Opinión

A ritmo de tango

I

El tango inunda los sentidos, pone un peso en el corazón. El tango es un lamento que retumba en las paredes de la memoria. El tango es aquel disco de acetato guardado en la biblioteca de la casa que salía los sábados por la tarde a cantar las nostalgias de una tierra que nunca fue olvidada.

Por las mañanas, el programa en el que analizaban los caballos que competirían ese fin de semana. Sellar los cuadros del 5 y 6. No podía ser molestado, nadie podía distraerlo, era una ciencia que ocupaba toda su concentración. Pero después del almuerzo, la aguja del tocadisco rascaba los surcos del acetato con el mismo ritmo que un bandoneón llorando a mitad de la noche.

Mi papá era barítono, dirían los entendidos. O por lo menos así sonaba su voz cantando las de Gardel, su ídolo. Recordaba así los años que vivió en el sur, cuando no hacía otra cosa que trabajar en el hospital de niños de Montevideo para graduarse con honores de pediatra. Esa cadencia tanguera le quedó sembrada en el corazón. Pero a pesar del cariño que indudablemente sentía por su cultura y su gente, cuando terminó sus estudios no dudó en regresar a curar a los niños de su país.

Eso no impidió que todo lo bailara a ritmo de tango, hasta la salsa más brava. Que en su casa se bebiera mate en las tardes lluviosas y que adorara los asados de los domingos.

II

De niña fui con mi papá al estreno de la obra de José Ignacio Cabrujas El día que me quieras. Mi papá era un hombre de ciencia que disfrutaba de las manifestaciones culturales, así como la música clásica, el tango y los boleros, la buena lectura, los buenos artistas plásticos y géneros como el teatro, aunque solía ir poco. Pero esta obra esa sobre Gardel, no faltaba más.

Me sé todas las canciones. Disfruto del tango y disfruté aquella vez la pieza el maestro Cabrujas pero no en toda su significación. “¿Y ‘El día que me quieras’?”, preguntaba Tania Sarabia jovencita, la Matilde de la época. Hasta que más tarde, ya en la universidad, la leí. Y este sábado, gracias a la Alcaldía de Baruta, la vi en escena otra vez.

Cómo iba a entender de niña aquella discusión sabrosa entre María Luisa y Pío sobre el comunismo y los comunistas. Cómo entender que este personaje peleaba contra una dictadura. Pero esta vez la caja de resonancia era diferente. Un régimen que se dice comunista, admirador de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, hace estragos en el país querido de mi padre.

Y entonces Héctor Manrique se desgañita gritando las alabanzas a un Stalin que muchos por estos lados del planeta reconocían como ídolo y no como el asesino que fue. El excelente actor sabe la carga que lleva por dentro, y la transmite, porque somos víctimas de un error de la historia parecido a los soviéticos, y no hay manera de ocultarlo.

Sin duda que Cabrujas, sus diálogos, sus palabras, son siempre una reflexión que deja huellas.

III

Menos mal que mi padre no vio este desastre. Socialdemócrata de carnet en la cartera, ejerció la militancia a través de la solidaridad social, no tengo dudas de eso. Pero para mi padre Venezuela hubiera sido motivo de una profunda tristeza.

Como la que sentí yo cuando llegué a su tumba en el Cementerio del Este. Reconozco el terreno, sé que sus restos están allí, pero aunque hice la denuncia en diciembre de 2018, no hay nada que marque que allí están los huesos de mi padre.

Sí, somos víctimas todos del hampa que ni las sepulturas se salvan. Pero ¿por qué nos acostumbramos a no cumplir con nuestras responsabilidades como empresas? ¿Eso no es también faltar a la norma? ¿Y el que falta a la norma, a la palabra, cómo se llama?

Me prometieron que en enero estaría solucionado, pero la lápida de José Rafael Matute no existe. No existe ni el número que identifique el lote, aunque es una propiedad privada.

Pobre país, papá. Pareciera que de nada sirvió que salvaras a tantos niños de las garras de la muerte. Venezuela duele infinitamente más que un tango.

Como diría el embajador de Argentina al finalizar la obra en la Concha Acústica de Bello Monte el sábado: No hay que practicar la indiferencia, “para que en Venezuela no haya más pena ni olvido”.