Opinión

La profesión del crítico de arte

Decía Oscar Wilde: “Revelar el arte y ocultar al artista es la meta del arte”. Y esa complejidad, que suena sencilla en principio, únicamente es alcanzada por un puñado de verdaderos artistas, quienes logran tan digna distinción, aunque eso signifique que la mayoría de los que se dicen “artistas” sean en realidad una pobre imitación de ellos alcanzando la pobre categoría de bocetos.

Aunque bien es cierto que la gloria alcanzada con una manifestación artística no siempre será repetida en las ocasiones subsiguientes por su creador, las más de las veces un artista consagrado alcanzará niveles portentosos en cada una de sus obras –pero no es una regla.

La complejidad de apreciar una obra que busca ser de arte está velada a un sector que sopesa la valoración estética a través de un alto valor simbólico, mismo que deviene en la privatización del capital creativo de quien lo ha creado, ya sea artista o curador.

De alguna manera, como dice Javier Toscano, una obra de arte es una apropiación que territorializa –bajo un concepto cultural– una expresión estética, por lo que es también, entonces, la inserción simultanea de un valor y una desigualdad. Pero no solo eso, el sistema artístico, al igual que la máquina capitalista, monopoliza las posibilidades y la producción de alto valor simbólico, especialmente las expectativas y los deseos, las proyecciones y las promesas de un mundo utópico, improbable, sí, pero en el que cada individuo fuera el poseedor de sus propios sueños y búsquedas.

Es en este mundo estético gobernado por los dadaístas, los constructivistas, los surrealistas, los clásicos, expresionistas, contemporáneos, por los collages incisivos con recetas de montaje y todo un flujo continuo y pujante de impulsos transestéticos –dijera Baudrillard–, y todo lo inherente al reino de lo considerado artístico, donde la profesión del crítico de arte establece un sistema de exclusión y accesos limitados, a través de la elaboración de protocolos personales e institucionales que corresponden con el ideal abyecto de un objeto aislado, valorizado, enaltecido, fetichizado para un consumo abstracto exclusivo y excluyente que dictan qué es y qué no es verdaderamente arte.

El ideal artístico no pretende equipararse con la publicidad, la moda o bien la industria hollywoodense y el diseño en todas sus vertientes, aunque en el pasado los museos tenían un ritmo de producción de exposiciones que permitía digerir en alguna medida las propuestas artísticas, y en la actualidad la proliferación de galerías y espacios independientes ha generado una especie de fiebre de lo artístico motivado, en gran parte, por la multiplicación de seudocríticos de arte que han rebajado la trascendencia, a lo largo del tiempo, de un objeto o expresión artística por la simetría funcional entre una obra de arte y un algoritmo financiero, que las clases dominantes manejan a la perfección.

Con la finalidad de explorar el medio artístico y de desenmarañar la utopía atrayente del arte, la tarea del crítico se basa en desnudar el armazón de relaciones sombrías que pueblan una creación artística, y así poner al alcance del público un objeto o expresión para que miles se aglutinen a su alrededor.

Es posible que la carencia de rigor artístico del crítico haya permitido que el vacío de creación, la ocurrencia, la falta de inteligencia sean los valores de un falso arte y el comportamiento de sus actores en el ambiente mismo al que el pretendido artista busca acceder.

Se podría decir que en la actualidad hacer arte es un ejercicio ególatra, a menos que en realidad la obra hable por el artista y no un curador, no un sistema, no un dogma.

Un verdadero crítico de arte es una personalidad que por medio de la ironía implacable, y un ojo razonablemente crítico, desnuda las verdaderas motivaciones de los actores del mundo artístico, quien con su crítica puede generar un cosquilleo en lo más profundo del alma que será la chispa que motive la apreciación de tal o cual obra.

Por desgracia, la “esencia” misma de lo que se entiende como “arte” puede quedar reducida a un simple comentario banal de un crítico sin escrúpulos ni profesionalismo, que más que objetivo podría llegar a buscar dar importancia a los enredos técnicos, que tejen teorías complejísimas a partir de la ocurrencia y el accidente y que obstaculizan o degradan el verdadero trabajo de un crítico de arte sin sesgos artísticos.

En definitiva, la profesión del crítico de arte no es cualquier cosa, no es un invento ni mucho menos un oficio que se pueda dominar de la noche a la mañana.

El verdadero crítico de arte debe tener una formación artística y conceptual sobre las múltiples disciplinas culturales del hombre, pero además debe especializarse y enfocar todos sus conocimientos y apreciación al territorio privilegiado de las artes y su estética.

Para entender el mundo del arte, hay que saber que, en él, las imágenes van acompañadas de un sentimiento, no aparecen solas, son siempre ya una apuesta en escena entre el objeto que se elige, su entorno y el observador. En otras palabras, uno no observa o aprecia objetos o escenas, sino sistemas de signos, universos de fantasía homologados donde el artista se encuentra en el origen de la construcción y conceptualización, y el crítico de arte es un intérprete de la representación de un mundo subjetivo e iridiscente.