Opinión

¿Qué hacer?

Raúl Fuentes

Hoy domingo, 19 de marzo, es día de san José, carpintero de Nazaret, a quien, asienta una edición extracanónica de Las celestiales (en glosa al pie de página una copla que el pudor aconseja silenciar), su mujer habría puesto cuernos con el mismísimo Hacedor que, transfigurado en mansa paloma, la sedujo –cual el lujurioso Zeus que se convirtió en cisne para poseer a Leda o en toro para hacer lo propio con Europa–, y si creemos en la canción, habrá fiesta en la población de Elorza. Ojalá el figurante salsero que oficia de presidente acudiese allí y calzara unas alpargatas a ver si aguanta el joropo de la inquisición popular. Porque, a estas alturas del juego, son demasiadas las interrogantes que suscita la gestión de una ineptocracia cuya legitimidad no emana de la voluntad del soberano, sino del capricho de un moribundo atiborrado de fármacos, cuyo manejo de los asuntos públicos estuvo signado por la improvisación o, quizá –como barruntan los teóricos de la conspiración y una buena parte del país pensante–, de una conjura de la nomenklatura cubana y el alto mando militar vernáculo. Y si diversas y numerosas son las dudas generadas por una sucesión con visos de vendetta postrera, no menos variadas y numerosas resultan las incógnitas de ella derivadas.

Cuando me percaté de la irreverencia contenida en el párrafo precedente, que pretendía introducirnos en el mar de incertidumbres provocadas por la inercia gubernamental y en el que, sin el salvavidas de las explicaciones, estamos a punto de zozobrar, recibí vía Whatsapp un video ante el cual mi herejía es nada –por eso decidí dejarla– que registra el último adiós tributado en un barrio caraqueño a un presunto delincuente abatido en ajuste de cuentas; las imágenes nos muestran unas (des)honras fúnebres devenidas en estruendoso y lascivo cucambé, en desenfrenado nalguiteteo, condimentado con drogas y humedecido en alcohol, en el que un par de impúdicas adolescentes, encaramadas sobe el ataúd, zarandean con furia sus traseros –¡agítense antes de usar!–, al compás de un reguetón de ripiosa versificación ajena a la prosodia, que nada tiene que ver con aquellos «entierros de mi pobre gente pobre» en los que «las flores son de papel y las lágrimas son de verdad» a los que cantaba Cheo Feliciano, pero sí (y mucho) con la perversión moral que elevó a los pranes a la categoría de cónsules de la ministra del poder popular para los servicios penitenciarios, excesiva y almidonada denominación con la que, en mayúsculas para más inri, distinguen a una celadora que se cree Queen Latifah interpretando a Mama Morton en la versión fílmica del musical Chicago (Rob Marshall, 2002), y jura, como la singular rapera, que «la base del sistema carcelario es la reciprocidad –When you’re good to Mama/ Mama’s good to you–. ¿Cómo es posible que hayamos llegado a tales extremos? Quizá nunca lo sepamos, a no ser que nos arriesguemos a sucumbir en el intento de averiguarlo.

Son tantos los enigmas, misterios y secretos inherentes a la opacidad roja, que la sola idea de inventariarlos produce vértigo; sin embargo, tratar de desentrañarlos debería ser tarea prioritaria para la oposición, si se quiere propiciar un cambio sin tropezar de nuevo con la piedra del diálogo. Si comenzamos por el principio, las respuestas a los porqués de la «irresistible ascensión» del por ahora eterno son más que obvias, elementales, querido Watson, que diría pero no dijo Sherlock, y apuntan a la prolongada preterición de los sectores menos favorecidos de la sociedad, por parte de una élite que hablaba de perfectibilidad de la democracia sin hacer nada al respecto; no tiene caso, empero, detenerse en los cómo, entre los que destaca la resabida antipolítica alentada por los notables y el oportunismo crítico, pues, tal diría un director de debates harto de escuchar bolserías, el tema ha sido suficientemente discutido. Hurgar en el pasado es hacerle el juego a un régimen que se refugia en el ayer, olvida el hoy y niega el mañana. De allí la urgencia en definir qué hacer de aquí en adelante.

¿Qué hacer? tituló Lenin uno de sus más trascendentes análisis políticos –tomando para sí, nos informa el Dr. Google, el nombre de una popular novela de Nicolài Chernishevski, de enorme influencia entre los intelectuales rusos de la época–, en el que sienta las bases organizativas del partido que habría de ser vanguardia revolucionaria y de la estrategia a seguir para movilizar y guiar a las masas hacia la consecución del poder. No abogamos por copiar el modelo leninista, sobre todo, porque se le tiene por causante de la división del Partido Obrero Social Demócrata Ruso. No necesitamos dividir sino multiplicar. Ha pasado mucho tiempo y Venezuela no es Rusia ni se le parece –¡a Dios gracias!, exclamaría una beata–; estimamos conveniente, eso sí, inspirarse en su ejemplo, con un diáfano propósito: elaborar un programa de acción que unifique, convoque y convenza a los venezolanos de que la toma del poder es desiderátum de cualquier proyecto político que se precie de serio y, además, condición sine qua non para lograr un cambio de rumbo y paradigmas.

Para dar contenido a nuestro propio ¿qué hacer?, y a su consecuente ¿cómo proceder?, pareciera ineludible determinar qué es lo que contiene la rabia de la ciudadanía e impide que esta insurja contra la iniquidad de una ordinaria dictadura castrense que conculca sus derechos y la sume en la miseria –¿miedo, resignación, indiferencia, falta de liderazgo?–; así, tal vez, no nos tomaría por sorpresa el apocalíptico estallido social anunciado (y ansiado) por los entusiastas del fast track. Prepararse para lo peor es probablemente la mejor manera de comenzar a pensar en qué hacer para que ello no suceda. Un propósito que debe normar la conducta de una oposición que no ha sabido aclarar con alegatos persuasivos las causas de su constante culipandeo y, menos aún, por qué no ha indagado entre la población qué espera esta de ella y qué quiere para el país y para sí. No se debe seguir tocando de oído, dejando que se nos confisque el tiempo. Necesitamos, sí, concretar un ¿qué hacer?, pero no sin antes tener claro lo que ni de vaina debemos volver a hacer, como dialogar con los que creen que pueden zapatear en Elorza, aunque no sea día de san José.

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