Opinión

Por las buenas o por las malas

Enero marcó el comienzo de la salida del régimen dictatorial de Nicolás Maduro, desde el día 5, cuando se eligió a una nueva directiva en la Asamblea Nacional, presidida por el diputado Juan Guaidó y su posterior juramentación el día 23, al aceptar las competencias del Poder Ejecutivo trazado en la Constitución; el apabullante reconocimiento como presidente interino de la República por la mayoría de los gobiernos democráticos del mundo y las contundentes acciones del gobierno de Estados Unidos al apoyar toda iniciativa que conduzca al desalojo definitivo de Maduro y sus secuaces, considerados como una amenaza para la seguridad de ese país y del mundo.

Todo eso registra el inicio de una compleja etapa de transición hacia la democracia. ¿Cómo se ejecutará? Por lo visto, Maduro aunque quiera no renunciará, es rehén de un entorno delincuencial que en su desesperación ha decidido resistir con las botas puestas, “rodilla en tierra y bayoneta calada”, para así eludir las sentencias que le esperan en la justicia internacional.

Prefieren convertir al país “en uno y mil Vietnam” –Diosdado Cabello dixit– antes de rendirse y enfrentar su destino atrincherados en Miraflores y en el Fuerte Tiuna, apoyados por una camarilla de generales corruptos, de paramilitares y elementos provenientes de organizaciones terroristas como el ELN, las FARC, Hezbolá o Hamas, no les quedará otra que enfrentarse a las operaciones quirúrgicas que desplegará el imperio a través de una intervención militar, una de las cartas sobre la mesa que tiene el gobierno de Trump y que fue expresado de forma concluyente por el senador republicano Marco Rubio, al señalar que Nicolás Maduro tiene que elegir si sale del poder “por las buenas o por las malas”.

Ese cruento escenario se evitaría de haber un pronunciamiento militar que desconozca a Maduro como comandante en jefe, restituya el hilo constitucional y facilite la transición; pero, a pesar de que hay mandos medios y tropa profesional dispuestos, no terminan de definirse.

Esta inacción será sopesada en el futuro por la sociedad civil, que deberá emitir su opinión a través de un referéndum consultivo y decidir cuál será la suerte y el destino de las Fuerzas Armadas. Con ellos o sin ellos, este régimen nefasto tiene los días contados.

El tiempo corre vertiginosamente, no es momento para falsos diálogos, ni estratagemas ya agotadas. Llegó la hora. Estados Unidos, decidido a poner orden de una vez por todas en su patio trasero, no ha tenido necesidad hasta hoy de enviar a un solo marine para cercar al régimen, lo está ahorcando con las sanciones financieras, bloqueando las cuentas y congelando los pagos y los activos de Pdvsa: 7.000 millones de dólares en activos y 11.000 millones en ventas, según los anuncios que hizo el Consejero de Seguridad Nacional, John Bolton.

Los efectos de estas acciones son fulminantes para el régimen que no podrá seguir exportando petróleo a Estados Unidos, nuestro principal cliente –80% de nuestras exportaciones van a ese país– y el pago irá directo a un fideicomiso. Se queda sin margen para las maniobras. Las sanciones se suceden en cadena, ayer el Departamento de Estado certificó que Juan Guaidó representa la única autoridad legítima para tomar control de las cuentas del Banco Central de Venezuela en la Reserva Federal de Nueva York.

La reacción tardía de dictar medidas cautelares, prohibición de salida del país y otras contra el presidente interino Juan Guaidó sin allanarle la inmunidad parlamentaria no tiene otro efecto que calmar a las menguadas huestes oficialistas que reclaman su captura. Se quedarán con las ganas.