Opinión

La representación de la realidad

El Oscar depara una competencia cerrada en la nominación por la mejor película documental. RBG y Minding the Gap figuran como favoritas indiscutibles en los papeles de los apostadores.

Sin embargo, Free Solo parece coger un nuevo impulso, en vista de su triunfo en Bafta.

RBG narra la historia biográfica de la jueza liberal más longeva, Ruth Bader Ginsburg, una famosa litigante de casos femeninos a favor de las causas de las minorías. Por tal motivo, su victoria tendría peso histórico, a un año de la campaña del #MeToo. Además, el pronóstico cobra sentido al considerar la vigencia del tema de la representación en el contexto de la temporada de premios.

El filme pertenece a la corriente clásica del género expositivo, donde los criterios ortodoxos de creación se imponen en la forma de testimonios, imágenes de archivo, entrevistas y voces uniformadas.

La película rinde culto a la personalidad de la protagonista, defendiendo siempre su punto de vista. Fanáticos, expertos, familiares y amigos cuentan la vida de la jurista insigne, marcada por la enfermedad y la actual erosión de la presencia demócrata en el Tribunal Supremo de Estados Unidos.

En el pasado, ella logró cambiar reglas estrictas en contra de las mujeres, gracias al impacto de su trabajo. La popularidad le llegó entre los sesenta y ochenta, cuando los valores de las culturas dominantes comenzaron a ceder espacio.

El poder fue adaptándose a las condiciones políticas de la época de las reivindicaciones sociales y la lucha por los derechos civiles.

Debido al éxito de RBG, Bill Clinton la nominó para integrar el Tribunal Supremo de Justicia. Así consiguió una silla en una de las principales instituciones de Norteamérica.

El documental, en definitiva, cumple la loable misión de homenajear la obra de la servidora pública; una auténtica superheroína de carne y hueso.

En el presente, la ciudadana Ruth suele oponerse, mediante el voto, a la hegemonía republicana de los últimos tiempos. El Oscar vendría a refrendar su estatus de ejemplo de la disidencia ante las posiciones dominantes de la gestión de Trump.

Por igual, la academia postula al largometraje de no ficción Minding the Gap, una cinta de jóvenes patineteros de clase media baja. Sería la propuesta de la generación de relevo en la categoría.

Un chico empezó a rodarla, con cámaras caseras, en el ambiente doméstico de sus aventuras callejeras. La fotografía acompaña los desplazamientos de los deportistas extremos en sus tablas de madera, desafiando las leyes de la gravedad urbana. Los vemos como seres al margen del sistema, un nuevo tipo de rebeldes sin causa unidos por problemas de desarraigo, soledad y precarización laboral.

No alcanzan a incorporar un movimiento de vanguardia y de ruptura frente a los principios del status quo. Su resistencia, de existir, circula por unas vías de rechazo espontáneo e intuitivo a los canales de la tradición. La película resucita el brío de la trilogía experimental de Gus van Sant, dedicada a los outsiders y olvidados del american dream.

Por méritos técnicos y estéticos, Minding the Gap es nuestra consentida sentimental del Oscar. Abre rutas alternativas para la creación de contenidos divergentes.

Por algo la distribuye la plataforma de streaming de Hulu. Aparte, su reparto coral es uno de los descubrimientos del año.

Los millennials crecen delante de nuestros ojos, en modo Boyhood, intentando resolver sus conflictos parentales y humanos. La violencia afecta a todos en casa y los personajes buscan transformarla con la fuerza del afecto, la reconciliación y la resiliencia filmada como confesión.

Recomendamos Minding the Gap y RBG como textos afines para disfrutar en una sesión de cine documental de 2019.