Opinión

Por siempre digna

Ildemaro Torres

Sí, es en verdad una “Historia de noble continuidad”. La vida republicana de nuestra universidad puede ser contada a partir del 24 de junio de 1827, cuando por obra de El Libertador y del  doctor José María Vargas salió del ordenamiento jurídico de una sociedad colonial, y pasó a los Estatutos de una República, establecedores del principio de la autonomía universitaria. Transcurrido otro siglo, fue lugar de partida de la lucha por la democratización y modernización del país, y por cambios de sí misma; en 1936 la Federación de Estudiantes de Venezuela estableció que dicha autonomía era una de las bases fundamentales de la reforma que requerían esas instituciones para su adecuado funcionamiento.     

Durante años el venerado convento de San Francisco fue la sede principal de la Universidad Central de Venezuela, hasta sentirse como impostergable la necesidad de centralizar las dependencias docentes y los institutos de investigación.

El presidente Isaías Medina Angarita, con su decreto número 196 del 2 de octubre de 1943, acogió la idea del rector Antonio José Castillo, de construir la Ciudad Universitaria, de acuerdo con el proyecto concebido por el arquitecto Carlos Raúl Villanueva en 1944. Y el 2 de marzo de 1954 fueron inauguradas la Plaza Cubierta, el Aula Magna (única e insuperable como centro cívico, cultural y académico de la vida universitaria) y la Biblioteca Central; aportes salidos de sus pensamientos, sentimientos y manos para bien de todos nosotros, que marcarían la culminación de su carrera y a lo cual Simón Alberto Consalvi calificó de “legado singular, concebido para que los jóvenes venezolanos entren al mundo del saber con la comprobación de que un gran venezolano se desveló por ellos”.

Haber aceptado los más relevantes artistas plásticos universales la invitación de Villanueva a participar, –a decir de Guillermo Meneses– resultó en que “como el más natural de los acontecimientos, el más hermoso arte del mundo vino a llenar las plazas y los muros de la ciudad de los estudiantes de Caracas”.  Quienes estudiamos y trabajamos en la UCV y nos identificamos con ella en una relación de mutua pertenencia, tenemos en la Ciudad Universitaria y en su creador dos valores esenciales que nos reafirman en ese sentimiento.

La UCV ha contribuido al desarrollo de un sentir democrático, progresista y popular, cual referencia obligada y a la espera de que el egresado cultive la reflexión crítica y conozca los aspectos que integran la vida cultural y política del país, unido a un sentido de universalidad. Ella es nuestra Alma Máter, siendo uno de sus principales deberes la promoción de valores de nuestra cultura, la defensa de la identidad como pueblo, el fomento de la originalidad y manifestaciones del talento creativo, unido a la lucha por la vigencia del derecho a la libre expresión del pensamiento. Goza de extraterritorialidad por una ley que se entiende la preserva de allanamientos y otras formas de atropellos, y que en lo conceptual hace de freno a cualquier intento de someterla ideológicamente y desvirtuar su esencia.

Sabemos que en la Ciudad Universitaria el placer visual no es disuasivo de la toma de conciencia, acerca de lo que sucede en el vastísimo mundo extrauniversitario; su belleza física se suma a la riqueza espiritual de una juventud que tiene sentido de justicia y que lucha en razón de sentirse comprometida con la sociedad y el país, sobre todo hoy cuando tenemos una Venezuela militarizada presidida por brutales asaltantes del poder, y la universidad es objeto de tantas agresiones, dentro de la manifiesta decisión del régimen de acabar con la autonomía universitaria siendo, por tanto, deber nuestro no decaer en el enfrentamiento a la barbarie.