Opinión

Ser galante o no serlo

.

To be, or not to be, that's the question” (William Shakespeare)

Contaba Pérez Reverte en un artículo de opinión el singular encuentro con una mujer a las puertas de una librería. La casualidad quiso que coincidieran una señora y el escritor a dos pasos de la entrada del pequeño establecimiento. El caballero abre la puerta para ella y le cede el paso. Imagino yo por mi cuenta que le dedica una mirada respetuosa y no descarto tampoco que le eche una sonrisa. Según confiesa más adelante nuestro héroe, la reacción de la desconocida le deja perplejo y atónito. Lejos de aceptar la cortesía y dar las gracias con un gesto de los ojos o un movimiento de cabeza, la dama improvisa un escorzo repentino encarándose a Pérez Reverte, de nombre Arturo, para cantarle las cuarenta hecha una sota. Esto no es una galantería, vaya, vaya. Hace falta ser machista … (Arturo Pérez Reverte, “No era una señora” El Semanal, Vocento. 17.07.2016)

Me vino a la memoria la anécdota de la dama y el hombre de mundo mientras leía la opinión de otro señor educado que se preguntaba acongojado si los buenos modales eran cosa del pasado. (Martín Caparrós, “¿Debe un señor dejar pasar primero a una señora?” El País, 7.04.2019). El escritor Martín Caparrós, aparentemente confundido por el comportamiento moderno de las féminas en relación con las atenciones masculinas de cortesía, decide explorar su actitud con el “sexo débil”. Huelga decir que el autor del artículo pertenece a una generación educada en el respeto al prójimo, el trato formal y la galantería. Y al argentino también le extraña esa tácita rebelión femenina que desprecia la gentileza del otro sexo. Entonces decide ponerse a prueba, creyéndose capaz de tratar con la misma cordialidad a las mujeres que a los amigos para ser justo y equitativo. Se repite a sí mismo como un mantra “solo es una prueba”, “solo es una prueba”.

En una situación cotidiana, por ejemplo, al entrar a una cafetería o un bar al amigo no le deja pasar primero ya que es un igual. No hay problema. Con las mujeres tendría que suceder de idéntica manera. Hasta que llega el momento de la verdad: una mujer y él se encuentran frente a una puerta. Le cuesta llevar a cabo su plan. Lo intenta. Al fin, él pasa delante de ella. Y lo mejor viene ahora al reconocer que no le gusta, que se siente mal. La buena educación siempre deja una señal.