Desde hace varias semanas Venezuela ha estado sumergida en una constante ola de rumores, que no es de extrañar que en su mayoría los haya puesto a rodar el mismo régimen. En una suerte de huida hacia adelante.

Sabe que está mal y se encarga de vociferarlo para crear en el ambiente una especie de salida que difícilmente se dé de esa manera. ¿Quién ha dicho que las asonadas militares se anuncian? ¡Se dan y punto!

En lo particular no veo que algo de eso ocurra en Venezuela. Al menos por ahora. Y si llegara a ocurrir no crean que es por razones ideológicas o porque hay sectores decididos a defender el “legado” de Hugo Rafael, porque son institucionales o por el supremo interés de restituir el hilo constitucional. Nada de eso. Esa supuesta asonada, en caso de materializarse, sería por razones estrictamente socioeconómicas. No busquen en los ideales de Bolívar las causas de un eventual alzamiento.

Sufrimiento general

Nadie debe dudar de que hay malestar en todos los sectores. Sean civiles o militares, laicos o religiosos, creyentes o no creyentes.

¿O es que acaso millones de venezolanos no sufrimos por la hipercrisis que afecta a nuestro país? Nadie, absolutamente nadie, escapa de los gravísimos problemas que han convertido a Venezuela en una base de despegue hacia otras latitudes.

Es impresionante la cantidad de familiares, amigos o conocidos con los que uno se encuentra estudiando su árbol genealógico para averiguar su origen y de ese modo poder determinar si pueden aplicar para obtener otra nacionalidad y ser acreedores de un pasaporte que les dé el plácet europeo, o de otra parte del mundo donde exista seguridad social y los traten como ciudadanos. Sorprenden los hallazgos de nacionalidades con las que nos hemos topado. Personas que pensábamos que eran criollitas, ahora resulta que son lituanas, españolas, italianas o portuguesas. He visto por montones (por cierto yo tengo derecho a la nacionalidad libanesa, avisa’o).

Ricos y pobres, profesionales y sin estudios, viejos y jóvenes y, ahora, “chavistas” y opositores, esperan con ansiedad el día de la cita para que alguna embajada les dé la visa o, en otros casos, reúnan los churupitos para comprar el pasaje.

¿Irse o quedarse?

La decisión de emigrar ya la tomaron, no solo los millones que se fueron sino otros millones de los que están aquí: ¡nos vamos de este infierno! Muchos han tenido la buenaventura de ser exitosos y se dedican a sus carreras profesionales o a los mismos quehaceres u ocupaciones comerciales que realizaban acá. Pero otros, prefieren emigrar para lavar pocetas con dignidad en el imperio, o vender chucherías en las calles de cualquier país suramericano, antes que seguir calándose las colas para encontrar efectivo o comprar un paquete de harina pan, pasta o un litro de aceite “a precio justo”. Saben que de continuar las cosas como van, cada día nos empobreceremos más, hasta llegar, sin exageración, a la más extrema de las indigencias. Esto es, comer lo que el régimen nos lance desde un camión y curarnos de las enfermedades con “jornadas de curación” cuando así lo disponga la sala situacional “epidemiológica” que quién sabe por cuál camarada estará dirigida.

De todas maneras, debo decir, que quedarse o emigrar son decisiones sumamente difíciles. Quedarse significa estar resuelto a dos cosas: a luchar para salir del régimen y a construir un país de oportunidades asumiendo los riesgos que sean necesarios o, resignarse a vivir en el oprobio.

Emigrar es viajar hacia lo desconocido que les aseguro es un viaje tan turbulento y riesgoso como quedarse para luchar. En todo caso, respeto al que se queda para luchar como al que emigra en búsqueda de un futuro mejor, porque ese que se queda luchará para que el que se fue regrese pronto y, el que se va, soñará con regresar algún día. ¡Venezuela, qué te han hecho, por Dios!

Conspiraciones y liberaciones

Por varias vías me han hecho llegar que me quieren involucrar en un supuesto alzamiento militar. ¡Vaya ocurrencia! Miren que a mí me han involucrado en diversos asuntos, pero de allí a participar en insurrecciones militares, habría que ser demasiado ocurrente para generar esa matriz de opinión. Pero sabiendo la forma como actúa el régimen, no me extrañaría que ese invento puedan exhibirlo. Exhibieron como trofeo a Joshua Holt, el enigmático espía de la CIA a quien mantuvieron en El Helicoide desde 2016, y hace apenas una semana lo vimos por las redes a propósito de los acontecimientos en la sede central del Sebin implorando libertad porque temía por su vida y advertía que había intenciones desde adentro de que con su sangre llenaran las paredes de la cárcel; pero en contraste con esas dramáticas denuncias del mormón detenido y por razones poco menos que incomprensibles, este fin de semana aparece posando muy sonriente junto a uno de los gobernadores más cercanos a Nicolás Maduro. ¡Vaya acertijo!

Lo cierto es que, ya hemos visto cómo el régimen no solo es capaz de asesinar a través de una represión desmedida y operaciones similares a la que terminó con la vida de Oscar Pérez y sus acompañantes, sino que al parecer, también le encanta jugar con los presos políticos como fichas de carne y hueso para intercambiar a conveniencia. ¿Qué paso? ¿Dónde quedó aquello de que en Venezuela no hay presos políticos sino políticos presos? Lo cierto es que cada día se comportan de forma más desvergonzada y sin guardar las apariencias, lo que me hace presumir, que parte de su objetivo actual es mostrarse tal como son, sin importar el repudio que eso les genere –que ya es bastante– porque su mayor fin es infundir terror en la población, lo que sin duda es un penoso espectáculo, pero sobre todas las cosas, una gran advertencia: estas son las horas en que el régimen es más peligroso que nunca y es capaz de cualquier tropelía –especialmente después de la cantidad de países que desconoce el evento del pasado 20M. Prudencia ante todo, mis queridos lectores.


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