Opinión

¿Qué hay que hacer? (II) o "No quiero saber más nunca de Venezuela"

Solo aquellos que han sobrevivido a la experiencia de un secuestro prolongado pueden entender, a profundidad, los traumas emocionales que este puede dejar. Muchas veces se confunde la cobardía de los secuestradores con el miedo natural que provocan en los rehenes ¡que son víctimas, no cobardes! Comienzan por controlarlos bajo represión física directa y luego inician un control emocional, bajo el sometimiento a la voluntad de sus captores; lo que entienden como única opción de salvar la vida. Esta secuela enfermiza, como se los he recordado antes, es el síndrome de Estocolmo.

El triste episodio del secuestro del norteamericano William H. Niehous, el 27 de febrero de 1976, nunca fue, ni podrá ser olvidado, por venezolanos que se conocieron en la Caracas de la década de los sesenta y los setenta. Tres años, cuatro meses y dos días transcurrieron, hasta el 29 de junio de 1979, para que una comisión de la Policía Técnica Judicial que investigaba en realidad robos de ganado en esa área, diera por azar con su paradero en una zona rural del estado Bolívar, en el hato El Dividive, Maripa, población cercana a Ciudad Bolívar.

“No quiero saber más nunca de Venezuela” fue una expresión que usó el norteamericano Niehous en aquellas declaraciones a la prensa el 1° de julio de 1979; ya a salvo, afeitado y bajo custodia de las autoridades.

Algunos de mis amables lectores se preguntarán por qué traigo a colación este triste recuerdo en este momento. Esos años sesenta y hasta finales de los setenta del pasado siglo XX significaron dos décadas de mucho que habría que ser superado por la sociedad venezolana de entonces. Sometida a la tensión del debate de la guerra fría, entre la Unión Soviética, una potencia comunista apoyando movimientos subversivos a través de Cuba en Latinoamérica y África, y unos Estados Unidos fulgurantes, potencia del mundo libre que había emergido después de la Segunda Guerra Mundial.

La Cuba revolucionaria surgida del victorioso enfrentamiento armado contra un gris dictador llamado Fulgencio Batista se encargó de la propaganda comunista, de llenar de exagerado contenido épico y heroico a los izquierdistas que en efecto habían combatido contra la dictadura de tal sargento, pero que también lo hicieron igualmente demócratas valerosos.

El dictador Batista no tenía ascendencia de verdadero liderazgo en la juventud y pueblo cubanos, ni por tanto realmente en las fuerzas armadas de la isla.

En Cuba la izquierda comunista de Fidel Castro pronto controló el poder del gobierno. En cambio, en Venezuela, fueron los demócratas aún bastante jóvenes por cierto, con Rómulo Betancourt y Rafael Caldera a la cabeza, los que tomaron las riendas del poder y establecieron una democracia naciente.

Jóvenes venezolanos, cautivados por los sueños de gloria guerrillera, de los que habían visto hacerse realidad en Fidel y Raúl Castro, el Che Guevara, el religioso católico Camilo Cienfuegos, entre otros, no escatimaron en su propia búsqueda de metas y hazañas, con las cuales abrirse camino hacia la gloria de conquista del poder por medio de una revolución armada. Solo el paso de los años iría decantando las cosas hacia su verdadera dimensión. Fueron los rezagados del proceso de pacificación los que, al no aceptar las posibilidades reales de convivencia democrática, se mantuvieron armados secuestrando gente, después de los años setenta, frente al proceso que ofreció y cumplió el presidente Caldera; y que se había concretado con el nacimiento del partido MAS en 1971, y afianzado luego con la candidatura presidencial de esa izquierda pacificada, con José Vicente Rangel como candidato en 1973.

¿Qué hay que hacer? ¡Hay que conocer la historia política venezolana! Antes de volvernos a encontrar con sus mentiras, que tratan de ser convertidas en verdades y que se hacen excusas para justificar sus procederes como hombres deshonestos.

José Vicente Rangel colocó a su hijo por encima del candidato William Ojeda, quien después resultó no ser confiable para ningún grupo. Ahora es nuevamente el flamante alcalde de Sucre. El municipio más importante y que produce mayor cantidad de renta en impuestos. Asimismo, Jorge Rodríguez, ex alcalde de Caracas, cerebro detrás del CNE que prepara los fraudes y los controla, no aprendió de la generosidad de la democracia, que lo educó junto a su hermana y los promovió a cargos públicos en gobiernos de la cuarta república. Democracia que asumió el castigó a los responsables por las torturas a su padre, quien fue capturado inicialmente como implicado en el secuestro de Niehous. Estos son ejemplos que prueban que, a pesar de todo, nunca han aceptado la democracia como fórmula de convivencia.

Así como les he narrado estos episodios de la reciente vida venezolana, donde ahora existe mucho dolor y miseria, termino preguntando nuevamente: ¿qué hay que ser? Hay que ser agradecido. Se está produciendo la huida hacia  el territorio colombiano de cientos de miles de mujeres, niños, ancianos venezolanos. Les recuerdo a nuestros hermanos colombianos que la más importante inmigración, que fue recibida en Venezuela, ya para los años ochenta fue la colombiana. Esta alcanzó más de 4 millones de colombianos  y significó más que toda la emigración europea sumada desde los años treinta hasta los ochenta. Ser agradecido nos compromete a todos a luchar juntos por la libertad y por la democracia, como nos lo pidió nuestro Libertador al llamarnos a todos, en su última proclama, “colombianos”.

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