Opinión

Santiago: Poesía sin fin

Invitado

Cristián Warnken

Vengo saliendo de una sala estrecha de cine donde acabo de ver "Poesía sin fin", la última película de Alejandro Jodorowsky. Salgo a la Alameda, es de noche y me parece que la ciudad es otra, iluminada ante mis ojos de oscuro ciudadano por un mito propio. No es la metrópolis agobiante de la que los santiaguinos se quejan a diario, ni forma parte de las ciudades sin mito, esa categoría acuñada por André Breton. No. Santiago tiene un tremendo mito, sumergido en sus calles más olvidadas (Matucana, San Diego), esperando ser develado y revivido. Es lo que hace el psicomago, director de cine y terapeuta con esta ciudad: la sana de su profunda neurosis colectiva, de su anestesiamiento general, le saca su máscara y le devuelve su verdadero rostro, y ese rostro es el de la poesía.

No hay otro domicilio posible para Santiago que no sea el de la poesía sin fin, la de esa energía desbordante e imaginativa, esa manera embriagada de vivir la realidad que se apoderó de Santiago en la década del 50. Y Jodorowsky, hijo de comerciantes judíos de Tocopilla, fue el testigo, el que logró escapar del naufragio de este tiempo poético y etílico para contárnoslo. "Me salvé para contarlo", puede decirnos Jodorowsky, como Ismael al final de Moby Dick, la novela de Melville.

Jodorowsky estaba consciente de que la intensidad creativa también puede llevar a la autodestrucción (el sino de tantos poetas y artistas) y por eso le recuerda, en una escena de la película, a Enrique Lihn, su compañero de ruta, que "la poesía es un acto". Y habría que agregar: un "acto sanador". Lihn y Jodorowski realizan un acto poético que consiste en cruzar Santiago en línea recta sin que ningún obstáculo los detenga: cruzan los patios, saltan los muros, caminan sobre un camión y sobre la cama de una sorprendida dueña de casa, porque ese es el destino de los verdaderos poetas: caminar hacia el horizonte sin que los límites de la estrecha realidad se lo impidan. Son herederos de Kirilov, el atormentado personaje de los "Demonios" de Dostoievski, que dijo: "Toda mi vida he soñado que las palabras se conviertan en actos".

La alquimia de convertir la realidad en poesía es lograda de manera desopilante en Poesía sin límites. Baudelaire le dijo a París: "Me diste el barro, lo convertí en oro". Jodorowsky hace lo mismo con un Santiago de barrios pobres y grises que se transforma en una ciudad donde nuestros deseos y miedos más ocultos se desbordan y caminan por las calles, una ciudad donde ángeles y demonios y nuestros enanos y gigantes interiores se corporizan y danzan la "danza de la realidad". Y ese milagro solo lo puede hacer un artista con la libertad de Jodorowsky, que no teme fracasar ni quedar en ridículo al desnudar su ego, pero también su conciencia, sin filtros ni cálculos.

Jodorowsky se fue de Chile para no ser devorado por el "peso de la noche" ni ninguneado por el "pago de Chile". Pero nunca olvidaría a los personajes de las noches santiaguinas de los 50, sobre todo a Lihn, su otro yo que nunca salió del "horroroso Chile". Lihn es la lucidez y la sospecha; Jodorowsky es la fe en la poesía. Cómo olvidar a Stella Díaz Varin, la poeta y desafiante Musa, con su pelo encendido, en el que un joven y tímido Jodorowsky encuentra la iniciación a la poesía y el erotismo. ¿Fue verdad o lo soñó? ¿Y qué importa? Las ciudades, para vivirlas, hay que refundarlas desde la imaginación y el deseo. Y esa es la invitación que nos hace la película: a quemar las naves, a vivir la vida como una aventura y no como un guion. Santiago: ¿capital financiera de América del Sur? ¡Pamplinas! Santiago, capital del amour fou  (el "amor loco" de los surrealistas). Ahí están los muchachos del 50 (Lihn, el chico Molina, Giaconi, Lafourcade y tantos otros) esperándonos para que vayamos a tomar un trago al Café Iris -que ya no existe- y recibir el amanecer con este brindis de Pablo de Rokha: "¡Amigos enloquecidos, adiós, hasta la hora soberbia de los esqueletos!"