Opinión

El porqué de un consejo moral para presidir un gobierno de transición

Nunca antes como ahora, desde el Descubrimiento y la Colonización, en medio de toda la violencia y las contradanzas, cuando los cambios en estas tierras la hacían extraña a sus nativos. Cuando la nueva cultura y la religión cambiaban todo el concepto de su forma de vida, lo que se notaba en dos particularidades: la desnudez de sus cuerpos era un pecado y las enfermedades traídas por los colonizadores diezmaban a las poblaciones. Pero desde el primer día que el almirante pisó tierra se iba a producir el milagro de la vida. Ambos mundos, que se encontraban sorprendidos, se interrelacionaban en una explosión entre el blanco y la india: un cambio de piel. Con cada nuevo nacimiento va mudándose de color, es el mestizaje con que se alumbrará la nueva nacionalidad. Luego imbricarían las otras razas y otras nacionalidades: la mulata de una belleza que seduce al hombre del otro lado del Atlántico, ninguna regla ni aun la inquisición podrán contra las ardientes pasiones que despiertan. Un encuentro de dos mundos que transformaría a ambos.

Luego vendrá la Guerra de Independencia –para muchos una guerra civil–; el nacimiento de Colombia –el delirio, la Gran Colombia–; la dolorosa separación con la Cosiata, también conocida con la Revolución de los Morrocoyes, el 30 de abril de 1826; después las guerras intestinas y la Guerra Federal. Se diezmaba la naciente república. Llega la pacificación con Gómez, quien acaba con los caudillos sembrados en cada rincón del territorio. Y en la segunda mitad del siglo XX, con el nacimiento de los partidos políticos, el voto universal y secreto, se comienza con el experimento de la democracia como sistema.

El andar democrático se trastoca en 1998 con el ascenso de Chávez Frías al poder, en principio un régimen populista y caudillista que en su caminar transmutará en una férrea dictadura socialista marxista, cuyo objetivo es la formación del hombre nuevo –lo absurdo– en la búsqueda de la utopía comunista desde la Revolución rusa de 1917. El nuevo caudillo se enquistará en el poder desde diciembre de 1998 y paulatinamente irá desmontando todo el ensamblaje democrático que hubo en la república desde 1961 –gesta de un grupo de hombres liderados por Rómulo Betancourt–.

La primera cirugía del chavismo al cuerpo de Venezuela fue violar la Constitución de 1961. Alegando la supraconstitucionalidad de la voluntad popular se propone redactar una nueva carta magna, pero como la vigente se lo prohíbe en su artículo 250, utiliza a la Corte Suprema de Justicia de entonces, que por banalidad de sus integrantes le permite pasar por encima de la Constitución –país al revés–. Va destruyendo toda la legalidad e inventa su Kino electoral, prolegómenos de la gran estafa electoral, domina la constituyente y fabrica a su imagen y semejanza la Constitución de 1999, imponiendo la discrecionalidad de su interpretación, que viene a ser la causante de todos nuestros males aun cuando por paradoja de la historia, los partidos y dirigentes de la oposición terminan imitando a Chávez Frías, al definirla como la mejor Constitución del mundo –realismo mágico–.

De inmediato comienza con el desmontaje de todo el Poder Judicial para transformarlo en espejo del Ejecutivo y prevé con la astucia del filibustero darse un piso permanente neodemocrático a través de elecciones consecutivas –el castrocomunismo entiende que para los países del mundo occidental las elecciones son la base fundamental de todo sistema que quiera llamarse democrático–. Modifica todo el sistema electoral designando personas comprometidas con el proceso y adultera el registro civil, y como consecuencia el registro electoral. Nace la impronta de los números invertidos, en la que hay más crecimiento electoral que crecimiento poblacional, ya dos más dos no son cuatro.

Después, con los avances y retrocesos tácticos, vendrá la pérdida de la separación de los poderes públicos, que sí son los pilares de un Estado democrático. Se comienzan los procesos de expropiación –confiscación– de propiedades: tierras y empresas. Se usa el presunto imperio de la ley y de los tribunales como brazo ejecutor de las decisiones del Ejecutivo y del caudillo. La justicia se emplea como arma de terror y amedrentamiento; la corrupción y el narcotráfico como municiones para la compra de conciencias; y el hambre para dominar a la población. Nacen los grupos colectivos y paramilitares como complemento al terror, serán las brigadas de choque. Chávez Frías y después Maduro son alumnos aventajados del castrocomunismo, perfeccionando el estalinismo y el nazismo.

Durante ese interregno, paralelamente se van comprando países para que sirvan como soporte a la revolución en los diferentes organismos multilaterales y se crean triangulaciones comerciales para favorecer económicamente a los socios ideológicos, como la compra de conciencias individuales –las comisiones se transmutan de las personas a las naciones y viceversa en una danza de corrupción y prostitución–, la revolución y el petróleo dan para todo. El perfil de la nueva república lo van trazando a golpes de audacias quienes menos saben, son los hijos de nadie. Con estos populistas y engañadores de oficio se pone al diablo a hacer hostias, el país todo paulatinamente se va hundiendo en el estiércol del diablo.

