Opinión

El precio de abandonar la verdad

Vivimos tiempos realmente curiosos. Hace años que Venezuela pasó de ser un país más o menos próspero a poder considerarse tercermundista. ¿Las causas? Hiperregulación en la economía, nula flexibilidad laboral, inseguridad jurídica y un largo etcétera. Aun así, tengo mis dudas respecto a si, al terminar la dictadura, vendrán tiempos mucho mejores.

Gran parte de la población aún apoya medidas similares (aunque quizá con distintas denominaciones) a las que hicieron caer al país. Si no se educa a la gente en conocimiento objetivo y lejos de eslóganes políticos, ¿cómo va a conocer realmente las consecuencias de ciertas propuestas puestas en práctica? ¿Cómo va a volverse menos vulnerable ante el populismo?

A lo largo de la historia son varios los países que han sufrido las consecuencias del socialismo. Es el socialismo real, el que fue aplicado al pie de la letra, aunque a algunos les moleste. En China, por ejemplo, el dictador (sí, dictador, con todas las letras) fue el responsable del gran salto adelante, que aumentó estrepitosamente la mortalidad china al establecer objetivos totalmente surrealistas de producción anuales. Se dividió el país en tres regiones. Curiosamente, la región que mayor producción conseguía antes de su política, fue la que acabó peor de todas, al exigírsele objetivos mucho más desproporcionados que al resto (que no es poco). El fatídico Holodomor arrebató la vida a más de 7 millones de ucranianos. En el caso de Corea del Norte, la cifra de muertos en las últimas décadas supera el millón. Las muertes a causa del socialismo real se estiman en más de 100 millones. Sin embargo, esas cifras no reflejan el sufrimiento que este sistema causa. No nos hacemos ni la más remota idea. Vemos números, sí, pero las personas no son eso. Son gente con nombre y apellidos, que perfectamente podrían ser nuestros vecinos. Y quizá, algún día (ojalá que no) lo sean, si nada cambia.

Como oposición al colectivismo (dentro del que se encuentran el socialismo, la socialdemocracia el fascismo, etc.) encontramos al liberalismo. No es casualidad que en China, el mismo país del que hemos hablado antes, aplicando una propuesta tan liberal como es reducir el impuesto de sociedades, la innovación aumentara en cantidad y mejorara en calidad, de acuerdo con un nuevo estudio (Cai, Chen y Wang, 2018). También benefició el libre comercio, en forma de apertura internacional; a la reducción del trabajo infantil, como se demostró con numerosos datos (Edmonds y Pavnik, 2004). Tampoco nos debe sorprender ver cómo los países situados en puestos más altos en el Índice de Libertad Económica de la Fundación Heritage y del Instituto Fraser sean los más ricos del mundo. Al final, la libertad, es decir, la ausencia de coacción, resulta ser también lo más eficiente contra la pobreza, e ignorar estos datos, abandonar la verdad como si fuera basura, tiene consecuencias trágicas.

Es realmente curiosa la cultura que se ha creado alrededor del liberalismo y cómo le demonizan quienes defienden las ideas más perjudiciales para la humanidad. Los datos son los datos. Es evidente que a ciertos sectores políticos les interesa ahogar a la mismísima realidad, pero, por desgracia para ellos y fortuna de muchos, es imposible. La ciudadanía debe ser exigente y, sobre todo, estar informada. No vale votar habiendo leído las cinco frases estrella de nuestro partido favorito. Los países que han abandonado la evidencia han caído por su propio peso. No cometamos el mismo error. No abandonemos la verdad y, por supuesto, defendamos orgullosos el sentido común, que es hoy el menos común de los sentidos.