Opinión

El rancho

I

Cuando me preguntan la razón por la que madrugo tanto y me escuchan la respuesta, la mayoría no se asombra, porque casi todos en Venezuela sufrimos el mismo mal. El régimen chavista fue tremendamente exitoso en la tarea que se propuso desde el principio de romper con lo establecido e igualarnos a todos, pero por debajo.

He trabajado toda mi vida por mantenerme desde que me gradué en la universidad. A mi padre eso le pareció insólito, pues con 21 años de edad hice lo imposible (confieso que hasta en eso él me ayudó) por insertarme en el campo laboral, aunque él decía que no lo necesitaba. Le respondí cuando me preguntó: No me gradué para quedarme en la casa. Con el tiempo, el impulso de mis padres y gracias al esfuerzo llegué a formar parte de la clase media profesional.

Sin embargo, tengo que levantarme a las 5:30 am todos los días si quiero disfrutar de una hora de agua corriente. Una hora de madrugada y una hora al final de la noche, con eso es con lo que cuento. Aproximadamente 15 minutos de esa hora se invierten en llenar tobos y pipotes porque no contamos con el servicio en todo el día.

Desde hace aproximadamente un mes tampoco tengo línea telefónica. El servicio de reporte de avería de Cantv ni siquiera toma la queja, se cae la llamada. Por supuesto, tampoco tengo Internet. Cuando salimos a trabajar mi hija y yo, mi madre de 82 años de edad se queda incomunicada.

La electricidad ha fallado varias veces. Últimamente más seguido.

Está de más decir que nada de lo que tengamos de ingreso alcanza para comer, pero no nos salvamos de las colas que tenemos que hacer los fines de semana para poder conseguir la comida.

A pesar de todo, agradezco a mis padres que la marginalidad no la llevamos en la cabeza. Pero vivimos en un rancho muy acomodado en una colinita del sureste de la capital de Venezuela. No contamos con agua, teléfono y a veces ni electricidad.

II

Para los que no están familiarizados con la palabra, en Venezuela le decimos rancho a una vivienda precaria, a veces de cartón o de tablas de madera, que se construye en terrenos escarpados y donde vive la gente muy pobre. En el país abundamos, ahora más que nunca. Pero la definición debe ampliarse, sobre todo tomando en cuenta que organismos internacionales miden el nivel de pobreza con diversos parámetros, entre ellos el acceso al agua potable y a electricidad, así como otros servicios.

Desde que el insepulto comenzó con el cuento de que ser rico es malo, de que no vale la pena aspirar a comprarse un carro, de que no importa robar si es por hambre, todo eso que en psicología social se llama motivación al logro se eliminó en el grueso de la población que lo escuchaba hipnotizado.

Después de 20 años de ese discurso, lo máximo a lo que aspira una mujer es a un bono de 700.00 bolívares por quedar embarazada, sin importar el futuro que puede ofrecerle a ese hijo, que ni padre tendrá. Porque la sociedad venezolana tenía sus carencias, pero esta dictadura las convirtió en ley.

La marginalidad no tiene nada que ver con el rancho, pues muchos hemos sido testigos de que de un hogar humilde (nótese que no hablo de casa) han salido hombres y mujeres ilustres y brillantes. Lo que hace la marginalidad muy peligrosa es el conformismo, y eso lo enquistaron en el cerebro de la mayoría.

Así como le decía María, madre soltera, a su hijo mayor José: Estudie, mijo, para que sea alguien. Eso de ser alguien es tener cómo conseguirse la vida, como mejorar cada día, como aspirar y conseguir metas. De eso carecemos ahora.

Por la calle lo que sobra es rancho mental. Desde el que se pasa una luz roja en un semáforo hasta el que engaña y estafa a un cliente. Y esa marginalidad se la debemos al chavismo. Para muestra, Miraflores.

III

No sé por qué desde hace días me suena la historia en la cabeza. Un plebiscito, un solo candidato, 1957.