Opinión

La política es para los políticos

La política es para los políticos. No es para los militares, ni para los empresarios, ni los científicos ni los artistas ni los deportistas porque tratándose de una actividad para la que se requiere formación y experiencia vale aquello de “zapatero a tus zapatos”. Es por ello que para intervenir quirúrgicamente a una persona se requiere ser médico cirujano como es preciso ser científico para investigar las complejidades de la astronomía. Es cierto, sí, que en algunos casos personas formadas en disciplinas ajenas a la política han podido incursionar en ella con éxito pero para ello hubieron de adquirir una prolongada experiencia que los habilitó para desempeñarse en la difícil tarea de conducir los asuntos públicos. (López Contreras Lula, Lech Walesa, Vaclav Havel, Macri, etc.).

En Venezuela hemos tenido oportunidad de vivir lo que ocurre cuando gente sin experiencia asume la difícil tarea de querer gobernar. Caso al punto es el de Pedro Carmona, quien siendo empresario y un hombre de bien se vio enredado en una madeja que lo atrapó y lo tumbó en tiempo record. Eso no le hubiera ocurrido entonces a un Eduardo Fernández o un Henry Ramos Allup u otro político profesional que no podemos negar tenían y tienen formación aun cuando a algunos les guste o no su trayectoria o su ideología política.

Tan es cierto lo anterior que ahora mismo estamos viendo las dificultades que enfrenta Mr. Trump cuya experticia como empresario billonario no parece estarle sirviendo para poner en marcha su gobierno y por ello mete la pata una y otra vez confundiendo las atribuciones que tuvo como dueño de un conglomerado inmobiliario universal con las limitaciones que le imponen las leyes y prácticas de una cultura institucional madura y además democrática.

En Venezuela tenemos un gobierno militar por más que el mascarón de proa sea un “presidente obrero”. Esos uniformados que han llegado a copar la mayoría de los cargos relevantes de la administración pública llegan a sus oficinas con la formación obtenida en la vida castrense donde el eje rector es la verticalidad según la cual los de arriba ordenan y los de abajo obedecen sin poder ni opinar ni analizar nada. Por tal razón pocos son los militares que tengan ni conocimiento ni respeto por las leyes de la economía, ni noción de lo que es la eficiencia empresarial, el cuidado de la salud pública, ni la interacción de los factores sociales en una sociedad democrática.

A lo anterior agreguemos la muy vernácula condición de la improvisación, la falta de responsabilidad y la impunidad permitidas por una sociedad que se volvió tolerante en la medida en que la renta petrolera daba para disimular todas las arrugas. El resultado está a la vista.

En cambio, en los Estados Unidos, Donald Trump, al timón de la nave mas poderosa del mundo, aun no ha podido fijar rumbo por que no se convence que su cargo está sometido a las limitaciones que fijan las leyes y las interacciones con el factor social que es decisivo en una sociedad democrática como la norteamericana tal como lo experimentaron recientemente algunos de sus antecesores. Nixon mandó incursionar en la sede del partido político opositor y ello le costó la presidencia (Watergate), Clinton tuvo la debilidad de enredarse en los placeres de la carne en plena Oficina Oval y casi pierde el cargo etc.

Hoy día el oxigenado inquilino de la Casa Blanca ha enfrentado por tercera vez el rechazo por parte de distintos tribunales de su decreto de limitación de inmigración a ciudadanos de seis países musulmanes, ha visto como en los cabildeos del Capitolio se le disuelve su plan estrella de abolir el sistema de salud aprobado por el Congreso anterior bajo la administración de Obama, ha despedido al jefe del FBI y con ello ha desatado una controversia por el asunto del espionaje de Rusia en las pasadas elecciones que apunta a investigaciones que para nada le convienen. No ha sido transparente en la separación entre sus intereses empresariales y la cosa pública, ha peleado con varios jefes de Estado extranjeros, con su partido, con la prensa y pare Ud. de contar. El resultado está a la vista: no ha podido arrancar todavía Por eso la frustración general toma volumen y los índices de aprobación de su gestión se desploman rápidamente. En la Venezuela de hoy ninguna de esas minucias ocurriría.

De paso, y para cerrar estas líneas, es interesante tomar nota de parte del razonamiento con que la Corte Federal de Apelaciones del Cuarto Circuito de los EEUU se valió para confirmar la declaración de inconstitucionalidad del decreto presidencial (executive order) de prohibición de inmigración para ciudadanos de ciertos países de mayoría musulmana. La Corte –entre otras cosas– argumentó que la intención de discriminación del decreto impugnado por causa de religión era creíble por cuanto durante la campaña electoral el entonces candidato Trump había prometido mano dura contra los musulmanes y que tal promesa –sin ser un compromiso legal– permitía inferir el fundamento de discriminación religiosa. Tal argumento contenido en una sentencia de un poder judicial auténticamente independiente sirve para que empecemos a reflexionar a ver si las promesas vacías que en nuestro país –y en muchos otros– realizan los candidatos, constituyen o no un compromiso exigible. Imagínense ustedes un país donde un candidato como Churchill, en los peores días de la guerra (1941) ofreció a sus conciudadanos un futuro de “sangre, sudor, lágrimas y trabajo” vaya a conseguir votos. Y sin embargo eso es lo que a nosotros venezolanos nos espera cuando termine esta pesadilla.