Opinión

Fe revolucionaria

En el dial todavía queda una que otra emisora de radio de las subvencionadas por el gobierno, semioficiales o indocumentadas que no se dedican a poner salsa o los lloriqueos de Silvio Rodríguez y esporádicamente reproducen discursos, regaños y lecciones del teniente coronel Hugo Chávez. El jueves le escuché su versión de la crítica y la autocrítica. Se refería a la importancia de que fueran los revolucionarios los que hicieran la crítica de lo que se hacía mal, que no había que permitir que fuese el enemigo el que criticara porque siempre era con la intención de derrocar al gobierno. Uf.

En veinte años de colonialismo revolucionario cubano ninguno de los afectos al proceso, sea cual fuese su formación ideológica, su experiencia revolucionaria y su conocimiento de la historia, muchos menos esos que llaman intelectuales o –exageradamente, claro– inteligentzia, ninguno admitió que en Venezuela se aplicaba un modelo estalinista por mampuesto; tercerizado por el régimen implantado en La Habana.

Fueron pocos los jefes del proceso que no viajaron a la isla en los primeros momentos a recibir entrenamiento, capacitación y formación “ideológica”. Los cubanos repitieron con los venezolanos lo que los soviéticos le hicieron a ellos. Los convencieron de que solo ellos sabían los secretos del gobierno y cómo se hace una “revolución proletaria”, que ellos sí se habían leído a Marx, lo entendían e interpretaban a plenitud. ¿Tontos o avispados?

En España antes, durante y después de la guerra civil que comenzó en julio de 1936 el estalinismo tuvo mucho que ver con el sufrimiento de los españoles, de la mala gestión y de los peores resultados, pero no solo por las directrices que  venían del Kremlin, sino la fe ciega del PCE en los camaradas de Moscú. Pese a las abiertas marramuncias, a que las armas que llegaban no servían y a que se llevaron el oro de la República con la misma facilidad con la que el corsario Giovanni Bianchi robó a los caraqueños que emigraron a oriente en 1814 para escapar de Boves, muchos camaradas de la península todavía no se han dado cuenta del engaño o son parte activa de la coña.

Esta semana el video de un españolito manganzón, con toda la pinta y el aspecto de ser un señorito, esos de cortadito a las 6:00 de la tarde y marcha a partir de las 11:00 de la noche, se hizo viral. Aparecía el susodicho con su exagerado ceceo diciéndonos cual gilipolla los felices que somos los venezolanos siendo ejemplo revolucionario para el mundo, el mismo discurso que hace más de siete décadas repetían alrededor del mundo los bien pagados delegados del Komintern a camaradas, compañeros de viaje y demás tontos útiles. Lo grave no es la repetición del bolo tantos años después, cuando ni la Unión Soviética existe, sino que escuchando al gilipollas y aplaudiéndolo aparece una buena cantidad de militares venezolanos –clases, soldados y oficiales en uniforme, a contravía de la letra y espíritu de la Constitución.

En el tercer milenio, cuando las ideologías son cadáveres insepultos y permanecen como consignas vacías y negocios a tras puertas, valdría la pena conocer testimonios como los de Juan Hernández Tomás, fundador del PCE y ministro de Educación de la Segunda República, que en 1951, antes de la muerte de Stalin y de las revelaciones de Nikita Kruschev en su discurso secreto de 1956, desenmascaró cuán estúpidos habían sido los comunistas españoles al prestar más atención a la fe revolucionaria que a la razón, aunque veían el enorme abismo que había entre las palabras y los hechos que dirigían a la Unión Soviética.

Cuba es un vergonzoso y enorme ejemplo de un pensamiento equivocado que fue utilizado por una camarilla para enriquecerse a costa del pueblo que decía reivindicar y defender. En Venezuela no es distinto, pero con derivaciones de pranato y falleciente subsidio petrolero; sin actos heroicos, pero con traiciones peores que las de Puerto Cabello antes de ser república y actos crueles y abyectos que nos avergonzarán para siempre. Permuto estampita del Che por arco minero y faja bituminosa.