Opinión

Rest in peace, Mr. President

La semana pasada falleció George Herbert Walker Bush, 41 presidente de los Estados Unidos entre 1989-1993, conocido cariñosamente como “Bush padre” para diferenciarlo de su hijo George Walker Bush, quien ejerció como el presidente 43 desde 2001-2009, aunque mucho menos impactante.

Fue un dirigente especial en la tradición de grandes presidentes estadounidenses. Protagonista, por ejemplo, del trascendental proceso de transformación de la corrompida Unión Soviética, el más espectacular fracaso comunista entre los que ha tenido en el mundo la doctrina opresiva y limitante que se sacó de la siempre sucia manga Karl Marx que pensaba mucho y trabajaba poco, como financió su patrocinador el industrial y millonario Friedrich Engels –con su fortuna, viviendo cómodo y seguro en Londres, cualquiera puede darse el lujo de ser marxista de la boca para afuera y sin calarse El capital pesado en extensión y peso físico del libro; hasta los conceptos de Mao en la lejana China ahora, qué curiosidad, un país capitalista gobernado por una cúpula comunista que promueve el imperialismo económico en el mundo, para más detalle pregúntenle a cualquier chavista gobernante que tengan a la mano, todos saben dónde viven pero ni siquiera los vecinos pueden entrar.

Nació el 12 de junio 1924 en la ciudad de Milton, estado de Massachusetts. Educado en Yale, se ofreció como voluntario para servir en la Armada, se entrenó como aviador naval antes de ser asignado a tareas en el Pacífico. Fue testigo de la acción contra de los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. Su avión fue derribado en septiembre 1944, durante un bombardeo de incursión y Bush, único sobreviviente de su equipo, quedó a la deriva en una balsa salvavidas, antes de ser rescatado por un submarino estadounidense.

Héroe en la II Guerra Mundial, de verdad, de los que combatieron y se jugaron la vida, no un simple oficial de latonería. Después se hizo millonario en la industria petrolera, no robándose la compañía sino gerenciándola con destreza y honestidad, no como ciertos militares y enchufados que en Venezuela solo han logrado destruir la que llegó a ser una de las mayores y más productivas del mundo, hoy una ruina y vergüenza.

Nadie lo nombró heredero, conquistó la Presidencia con esfuerzo y talento propio, trabajo y sudó su ascenso a la Casa Blanca. Su inicio fue, como presidente de una rama local del Partido Republicano, derrotado dos veces en su intención de ser senador por el estado de Texas, se postuló con éxito a la Cámara de Representantes, la cual ejerció por dos periodos.

El presidente Richard Nixon lo nombró embajador de Estados Unidos ante Naciones Unidas en 1971 y presidente del Partido Republicano después. Luego se fue a Pekín como jefe de la nueva misión en China. A continuación, el presidente Gerald Ford lo designó director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). En 1978 hace campaña por la nominación republicana, derrotado internamente por Ronald Reagan, quien le pide acompañarlo como vicepresidente, cargo que ejerce durante ocho años, para finalmente en el año 1988 convertirse en el 41 presidente, siendo el primer vicepresidente elegido para presidente desde que Martin Van Buren hizo lo propio en 1836.

Se ganó el respeto y consideración de estadounidenses y extranjeros, se codeó dignamente con mandatarios del mundo, incluyendo los más poderosos que se derrumbaron por las estupideces comunistas.

Su mandato fue definido por la política exterior en un momento en que se derrumbaba el comunismo, el fin de la Guerra Fría y disolución de la Unión Soviética. Fue una época de cambios trascendentales que vio la caída de la Cortina de Acero y el colapso del imperio soviético en una montaña rusa de acontecimientos históricos observados desde lejos, pero no creados por Estados Unidos. Lo único que le quedó fue ponerse al día, organizando cumbres con su homólogo soviético Mijaíl Gorbachov.

La verdadera prueba llegó en agosto de 1990, con la invasión iraquí a Kuwait. Actuó con rapidez construyendo una coalición internacional para poner fin a la ocupación de Saddam Hussein y establecer un punto de apoyo militar en Arabia Saudita, un dividendo estratégico valioso.

Ha muerto George H. W. Bush meses después de su popular esposa, Bárbara, con quien estuvo casado 70 años, criando y educando una familia amplia y feliz. Ha desaparecido físicamente quien fue un presidente digno, estimable y decoroso, mientras en tantos países los presidentes y sus políticos dan vergüenza. Porque en Estados Unidos quienes cometen delitos los pagan, y robar al tesoro público ofende a la ciudadanía, para más detalles pregúntenles a los chavistas que están enjuiciados en ese país, y los que están siendo esperados en otros, sus crímenes son de alcance internacional –es lo único grande e importante que han hecho, delinquir– y donde vayan serán juzgados.

George Bush padre será enterrado entre ceremonias y cariño ciudadano, mientras en Venezuela el obrero presidente sigue usando su desfachatez para gobernar sostenido en el engaño permanente a quienes siguen pensando en caudillos que prometen, pero jamás cumplen excepto en aquello que los enriquezca aún más, sin asumir sus propias responsabilidades ni a defenderse ellos mismos.

Fidel Castro y Hugo Chávez fueron enterrados bajo roca, Maduro es la piedra que nos aplasta y, junto a sus cómplices cooperantes y alguna parte opositora de su afecto que solo piensa en sus intereses y conveniencias, desnudos de pueblo, nos seguirá humillando mientras hacemos colas y chistes bajo el sol y la lluvia.