Opinión

De realidades y otras agonías más

Nelson Chitty La Roche

“Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Antonio Machado.

Converso con una maestra petareña que me apunta que recibe niños más pequeños y delgados que nunca. Les cuesta mantenerse despiertos, concentrarse, aprender, leer. Me interrumpe mi hijo y me anuncia que sacaron del aire a CNN en español. Vengo de la UCV donde imparto clases y traigo en la mente una disputa entre quienes quieren desacatar una decisión de la Sala Electoral del TSJ y los que no lo asumen como conveniente. Son unas elecciones en las que, no obstante, nadie hable del país y sus problemas. En el camino veo una dama que pide ayuda a gritos, la robaron ante el CC Las Mercedes a plena luz del día.

Si algo caracteriza la cotidianidad en Venezuela lo advertimos en la glosa triste de quienes muestran su desencanto y su angustia. Ayer la noticia era la nota de prensa que señala al vicepresidente de narcotraficante y las derivaciones de un evento de tal magnitud que, por cierto, se agrega a pronunciamientos similares pero dirigidos a altos dignatarios del Estado chavista y a sus familias. No hay paradigmas, valores y principios son quebrantados y resolverse es lo legítimo.

El drama es rutina en el país. No hay escenario alguno donde no constatemos la estrepitosa penuria de alimentos, medicinas, repuestos, insumos de variada naturaleza. No solamente es de eso que se trata, y tal vez como consecuencia de lo anterior las prestaciones públicas exhiben una carencia extrema. Hoy en Lara una amiga profesora me relata que hizo una cola de seis horas para echar gasolina y poder venirse a Caracas. Los apagones continúan, el servicio de agua se hace más esporádico y en poblaciones de la costa oriental del estado Falcón se reduce a una vez a la semana y por un rato.

En las universidades y liceos deben llevar los alumnos sus hojas de examen y cualquier tramitación adolece de lo elemental. Oigo decir que el rancho de las guarniciones militares alcanza cada día menos, para dos o a veces una comida solamente para la tropa. Un conocido comisario del Cicpc comenta la inevitable corrupción que muerde en todos los estratos, y en la jerarquía más aún. Lo lamenta, pero se resigna. El comercio se queja amargamente de los cuerpos de seguridad y de la Guardia Nacional Bolivariana acostumbrada a reclamar un pedazo de todas las gestiones cual pastel de aniversario. En mis 66 años de vida, nunca oí, palpé, sentí más la pobreza y la desesperanza.

Los jueces apestan de prevaricación y, peor aún, de la más espantosa ignorancia. Están para servir al régimen. Hace poco una abogada que trabaja con el gobierno en un estado del oriente me comentaba cómo un juez contencioso le había informado que había dos criterios, el de los expedientes con interés del PSUV o del oficialismo, y los demás. La salud se cae a pedazos y ni en el Hospital Militar para sus afiliados y familiares se obtiene una atención completa. Paso mucho tiempo, y como yo muchos, buscando el tratamiento que no se consigue desde hace meses.

Puedo continuar citando o evocando relatos de propios o extraños, pero en común tienen la fatiga del conciudadano que no halla ya qué decir ni a quién. El chavismo malogró el país y continúa haciéndolo sostenido por la peor promoción de oficiales de la Fuerza Armada Nacional, enajenados, acobardados y alienados a una dirigencia incompetente y demagoga. Vivimos la hora de la oclocracia en su expresión más obscena.

La categoría Estado fallido encaja bien para calificarnos como a otras experiencias latinoamericanas o africanas. México, Honduras, Nicaragua están mejor que nosotros sin embargo, pero a ratos Somalia o la República Popular del Congo, entre otras, me vienen al espíritu. Atentar como recientemente lo hacen desde el Ministerio de Educación con el modelo curricular desnuda un cálculo macabro digno de este asalto feroz del resentimiento y la mediocridad que conoce Venezuela. El legado de Chávez no es otro que atrasarnos y africanizarnos. Me río irónico cuando los espalderos del Comandante amenazan al que hable mal del responsable mayor de este desastre. No es necesario decirlo, acabó con la patria y lo tenemos enfrente evidenciado.

El rostro del venezolano es otro. Desconfiado, taimado, envilecido parece a menudo, pero aun en su lado oscuro sabe que el demonio no es la pobreza, la miseria, el hambre, el malandro que lo persigue, sino el régimen y sus protectores; es ese el que lo asfixia y le quita hasta su esperanza de vivir.

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