Opinión

La sentencia del abuelo

Gabriel, con el bastón, ayuda a caminar su vejez mientras arrastra recuerdos que no reconoce. Con trabajo se quita las medias. Abre la nevera y las pone en la segunda repisa del congelador. Sin piedad, una bocanada de niebla blanca y escarchada golpea los pliegues de su piel.

Hay algo que Gabriel quiere recordar pero no sabe qué. Mira sus manos.

—Se parecen a las de la abuela. ¿Serán de ella? Seguro me las prestó porque no las necesita. Ah cará con la abuela, pero a mí sí que me hacen falta. ¡Tengo que escribir antes de que se me olvide!... ¿qué cosa…? ¿Y el bolígrafo?

Una mariposa amarilla atrapa su atención. La persigue y Gabriel, tratando de agarrarla, tropieza contra el escritorio, es entonces cuando descubre el bolígrafo y sobre hojas blancas escribe: “escritorio”, “cuadro” y “silla”. Luego pega los letreros sobre esos objetos, como en el libro.

—¡Sí!, como en mi libro. Como en Macondo, ¿recuerdas? –dice feliz respondiendo a esa voz que le habla en su cabeza.

Agarra el texto de Cien años de soledad, lo abre y deja en libertad a sus personajes. Aureliano Buendía le lee el periódico y Melquiades le prepara un cafecito recién colado. Pilar Ternera lo ayuda a vestir y le vaticina que tendrá un buen día mientras Pietro Crespi, muy alegre, toca la pianola y canta en italiano.

—Pareces del sistema de orquesta –comenta divertido y añade– Qué me perdone el maestro... ¿cómo es qué se llama?

Remedios, siempre joven y hermosa, levita por la casa mientras dibuja enormes flores amarillas en el techo. Hasta un náufrago que no era parte de esa historia, lleno de llagas y oliendo a mar, se acerca al viejo para darle agua.

—¿Y mi memoria? –pregunta- ¿Dónde está mi memoria?

—Se extravió… pero mamá la está buscando, abuelo –contesta un joven muy flaco que acaba de entrar y a quien se le dibujan los huesos a través de una franela ceñida a su cuerpo. El chico, apartando las moscas, golpea a los personajes que solo el viejo ve y que se desvanecen con el roce, como si de simple aire se tratara.

—Abuelo, hay que irnos. –dice mientras cierra la nevera– No olvide que si llegamos tarde la cola será más larga y aquí, en Venezuela, no comen cuento poniendo a los viejitos a pasar trabajo para cobrar la pensión, aunque esa miseria no alcanza pa’ nada. Por cierto, ¿cuántas veces le he dicho que no pegue letreros por la casa?

—Mijo, es que me da miedo olvidar… aunque hay cosas que es mejor no recordar… ¿no sientes el olor a guayaba?

—¿A guayaba? No. ¡A mango! Y menos mal que estamos en temporada porque eso es lo que vamos a comer todo el día. Agarre sus macundales y vámonos.

—¡Ya va! Tengo que escribir. Yo soy…

—¡Un pobre viejo! A eso lo rebajó este gobierno. Usted, y perdóneme abuelo, es uno de tantos venezolanos que se mató trabajando por un país que hoy le da la espalda. Usted no es García Márquez como cree, y este, aunque parece un pueblo olvidado, no es Macondo. Es Venezuela. Aquí los camiones de la basura sirven para escarbarlos, comer las sobras que hay en ellos y usarlos como ambulancias. Aquí, algunos no recuerdan qué orgullosos y felices éramos los venezolanos y otros olvidaron que la dignidad no se cambia por una caja de comida llena de gorgojos ¡Eso sí es Alzheimer!

—¡Yo no tengo la culpa!

—¡Y no se la estoy echando…! –con dulzura, añade– Abuelito, es que me duele pensar que si ustedes hubieran hecho las cosas distintas, hoy, la historia sería otra… yo sé que no se acuerda abuelo, pero… yo estudio en la Universidad Central de Venezuela…

—Sí, claro que me acuerdo y estoy orgulloso de…

—¿De qué?... No puedo ir porque no hay transporte. No puedo comer porque el comedor no funciona. Algunos profesores nos piden que los ayudemos con comida porque el sueldo no alcanza y créame, es cierto… ¡pero si no tengo ni pa’ mí, cómo les voy a dar algo!

—Pero los adecos y los copeyanos…

—¡Ninguno está! Llevamos veinte años en manos de comunistas y… ya yo no puedo más. ¡Quiero vivir! Quiero trabajar. Que me paguen y que el sueldo me alcance… Quiero libre los domingos para llevarlo al cine y comprarle cotufas, un refresco y una barra de chocolate… quiero comprarle sus medicinas sin que se humille y pase trabajo. Quiero saber también qué se siente reír y ser feliz sin buscar con angustia en qué lugar hay productos regulados. Quiero que mi hijo, cuando lo tenga, coma tres veces al día y que no sea otra criatura que muere por desnutrición, ¡porque eso está pasando, abuelo!... y es que en la Navidad pasada ni el Niño Jesús visitó a los niños de Venezuela…

—Muchacho…

—¡Y no me da la gana de irme de mi país…! Usted, abuelito, está así, con sus recuerdos olvidados, con esa memoria frágil que va y viene, que le hace escuchar voces y a veces le impide reconocerme porque es que no hay dinero que alcance para pagar sus pastillas… Mire, yo lo voy a dejar haciendo la cola para que cobre su pensión, pero el Primero de Mayo le juro que voy a salir a protestar con Venezuela y con Juan Guaidó. ¡Vamos a atiborrar al país con la esperanza de la gente buena!… ¿Ve esta bandera? Es de las viejas. Era suya, la de siete estrellas. Voy a incrustar cada una de ellas en mi alma aunque me parta por dentro y me duela y lo desteñido de su tricolor, lo voy a colorear y a fundir con mis sueños. A todos les voy a recordar que tenemos la obligación y el derecho de luchar para ser felices y no descansaré hasta lograr la libertad –eufórico abraza a su abuelo y añade– ¡Aquí todavía hay futuro abuelo, pero a Venezuela tenemos que quitarle las cadenas!

Por un instante que parece eterno, el abuelo responde con fuerza el abrazo de su nieto y de un impulso lo aparta.

—Recordé lo que tenía que hacer –dice.

En una hoja escribe: Debemos seguir unidos Desde enero sabemos que esta es nuestra última esperanza. ¡Hay que recuperar la dignidad, el respeto por nosotros mismos, la libertad y nuestros sueños…! Hay que rescatar al país, perdonar lo perdonable y exigir justicia por aquello que no tiene perdón.

El abuelo saca las medias de la nevera y durante el breve momento que dura su lucidez, del techo, una esperanzadora lluvia de flores amarillas cae dulcemente sobre sus recuerdos efímeros y fragmentados.

—¡Gabo! –grita una voz en su cabeza- ¡Gabito! –repite la voz con más fuerza.

—¡Yo no soy Gabriel García Márquez y Venezuela tampoco es Macondo! –sentencia citando a su nieto mientras termina de ponerse las medias. Mijo –le dice al muchacho– ¡Vamos a rescatar a Venezuela!

@jortegac15