Opinión

Perdón no es olvido

Alfredo Cedeño

Luego de pasar mi niñez temprana en La Guaira, tres semanas antes de cumplir los nueve años, llegué a vivir a mi querida y hoy maltratada Caraballeda.  El ambiente casi rural le daba un aire bucólico que nunca he agradecido suficientemente a  mis padres, ya difuntos ambos,  puesto que ese contexto fue determinante para mi búsqueda vital devenida luego en manifestaciones creativas de todo tipo.

Con barnices de recuerdos inmediatos, pese a los más de cincuenta años transcurridos, aún están los colores, paisajes, sonidos y olores de aquellos días.  La señora Pancha, una matrona desdentada y de piel muy negra donde no cabía una arruga más, llenaba del perfume de sus conservas de coco y papelón casi todos mis mañanas de sábado. Jóvita hacía cada mañana una montaña de arepas y todos los niños y zagaletones acudíamos a comprar las que en nuestras casas servirían de desayuno; y cada comienzo de diciembre el aroma del guiso de sus hallacas inundaba medio pueblo anunciando que ya ella estaba haciéndolas. La masa imponente y verde del amado Ávila casi me rodeaba y me hacía lanzar miradas de gula lúbrica hacia el azul limpio del mar Caribe.  

Los sonidos no tienen poco espacio en esas evocaciones. Los velorios de Cruz de Mayo, o los velorios del Niño Jesús, bien de Curiepe o bien de El Clavo, que desde junio comenzaban a recorrer todos los pueblos de la costa del litoral varguense para que sus devotos les pagaran las promesas a ellos hechas ante cualquier trance que ameritara la intervención divina, llenaban muchas noches de la dulce melodía de fulías y décimas. Desde noviembre se oían por todos lados aguinaldos y villancicos, cuando no era algún grupo de vecinos que en bullanguera procesión andaban por las calles entonando cantos de parranda.

Al lado de estos recuerdos semisacros están las mañanas de los sábados, era casi un rito oír junto a  mi abuela paterna, la imborrable vieja Elvira, La Historia de las Canciones, que a las ocho de la mañana salían al aire por Radio Rumbos. También están allí los templetes de carnaval en los que al compás de La Sonora Matancera, Los Melódicos, Billo's, Tito Rodríguez, Casino de la Playa, Celia Cruz, y paremos de contar, los disfraces de negrita y de cuanta máscara se puedan ustedes imaginar se dedicaban a dar rienda suelta a no pocos desmanes.

En dicha remembranza tiene especial lugar Clodomiro Guerra. Él era un negrazo imponente, negro como la noche, a quien yo, renacuajo que ni al metro y medio llegaba, asociaba con un príncipe africano. Él debía medir algo más de un metro ochenta. Sus ademanes y voz eran proporcionalmente inversos a su porte, de una suavidad extrema y ritmo aplomado. Nadie lo conocía en el pueblo por su nombre y vaya Dios a saber por qué razón todos lo conocíamos como Masú. Yo, así como toda la cuerda de mocosos que vivíamos en sus cercanías, nos dirigíamos a él como el señor Masú. Este hombre trabajaba todos los días, incluidas las mañanas de los sábados, día en que al mediodía se le veía llegar a su casa. Al poco tiempo se escuchaba salir desde ella los pegajosos compases de numerosas canciones, él iba colocando las negras ruedas de acetato en un portentonso tocadiscos Philco que él sacaba al patio trasero, mientras se dedicaba a servirse amplias raciones de whisky con cada cambio de long play.

Masú era un admirador declarado de Daniel Santos, y a la mitad de la botella, generalmente alrededor de las cinco de la tarde, era infaltable que colocara uno de sus discos con canciones del compositor boricua Pedro Flores, y había una en particular que el vecino acompañaba a viva voz tratando de imitar al cantante:

Perdón, vida de mi vida

perdón si es que te faltado

perdón cariñito amado

ángel adorado dame tu perdón. 

Una tarde sabatina, con la torpeza propia del imprudente, le espeté: Señor Masú, ¿por qué usted pide tanto perdón? Él, a todas luces sorprendido, me miró como a un bicho raro, se quedó pensando un rato y después se rió mientras con gesto algo torpe me sacudió por un hombro: “Alfredito, mijo, lo que pasa es que perdonar no es olvidar, y muchas veces confundimos una cosa con la otra; cuando canto esa canción me la estoy cantando a mí mismo para no olvidar que a veces por perdonar se cae en lo injusto”.

Sabrá Dios qué culpas o demonios lo atormentaban, y esa frase me resonó siempre, y cuando años más tarde encontré, ya no recuerdo donde, de Shakespeare: “Nada envalentona tanto al pecador como el perdón”, de inmediato la copié y mantengo anotada en diferentes partes para siempre tenerla presente. Y junto a ella se me mantienen vivas las palabras de Masú: “A veces por perdonar se cae en lo injusto”.  Frases que me retumban cada vez que oigo a quienes claman, cual Demóstenes ante la Asamblea de Atenas, por un perdón que cimiente los nuevos tiempos de nuestro país. Junto a ellas, también me repica con persistente impertinencia la pregunta:  ¿Y, a todas estas, dónde va a quedar la justicia?

© Alfredo Cedeño

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