Fue Nicolás Maquiavelo quien dijo alguna vez que todo regente debía destruir toda noción de lo anterior a su mandato. De tal manera, el pasado queda en el olvido y tanto el presente como el futuro se sienten como completas emanaciones de su régimen. Así, las poblaciones pierden la capacidad de contrastar y su sentido de identidad empieza a volverse sinónimo con la del orden establecido. Tal pensamiento es de vital importancia, muchísimo más aún para la Venezuela luego de 20 veinte años de chavismo ruinoso, para que podamos resistir la imagen perversa que han ligado a nuestra nacionalidad y, a su vez, poder trascender esa vil morisqueta.

Dado el cataclismo político, económico y social que ha representado la “revolución bolivariana”, estamos viviendo en épocas en que la autoestima nacional se ha ido al piso y la reserva moral de la nación pareciese estar siendo ocultada por la tragedia. Por tal razón, en el imaginario colectivo prosperan los conceptos más terribles que uno puede tener de sí. Ideas como que el país está condenado al fracaso; que la población venezolana es pusilánime y rastrera; que somos ciudadanos que en el mejor de los casos somos mediocres, mientras que en el peor somos tan ladrones, estafadores y hamponiles como aquellos que se hicieron del poder político, entre otras; sin embargo, debajo de las capas de resentimiento, frustración e identificación con lo malo está todo aquello que el velo de la desgracia nos esconde. Estas joyas podemos encontrarlas tanto en las lecciones de la historia como en las luchas del día a día, pero requerimos deshacernos de esa ceguera en la que los monstruos siempre son visibles y los héroes no. Con esto no quiere decirse que se deban ignorar las atrocidades conducidas por una minoría de venezolanos pues, admitámoslo, fueron conciudadanos los perpetradores de esta humillación; sino que debemos afirmar que tal como los déspotas y los ladrones son reales, también los demócratas y los honestos lo son.

Cuando hablo de rescatar a la venezolanidad, hablo de una variedad de cosas; la primera de ellas es salvaguardar a lo que mi parecer es la nobleza de la mayoría de los venezolanos. Nuestro pueblo es gentil, caritativo e inclusivo con todas las ciudadanías, etnias y razas del mundo. Nosotros somos de compartir y reír juntos, de abrazarnos en la adversidad y de prestar una mano amiga tanto a conocidos como a extraños. No solo eso, también somos un pueblo aguerrido, perseverante y que ve oportunidades en los retos que se nos presenten.

La segunda es que el espíritu nacional no puede seguir siendo identificado por lo peor dentro nosotros. Venezuela no es solo las bajas pasiones representadas por individuos como Hugo Chávez Frías, Nicolás Maduro Moros y compañía, así como ciertos politiqueros opositores (que el pueblo sabe quiénes son) o cuanto pájaro de mal agüero pudo haber emergido del país. Rescatemos a la Venezuela insigne, aquella que parió a hombres desde Francisco de Miranda, Simón Bolívar y Manuela Sáenz, hasta Rómulo Gallegos, Humberto Fernández Morán y Carolina Herrera.

La tercera es que veamos que no necesitamos solamente vivir del recuerdo para tener en nuestros corazones a la Venezuela digna. La Venezuela honrosa vive en cada profesional que se destaca aquí o afuera, en cada trabajador que sostiene varios oficios para sostener a su familia y en cada madre abnegada que se sacrifica por sus hijos. Todos estos no hacen el ruido que hacen los autores del colapso nacional, pero tal como hormigas ahí están, haciendo su trabajo, sentando las bases para un futuro que puede y debe ser diferente.

La cuarta y última es aquella transversal a todas las demás. Esta es nada más y nada menos que la Venezuela civilista y democrática. Esa esencia libertaria, consciente y ciudadana que tiene su albor en aquel 5 de julio de 1811, Día de la Declaración de la Independencia, cuando nuestra patria nació proclamando que no había otro camino que no fuese el de la libertad.

A pesar de los cuantiosos errores que hemos cometido a lo largo de nuestra historia, siempre hemos contado con los ciudadanos y los ideales que han dado pie a la Venezuela líder y a la Venezuela posible. Recordemos, como bien lo dijo el increíble Renny Ottolina, que nuestra nación surgió diciendo por dónde es que era el camino. Por tal razón, ante el desasosiego y la alienación que la actual conjetura representa para nosotros, sepamos que lo más excelso de la patria no ha muerto por cuanto yace depositado en nuestras venas, siempre pulsante, siempre insistente en que debemos acallar y vencer al impulso barbárico que ha demostrado ser nuestro eterno enemigo.


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