Opinión

Retazos (III)

Todo indica que en la fecha de publicación de este escrito conoceremos a plenitud las resultas del plebiscito celebrado el domingo. La voluntad popular que seguramente será expresada no amerita ninguna interpretación subsidiaria: los venezolanos no queremos la continuación del avasallamiento reiterado de la Constitución Nacional con la única intención de mantener en el poder indefinidamente a las actuales autoridades. Una mínima dosis de sentido común nos faculta para llegar a esta conclusión.

Todo indica también que el gobierno nacional –contra viento y marea– persistirá con la marcada obcecación acostumbrada que en 14 días se realice la elección constituyente. Poco les ha importado las reticencias nacionales e internacionales generadas. De igual manera, con método inaudito propio de manirroto empedernido, intentan la compra grotesca de consciencias, mediante el pago –“contante y sonante”– realizado a través de diversas tarjetas bancarias existentes… ¡Ellos se “están jugando a Rosalinda”! De allí no los sacará nadie. Las delicias del poder, generadoras de nuevas y escandalosas riquezas y de prebendas a granel, ha llegado a su lógico e inevitable final. Así lo pauta la historia con machacante asiduidad. Algunos procesos nacen, se despliegan y llegan al término vital de igual manera que la vida humana. La duración de los mismos varía de acuerdo a factores puntuales… ¡Nada es eterno!

La duración de la “robolución feíta” solo llegó a casi dos décadas. Sin embargo, Maduro y su combo no aceptarán la derrota de buenas maneras. Por lo contrario; se vislumbra con “nitidez oscura” que propiciarán la utilización a destajo del perverso lubricante utilizado en la mayoría de los cambios sociales: El derramamiento ominoso de sangre. El aserto no es producto de mente febril. Se fundamenta en la declaración presidencial vertida hace apenas pocos días, en el sentido de su disposición de utilizar las armas para la consolidación del régimen. El eco de esta temeraria e irresponsable admonición pudimos constatarla a través de las declaraciones emitidas por los dos milicos gobernadores del Zulia y del Táchira; en el sentido de que implementarán la dialéctica de los fusiles para seguir mangoneando. De manera similar se expresó el hermano mayor del muerto; quien es –indudablemente– el único causante de nuestras desdichas y pesares. Es decir, a todo evento, utilizarán de manera espuria las resultas de la próxima elección. Aunque esta –de realizarse– sabemos con plena convicción que no representará más de 10% del padrón electoral venezolano. De ser así, revestirá un carácter de ilegitimidad incuestionable.

Por todo lo anterior me ha causado estupor la propuesta presentada por un respetable conglomerado de compatriotas donde plantean la instrumentación de un nuevo diálogo con la finalidad de iniciar el repetido proceso de negociación política con la ayuda de mediadores o facilitadores. De igual manera proponen la redacción de un acuerdo nacional amplio con todos los factores que conforman la sociedad civil organizada donde se señalen las formas y los modos de implementar el necesario proceso de transición. Si viviéramos en un normal proceso republicano, yo suscribiría el texto sin modificarle una coma. Pero, desgraciadamente, no es así. Entre los firmantes aparecen personas que han realizado un diagnóstico serio y preciso de la crisis nacional y de las formas de superarla. Por ello no le encuentro ninguna explicación coherente a la intención y funcionalidad del planteamiento. Ellos saben perfectamente que para la aplicación de los medios pacíficos destinados a resolver la prolongada y multifacética controversia que nos oprime y nos acogota –negociación política– es condición sine qua non que las partes interesadas deben estar realmente dispuestas a llegar a un acuerdo necesario y viable. Maduro no solamente se opone al acuerdo que “regularice la guerra” ya iniciada, (por el centenar de víctimas ocasionadas) mediante la única opción lógica y democrática –elección presidencial de inmediato–, sino que, por lo contrario, propicia y reitera lo cruento como única opción para dirimir la disputa.

Para mayor abundamiento veamos las formas y los modos anunciados e implementados para consolidar el continuismo, los candidatos a constituyentistas han manifestado una interminable cadena de insólitas proposiciones. A un candidato del sector pesquero se ocurre plantear que en el nuevo texto se incorpore una disposición expresa donde se señale que todos los pescadores de guabinas deben mojarse las nalgas para ejecutar debidamente la faena. A otro candidato se le ocurre asentar en la novísima carta magna en ciernes que en las cestas de los Clap se incluyan los desodorantes para evitar los ofensivos malos olores o “violines”… Y así sucesivamente. A este paso, la nueva constitución tendrá más de 3.000 artículos; lo que haría palidecer de envidia a los creadores del Código de Hammurabi. Estas desaguisadas propuestas gozan del alcahuete –por demagógico– visto bueno otorgado por el mofletudo constitucionalista mayor y de los burócratas desincorporados de la nómina oficial que amamanta el erario público; quienes fungen como aspirantes y se rotan pasmosamente en la diversidad de cargos oficiales. Para un estudiante de Derecho constitucional de primer año de carrera tal locura es manifiesta. Contradice la base teórica de lo que debe ser cualquier constitución. Los maduristas pretenden codificar en un solo texto toda la normativa legal y hacerla un pasticho indigerible. Excluyendo tácitamente la necesidad de que existan leyes y reglamentos para facilitar la convivencia ciudadana; en virtud de que la constitución madurista será una especie del nuevo y redivivo Libro Gordo de Petete.

Lo que en mi criterio sí se debe rescatar del documento publicado es la imperiosa necesidad de implementar un pacto o acuerdo político cimentado con la mayor amplitud posible. Con la intención de hacer viable el proceso de transición surgido con el nuevo gobierno que de manera ineluctable sobrevendrá. Las necesarias medidas económicas, sociales y políticas para reorientar el rumbo republicano vilmente extraviado haciendo eficaz al Estado como auténtico generador de bienestar y paz social. Incluso, señalar expresamente, la manera de escoger al responsable y al equipo encargado de implementar todas las medidas pertinentes y el tiempo de duración del mandato respectivo.

Pareciera que el lunes 31 de julio nuevamente los venezolanos nos encontraremos con la recurrente cruda realidad. El periplo del debido contraste se inicia este lunes. En catorce días, si efectivamente se produce la elección dizque constituyente, la misma reflejará un escuálido universo electoral representativo que no excederá –a duras penas– de alrededor de 10% del padrón electoral. En consecuencia será ineluctablemente (es necesario repetirlo hasta el cansancio) un producto ilegítimo y cualesquiera decisiones que ese írrito cuerpo asuma –prevalido de la fuerza bruta– los hace susceptibles de nulidad absoluta.

Así las cosas los integrantes de la Fuerza Armada Nacional –como un todo– no podrán seguir evadiendo su responsabilidad histórica. Tropezarán con el dilema ya impostergable de asumir enérgicamente la correspondiente decisión de apoyar la constitucionalidad con el apoyo mayoritario de los venezolanos y de su ciudadanía. O constituirse –sin medias tintas– como verdugos indignos para cimentar con tropelías la continuación de la tiranía.

cheye@cantv.net