Opinión

El régimen contra las cuerdas

Se confirma una vez más el acierto de Max Hasting, el gran historiador inglés: como ha sucedido con otras crisis muchísimo más graves del pasado europeo, en Venezuela se verifica la tragedia de una gran crisis puesta en manos de unos liderazgos menguados. Ya estarán repicando la campana que salvará a Maduro del KO.

Maduro no es Fidel Castro. Si lo fuera –un supuesto negado digno de una película de ciencia ficción– ya hubiera hecho con El Aissami lo que Fidel Castro hiciera con Arnaldo Ochoa Sánchez: fusilarlo. Habrá sido un pretexto del Caballo para librarse de la sombra de la Glasnot con que lo amenazaba Gorbachov desde Moscú a través de la carismática figura del Héroe de Ogadén, pero el hecho cierto es que pretextando los turbios negocios en que supuestamente andaba su máximo guerrero –migajas microscópicas comparadas con los 3.000 millones de dólares que el Departamento del Tesoro le atribuye al vicepresidente de Venezuela– lo sometió a la farsa de un juicio ominoso, en el mejor estilo de los siniestros juicios de Moscú, le prometió tratarlo con dulzura para que se sometiera como un colegial regañado a sus jueces –ruines y desalmados compañeros suyos en las guerrillas venecubanas de los años sesenta– y luego de obligarlo a hacerse una escandalosa, patética y vergonzante autocrítica –por la TV oficial, en vivo y en directo, para más completa humillación– fusilarlo sin más trámite. Por cierto, junto a su íntimo Tony de la Guardia, uno de los agentes cubanos del G-2 que, según dicen las malas lenguas, se encontraba en La Moneda cuando el suicidio de Salvador Allende.

Lo hizo matando varios pájaros de un tiro: le dio un cabillazo a la Casa Blanca, que tuvo que atragantarse con el expediente que acumulaba contra Castro por su tramoya narcotraficante; paró en seco el descontento que cundía en las filas de quienes regresaban del África alebrestando a las masas de hambrientos que comenzaban a sufrir el espanto del período especial, todos quienes respaldaban con fervor al líder que venció a todos los ejércitos mecanizados con los que se enfrentó en África, incluidas poderosas fuerzas sudafricanas. El descontento pueblo cubano tuvo que empacharse el horror de asistir a esa cruel y sangrienta tragicomedia. Y el Caballo salió del impasse, como siempre, en andas de la gloria. ¿Quién iba a atacarlo por haber fusilado no solo a quien había faltado gravemente a la ética revolucionaria sino que, en el colmo de la coprofagia, había rogado que lo fusilaran “por traicionar al líder máximo faltándole el respeto a su revolución”?

Pero ni Maduro es Fidel Castro, ni El Aissami es el valeroso y pundonoroso general Ochoa Sánchez ni esta cloaca se asemeja ni en años luz de distancia a la tiranía cubana. Por más siniestra, esclavista y hambreadora que ella sea.

Tampoco puede considerarse el precedente sentado por la Casa Blanca cuando decidiera secuestrar in situ al general Noriega. Muy de machete al cinto, pero una vestal comparado con el alto funcionario sirio venezolano. Ni la Iglesia venezolana ni la Nunciatura se prestarían a servirle de refugio a quien ha caído de las máximas alturas del frágil y quebradizo aparato estatal venezolano a las honduras del desprecio político y mediático universal. No me imagino ni a los mayores lameculos de la izquierda universal –por ejemplo, Pablo Iglesias, o a los serviles secuaces del Foro y los partidos filocastristas del hemisferio– rasgándose las vestiduras por quien ya se encuentra en el inalcanzable limbo del narcogansterismo planetario.

La decisión del Departamento del Tesoro, en cambio, se sustenta en una típica jugada táctica de ganar ganando. Perfectamente acoplada a la estrategia confrontacional que parece animar a Donald Trump en su política hacia la dictadura venezolana. Ha logrado soldar todas las diferencias que dividían a los republicanos, ansiosos por presenciar la caída de la dictadura venezolana y restaurada su tradición democrática. Ya felicitan a Donald Trump por la habilidosa movida, así él no tenga nada que hacer ante la absoluta autonomía de quienes decidieron sancionar a Tareck El Aissami. Ha acallado el descontento de gran parte de la inmigración latina, que no le guarda la menor simpatía a la dictadura venezolana y su vicepresidente, pues comparten el rechazo de la sociedad norteamericana contra el ISIS y las fuerzas del terrorismo islámico con el que el vicepresidente supuestamente estaría emparentado. Y tiene perfecta conciencia de que castigando a la dictadura venezolana –y por esa vía dándole una bofetada impecable al régimen cubano– se granjea las simpatías de una opinión pública latinoamericana que le ha sido ampliamente adversa. Ni Obama ni Francisco I podrán decir esta boca es mía.

Nicolás Maduro no ha tenido otra opción que atarse con alambres de espino al cadáver viviente de su lugar teniente. No es Fidel Castro. Raúl Castro no saldrá en defensa de quien carga con un sólido y pesado expediente largamente forjado por la DEA y los servicios de inteligencia norteamericanos. Y si la oposición venezolana no estuviera al nivel zoológico de los platelmintos, ya hubiera reaccionado con valentía, vigor y coraje. Tres atributos de los que carece absolutamente. Como que Julio Borges ha propuesto en la agenda del Capitolio tratar el tema de la basura.

Se confirma una vez más el acierto de Max Hasting, el gran historiador inglés: como otras más descomunales del pasado europeo, en Venezuela se verifica la tragedia de una gran crisis en manos de unos liderazgos menguados. Ya estarán repicando la campana que salvará a Maduro del KO.