Opinión

¡Preocupaciones!

Rodolfo Izaguirre

Nuestras vidas transcurren agobiadas por preocupaciones de toda índole: intelectuales, personales, de industria y comercio, y de ellas surgen interrogantes y conflictos que, a veces, logran superar o extinguir los anhelos e ilusiones; es decir, los alcances y el sentido de la propia vida. De allí que, desde el amanecer de los tiempos, hayan aparecido los enigmas y con ellos el propósito de descifrarlos, resolverlos, entenderlos y tratar de hallarles provecho. No otro ha sido el empeño humano. Lo hizo Edipo con la Esfinge; Alejandro, con el tajo de su espada cortando el nudo más famoso de su tiempo y cercenando con su soberbia cualquier otro enigma que no fuese el de la cercanía de su propia muerte.

Todavía hoy seguimos tratando de explicarnos la presencia de las pirámides, las líneas de Nazca, los insólitos moais con ojos de obsidiana y coral de la isla de Pascua; el peso del alma, el portentoso resplandor que llamamos Dios y la vida que, para muchos, sigue aleteando incorpórea cuando cruzamos el océano de la eternidad y nos adentramos en las tinieblas de una música que suponemos más gloriosa que el silencio.

Las preocupaciones son tan múltiples como diversos son los caminos e interrogantes que ofrece la existencia humana. ¿Quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde nos encaminamos? ¿Cómo hacer para que mejore el país que somos? ¿Qué vida hay en la zona no azogada de los espejos? ¿Qué es el amor? ¿Dónde reina la justicia? ¿Cómo acariciar la felicidad? Al igual que Blas Pascal, nos aterroriza la mudez del firmamento, la oscuridad y el silencio que suponemos deben ocupar con mayor estruendo el lado oculto de la luna; el combate eterno entre el bien y el mal; la omnipotencia de Dio, pero también la tenacidad de su rival personificado en la estrepitosa caída de Venezuela.

Los enigmas van, las preocupaciones vienen; unas se despejan pero surgen otras y gracias a sus enfrentamientos y resoluciones continuamos, nos enaltecemos o nos derrumbamos. Avanzamos, civilizados, y aceptamos y dominamos las tecnologías cada vez más sofisticadas y unos a otros nos miramos, satisfechos, pero ¿avanza con la misma agilidad nuestra moral? ¿Naufraga la ética? Creemos abrir las puertas y las ventanas y, sin embargo, al hacerlo, nos clausuramos, nos encerramos y alimentamos agrios prejuicios y, cualquiera que sea la ideología que abracemos, ella nos envenena y nos traiciona. Hoy nos enferma la diáspora que nos esparce por el mundo; nos atormenta el miedo a perderlo todo, a no ser quienes hasta entonces habíamos sido; palpamos el temor a sentirnos ajenos en otras latitudes, comenzar a vivir de nuevo con una maleta llena de tristezas, y estas dolorosas circunstancias hacen que la diáspora venezolana sea una de las preocupaciones más trágicas, no solo individuales sino de todo un país afligido.

Durante años me han preocupado la incertidumbre social del país, las estrecheces de los más desafortunados, la bruma que rodea la aventura de vivir y, peor aún: la vida asumida por algunos como una enfermedad; mi incapacidad para evitar que alguien no lleve pan a su casa, viva en la intemperie, se hunda en las turbias aguas del desamor.

Me ha preocupado la tradicional y desventurada vida política del país sometido a las ásperas voluntades de los caudillos civiles o militares, la ausencia de una cultura cívica, la permanente violencia y la persistente mentalidad minera de vivir al día anclada en nuestro comportamiento caribe. El petróleo ha hecho de nosotros vampiros de nuestra propia sangre, parásitos de nosotros mismos; rentistas, depredadores, seres altivos y soberbios; me persigue la imagen del país pobre que se cree rico, pero, a pesar suyo, enriquece a los delincuentes que asaltan el poder.

Me asombran y me dejan estupefacto los diáfanos o enlodados misterios del sexo y del corazón; me enerva no poder alcanzar el esplendor del idioma en el que me expreso, dominar la sintaxis y encontrar la exacta elegancia de las palabras; valorar mi actitud hacia los demás. ¡Siento que mis esfuerzos han sido inútiles! Llegué a mi futuro y solo veo un terreno yermo allí donde debía estar el país en flor que avizoré en mi juventud.

Sin embargo, cercano a los 90 años, constato que estas y muchas otras preocupaciones van quedando de lado, algo rezagadas pero sin perder importancia, porque siguen allí, pugnaces, palpitando, reclamando mi atención, haciéndose sentir con fuerza; pero confieso que no olvidar el bastón y no caerme ¡se han convertido en mis únicas y verdaderas preocupaciones!