Pero todo ese andamiaje es un paraguas que tiene goteras que son de espanto. En algún momento se les devolverá, así como se les devolvió a los piratas con patentes de corso otorgadas por las coronas inglesa, francesa y la misma española, cuando Inglaterra el 17 de septiembre de 1718 emitió su célebre decreto de persecución contra ellos. También las demás coronas lo harán y los piratas terminarán siendo cazados por sus promotores.

Ahora bajo otro escenario sucede lo inesperado, por donde no lo esperaban: el régimen, que acudía a los acreedores con la ligereza de un jugador de casino, se encuentra con que estos solo avanzan dineros a cambio de fantásticos intereses; así, llegará el momento en que no tiene con qué pagar y se precipitará como piedra que cae de la montaña, pues no tendrá cómo mantener ni a sus empleados ni a su ejército de mercenarios.

Después de 18 años de régimen chavista-madurista y de 23 elecciones sumando la próxima de alcaldes, nos encontramos con un país devastado y arruinado, con un Estado fallido. Pareciera que todas nuestras guerras se hubiesen realizado en este lapso. Nunca antes habíamos presenciado cambios tan radicales y violentos en profanación a todos los principios conocidos en el mundo occidental. Comenzando el siglo XXI el gobierno queda en manos de un chofer de autobús, de un capitán del Ejército ascendido por reconocimiento posterior al retiro, de un TSJ cuyos magistrados no0 aguantan un examen académico y una asamblea constituyente popular que se desdice en su propia desgracia.

Pero todas estas intemperancias y locuras van dejando algo en el espíritu de los díscolos cachorros que se quiere domesticar: el amor a la libertad. Pero ese es otro lado de la historia, ¿dónde está el “contrapeso”?

El “contrapeso” –los partidos y dirigentes políticos opositores– hasta ahora solamente ha servido de apalancamiento cuando el régimen, por su propia estulticia e incompetencia, se siente desfallecer. Ese “contrapeso” ha estado la mayor parte de estos 18 años presto para servirle como punto de apoyo, para brindarle las muletas necesarias para que no se desplome; así lo han venido haciendo hasta ahora. Al final, coronan y desenmascaran sus comportamientos con la participación en las últimas elecciones de gobernadores y, con el reconocimiento expreso que los pocos elegidos hacen a la ilegítima asamblea constituyente, salvo una excepción: la bajeza de la juramentación de los gobernadores es realismo mágico. Ahora se preparan para las próximas elecciones municipales y para el final, el gran festín electoral: las presidenciales. Después vendrán nuevas elecciones y si no están previstas, las inventarán. Es tiempo de la autocrítica y de la rectificación, si no ese necesario “contrapeso” desaparecerá del escenario político.

De todo lo anterior queda una historia turbia y caótica, como son todas las historias verdaderas. El pueblo que la ha hecho es un pueblo en el que hay de todo. Si fuéramos a quitarles sus manchas a nuestra historia como a la de América, no quedaría en nada. Porque todo eso que hay de negro en nuestra vida es el carbón de donde brotan nuestras llamaradas, como lo escribía Germán Arciniegas

Con lo que nos pasa hay más barbarie en Venezuela hoy que en la época de la Colonia y de la independencia. En aquellos tiempos los caballos brincaban entre charcos de sangre, la guerra a muerte decretada por el Libertador era de una ferocidad absoluta. La reconquista de Morillo, más feroz aún, pero llega el momento de buscar la justicia con pasión.* Y allí estamos en este momento crucial de nuestra historia.

Esa es nuestra historia, y si queremos aprender y crecernos en la adversidad de estos últimos años no será suficiente con sustituir a este régimen de oprobio por un gobierno producto de una elección concertada, ya que si fuese así, seguiríamos dando tumbos en un circulo vicioso para volver a caer en regímenes populistas y neocaudillistas. Es por ello que en este estado de ruina se requiere de un gobierno provisional de transición compuesto por un consejo moral, constituido por aquellos hombres más viejos pero más sabios, que por su experiencia, intelectualidad, preparación, probidad, ética, mucho de ellos con experiencia militar y con el sentido del deber y del sacrificio mayor, honren a la república en la búsqueda de la mayor felicidad posible de los gobernados, con equidad, justicia y con la aplicación del imperio de la ley.

El gobierno de transición provisional tendría la obligación de la reinstitucionalización del país y de la recuperación del Estado de Derecho. Para ello debe crear la plataforma para unas elecciones justas e imparciales, un sufragio efectivo y la no reelección, con la prohibición expresa de que quienes formen parte del consejo moral podrán en ningún momento, después de la transición, optar a ningún cargo público. Con las elecciones cesarían en sus funciones, su premio sería el honor de la patria grande y su descanso la muerte como continuación de la vida, como en la antigua Esparta con el consejo de los más viejos, la Gerusia. Si no es así, iremos de la tragedia de aquí a la tragedia de allá y a la tragedia de mañana. Las pasiones cada día se encrespan más.

La Gerusia, consejo de los más viejos en la antigua Esparta

¡Por donde andará Lucio Quicio Cincinato!

* Juego de palabras tomadas de la obra Biografía del Caribe de Germán Arciniegas