Opinión

Scheherezada

César Tinoco

Ahora son cuatro las “Scherezadas” que conozco.

La primera es la del relato de las Mil y una noches: el sultán Shahriar es testigo de la traición de su primera esposa. Así herido, y en venganza, decreta que todos los días al atardecer se casará con una mujer virgen, a la cual mandará a decapitar a la mañana siguiente, para reducir así a cero, de manera bárbara y drástica, las probabilidades de una nueva traición.

Ya habían rodado 3.000 cabezas cuando le toca el turno a Scherezada, quien previamente había acordado un plan con su hermana Dunyazad para ponerle fin a estas atrocidades. Scherezada le ruega al sultán despedirse de su hermana y ya en los aposentos reales, Dunyazad le pide a Scherezada un cuento, mismo que se materializará con dos características: captará la atención y el interés del sultán y será tan largo que se prolongará hasta el amanecer. Scherezada le pide al sultán postergar el desenlace hasta la noche siguiente y este la mantiene con vida ante la curiosidad del relato por venir. El caso es que la misma situación se repite durante todas las noches siguientes hasta que Scherezada consolida hábilmente el cambio en el sultán.

Las siguientes dos Scherezadas son dos obras musicales basadas en el relato anteriormente mencionado: la Scherezada del compositor ruso Nicolai Rimsky-Korsakov, con su suite sinfónica compuesta en 1888, y la Scherezada de la banda de rock progresivo inglesa Renaissance con su “Song of Scheherazade”, de su sexto álbum titulado Scheherazade and other stories, que salió a la luz en 1975, con la espectacular voz de Annie Haslam.

La cuarta Scherezada, que por fin pude conocer la semana pasada, es la de Haruki Murakami, un extraordinario relato perteneciente al libro, en realidad una recopilación, traducida al español y editada por Tusquets Editores en 2014, titulada Hombres sin mujeres.

El relato versa sobre un hombre confinado en una casa, Nobutaka Habara, de la que no puede salir y en la que es visitado dos veces por semana por una mujer, Scherezada, de 35 años, casada y con dos hijos, que ha sido contratada para llevarle alimentos –y lo que necesite– y que luego de proveerlo, tiene sexo con él. Tras el sexo, ella le cuenta una historia, misma que siempre interrumpe antes del desenlace porque tiene que marcharse a su casa para hacer la cena.

El caso es que, sin explicitar el por qué, en realidad poco importa la razón por la cual su protagonista vive en confinamiento porque el relato nos atrapa y nos inmoviliza en su presente, Nobutaka Habara vive una vida que ha sido determinada por alguien más, con condiciones impuestas por ese alguien más y no le queda otra alternativa que vivirla de forma totalmente pasiva y sujeto a la misma expectativa e incertidumbre que el sultán Shahriar.

Una de mis reflexiones, luego de leer el cuento, es que así es la vida actual de nosotros los venezolanos, misma que se prolonga a través de un número interminable de amaneceres. Vivimos una vida pasiva determinada por otros: en primer lugar, por los estúpidos que están en el poder, esos que nos perjudican y al mismo tiempo se perjudican ellos mismos, y, en segundo lugar, por los bandidos de la oposición, quienes intentan beneficiarse a costa de aquellos y de nosotros, pero perjudicándonos.

Este relato de Murakami no es ficción ni surrealismo. Tampoco realismo mágico. Ni siquiera realismo onírico. Concluyo que Scherezada, de Haruki Murakami, es pura y despiadada realidad.

c.e.tinoco.g@gmail.com