericano en medio de fanfarrias, consignas y mentiras, como aquella de que Cuba no sería nunca más el gran lenocinio del Caribe. Lo único que ha sido.

En Venezuela, el país que en vísperas de su separación de España y hasta los primeros tiros contaba con más grandes hombres por metro cuadrado que cualquier otra provincia de ultramar y que los números que era capaz de contar Fernando VII (haga un ejercicio de memoria y enumere: Andrés Bello, Juan Germán Roscio, Francisco de Miranda, Pedro Gual,  Simón Bolívar, José Antonio Páez, Carlos Soublette…), en 1989, como anuncio de que algo malo iba a ocurrir, sin que presagiaran siquiera el desplome casi inmediato de la Unión Soviética, un grupo de intelectuales de renombre y relumbrón publicó un manifiesto que hoy debería ser su mayor vergüenza.

No sé cuánto hubo de manipulación ni si el texto lo trajo ya escrito de La Habana el poeta, cineasta y titiritero Edmundo Aray, pero haber estampado la firma en ese papel  antihistórico, de dignidad en tierra, o, peor, que ninguno haya reclamado que pusieron su nombre sin la debida autorización, explica muchos de los despropósitos habidos en las últimas dos décadas y por qué unos chafarotes, sin arte ni ciencia, han podido destruir con tanta facilidad la sociedad venezolana y su principal industria, la petrolera. Se tragaron una rueda de molino sin eructar y no le dieron importancia, ahora, con la misma lucidez dicen que son optimistas, que esto pasará pronto, blablablá, como si el engranaje de la historia fuese ajeno a la actuación de los hombres, como si las cosas ocurrieran  solas, que basta esperar, que no hay mal que dure cien años.

Mi amigo el militar era partidario del modelo chino, pero sin Mao: capitalismo salvaje y libertades políticas controladas, “para salir del subdesarrollo”. Desconozco si mantiene estable la tensión arterial ni cuál es su parecer sobre el uso de la Guardia Nacional como controladora de las libertades políticas y del fluido eléctrico, pero su futuro no será muy distinto al de los firmantes del manifiesto: una empobrecida y famélica caja clap, o el sucedáneo. La alternativa es hambre y mucha dignidad, de esa que rescató Fidel y celebran las jineteras en el malecón.

Entre las hordas de José Tomás Boves había un negro que luego se pasó al lado patriota que cuando le preguntaban por qué había luchado con los españoles respondía que su ambición había sido conseguirles camisas a los suyos; imagino que la intención de los novecientos y tantos firmantes era seguir fingiendo que eran la vanguardia del pensamiento nacional. Tontos ayer, inútiles hoy; guardan silencio. Vendo lupa sin filtro.