Opinión

Salarios de hambre y penuria

A mi teléfono ya no llegan mensajes conminándome a presentarme en los centros de votación ni a nada. El último hace algunos meses me invitaba a registrarme en un censo de algún comité local de abastecimiento y producción, pero no lo hice y ahí se terminaron los mensajitos. Un viernes en la noche, cuando recordaba las bondades de la democracia, la libertad y del capitalismo, cuando uno podía ir al cine, cenar y tomarse unos tragos sin descoyuntar el presupuesto familiar ni estropear los planes vacacionales, me sorprendió un anuncio de que con la misión monedero contaba con 4,2 millones de bolívares para los gastos menudos, me imagino que el transporte, la empanada y el café cotidiano. No me alegré, apenas acusé el error.

Mis cuentas siguen escuálidas y mis deudas buchonas. La pensión y el bono de guerra no alcanzan para un cartón de huevos, que serían de gallina y no de pata, más baratos y nutritivos. Mi capacidad de endeudamiento está en cero y no creo que haciendo tortas, pastelitos andinos o almojábanas compensaría la falta de ingresos sustanciales, urgentes. Primero, no hay materia prima –harina, azúcar, aceite–; y después, algo sustancial, carezco de esos dones y saberes. En estos tiempos de celulares, videos y celestinas digitales tampoco se puede vivir de escribir cartas de amor para uso y beneficio de analfabetas funcionales como hacía Orlando Araujo en Trujillo, que cobraba una locha por carta y ganaba para el helado y el cine del domingo.

En las penurias del socialismo lo único barato es la fuerza de trabajo, todo lo contrario de lo que pregonaban Marx y Engels, pero que Lenin descuartizó cuando descubrió que al Estado le salía más barato tener esclavos que ciudadanos. No se asombre. Los derechos humanos nunca fueron preocupación de los marxistas, mucho menos de los comunistas, de ahí la facilidad con la que hablan de la eliminación de la burguesía y la prontitud con la que procedieron a pasar por las armas al zar Nicolás y a su familia, además del uso descarado del terrorismo: el fin justifica los medios.

Los venezolanos, siempre incrédulos y siempre confiados en su buena suerte, la inmensa fortuna petrolera es fruto del azar no del trabajo, también han descubierto que los ceros valen tanto a la izquierda como a la derecha, que el valor de un billete es inversamente proporcional a los ceros que tenga. Mientras más ceros tenga, menos compra. En las canciones de Alí Primera, que no ahogaba sus penas en miche ni en cocuy de procedencia desconocida sino en escocés, se quejaban de que los niños eran millonarios de lombrices, pero ahora están tan jodidos que ni lombrices tienen. Freddy Bernal se mudó bien temprano de la calle Stadium de Alta Vista, Catia, a su mansión en El Paraíso y tiene una fortificación en el municipio Independencia, donde no cría chivos ni conejos, fo, sino caballos árabes. Me lo dijo Tascón.

Persiste la idea de que la camarilla gobernante –esos que exhiben zapatos de 878 dólares, relojes de 18.000 y aviones privados, no hacen cola por el pan y tienen la asistencia médica garantizada– pretende que Venezuela sea como Cuba. Ilusiones. Su intención no va más allá del saqueo, repiten lo que hacen los cubanos aquí, expoliar. Cuando no quede nada, se van a otro sitio y nos dejan en cero, lo único que multiplican hasta el infinito y más allá.

En la teoría de Marx, los patronos se aprovechan de la plusvalía de los trabajadores y les hacen trampas en el cálculo del salario, siempre por debajo de sus necesidades y de lo que produce. Aquí se dijo que la ventaja del socialismo del siglo XXI era que calculaba con exactitud el valor de uso y el valor de cambio, y que los obreros cobrarían no solo de acuerdo con sus necesidades sino también de sus capacidades su producción. Falso. Las empresas expropiadas, como la torrefactora Fama de América, mantuvo su cálculo salarial capitalista y quien reclamó fue despedido y sometido al escarnio público. Ahora apuestan por que suba el dólar para tener más bolívares que repartir. Vendo caja clap, sin mayúsculas, sin capital y sin ceros, vacía está.