Opinión

Un salto pequeño

Héctor Concari

La opinión de

La carrera espacial fue la hija legítima de los años sesenta, lo cual equivale a decir que su padre fue el idealismo de la administración Kennedy, y su madre la guerra fría. La misma década tendría de distintos progenitores otros hijos ilegítimos y no tan presentables para el establishment como Vietnam, el movimiento contra ella, los hippies y las sucesivas rupturas culturales, pero esa es otra historia. Si la década del cincuenta había consolidado el bienestar social, era lógico que, en el marco de las posibilidades infinitas que se habían abierto, el espacio fuera la próxima frontera. El hecho es que los sesenta se iniciaron con un presidente católico, liberal y juvenil que, entre otras cosas, proponía la conquista del espacio, una manera elegante de demostrar la superioridad americana frente al gigante ruso y un desafío a la imaginación. Un viaje del capitalismo hacia el espacio. En el camino, Kennedy fue asesinado, un conflicto local en el sudeste asiático escaló insensatamente y lo único que quedó del inicial vuelo imaginativo fue la carrera por llegar primero a la Luna.

Un libro aguerrido, del inefable Tom Wolfe, llamado The Right Stuff, título intraducible que aludía a la madera especial que hay que tener para lanzarse al espacio, dio cuenta de las etapas iniciales de la carrera, cubriendo básicamente el proyecto Gemini. Una película homónima, que capturaba el nervio del libro, vio la luz en 1983 dirigida por Philip Kaufman (era, recordémoslo, el comienzo de la era Reagan y la reconquista de la dignidad americana pisoteada en Vietnam y Watergate). El paralelismo con la política es importante cuando se habla del espacio o del cine, porque ambos, a su manera, son receptáculos del imaginario social; los dos se tutean con lo que todavía no es, o con lo que podría ser, o con lo que nunca será, pero en todo caso no se puede hablar de la conquista del espacio o del cine sin apelar al ingrediente de lo imaginable.

En 1969 la mesa estaba servida para coronar la primera gran etapa: llegar a la Luna. El proyecto Apolo (dios griego, criado con néctar y ambrosía y maestro del arco y la flecha) retomaba el camino ahí donde terminaba Gemini. El resto se sabe, terminó bien, aunque algunos amigos de las teorías conspirativas sostengan que todo ocurrió no en la Luna, sino en Hollywood. Por algún motivo, la saga de Armstrong y sus compinches, Aldrin y Collins no había llegado a la pantalla. Lo hace ahora de la mano del consagrado Damien Chazelle, que encandiló a la industria con un revival del musical en La La Land. La película plantea desde el libreto una doble cruzada. Por un lado, hurgar en la personalidad de quienes son capaces de arriesgar la vida por llegar un poco más allá; por el otro, dar cuenta de los pasos técnicos que llevaron al hombre a la Luna. Dejando en claro que ese primer hombre era, además, americano. La guerra fría terminó hace rato, así que no hay nada competitivo en el movimiento. Es solo un “for the record”.

Esto trae al menos dos problemas. Uno, el principal, es que Neil Armstrong era un tipo decididamente aburrido, al que era difícil arrancarle alguna palabra, mucho menos un sentimiento, dado que prefería lamerse sus heridas en una soledad que llegaba a ser arisca para sus amigos y su esposa. Sin duda, su inconsciente debía ser tan tormentoso como el de cualquier ser humano confrontado con su historia, sus fobias y sus filias y, sin duda, la trágica pérdida de su hijita. Pero Armstrong capeaba todos esos huracanes, calculando vectores y garabateando posibles trayectorias aéreas, tareas estas, como es fácil adivinar, muy poco cinematográficas. La otra vertiente, la histórica, es acaso mucho más rica (como lo demostró la mencionada The Right Stuff), porque en ella confluyen la geopolítica, el escepticismo del congreso, la lucha por la nueva frontera y la aventura en sí. Lamentablemente, nada de esto se encuentra en la crónica de este primer hombre. La película prefiere sobrevolar todos estos conflictos sin mayor interés, con algunos picos dramáticos como la muerte de los tres astronautas en un incendio que, sin embargo, no retrasó mayormente la marcha de la misión. No hay nada malo en la cinta, salvo precisamente eso. La imaginación visual y narrativa de la cual hacía gala Chazelle en La La Land, se disuelve en la cara inexpresiva de Armstrong y en la historia factual, por demás conocida, del proyecto Apolo. Conclusión: el hombre llegó a la Luna, un periplo sin duda emocionante. Decepciona mucho que su relato sea tan aburrido.

El primer hombre en la Luna (First Man). USA. 2018. Director: Damien Chazelle. Con Ryan Gosling, Claire Foy, Kyle Chandler.