Opinión

¿Perdiendo la guerra psicológica?

Además de la persecución y salvaje represión contra cualquier actividad opositora, la lucha por la liberación de Venezuela tiene otros obstáculos. Uno de ellos es la tentación de asumir como verdaderas ciertas premisas que no lo son. Y se convierten en peligrosos obstáculos porque pueden conducir a errores estratégicos y conductuales de onerosas consecuencias.

El último estudio de la UCAB sobre creencias políticas de los venezolanos (Ratio-UCAB, septiembre 2018) arroja a este respecto algunos datos que pueden causar sorpresa en algunos, quizás acostumbrados a escuchar solo a quienes piensan de manera similar, o a dar por sentado que su percepción y su lógica son compartidos por el resto de la población.

Así, por ejemplo, 42% de la población afirma que la escasez es por culpa de los controles del gobierno, pero 45% cree que se debe a las compras nerviosas de la propia gente. Igualmente, ante la pregunta de a cuál causa se debe la desaparición de los productos controlados, 17,1% de los encuestados afirma que es culpa de que los precios están por debajo de los costos de producción, y 9,9% responsabiliza a la persecución del gobierno contra los comerciantes. Pero 56% cree que la causa principal es de los comerciantes que esconden los productos, y 11,7% culpa a la compra masiva por parte de los consumidores.

Quizás como consecuencia de estas creencias, evidentemente relacionadas con la incesante y permanente propaganda oficialista, el estudio de la UCAB halla que si bien 75% de la población sigue evaluando negativamente la situación del país, por primera vez en dos años la mayoría dejó de ver la situación como “muy mala” para pasar al estadio de “mala”, y solo 14% evalúa su situación personal como muy mala, lo cual igualmente no ocurría desde hacía dos años.

Algunos seguramente se escandalizarán por estos hallazgos, y no faltará quienes afirmen que el estudio simplemente no está en lo cierto. Sin embargo, es necesario tomar en cuenta algunos elementos de análisis para entender tan irónica fotografía de una población sufriente, pero que en una proporción importante tiende a exculpar a sus verdaderos verdugos.

Lo primero es recordar, como demostramos en un artículo reciente, que no hay una relación directa entre crisis económica y cambio político. Por muy grave que sea la situación que padecemos, ella sola no es suficiente para provocar una “inevitable implosión” del régimen ni tampoco para garantizar la desafección popular masiva ante el gobierno. Esto solo ocurrirá si hay una presión social sostenida y sistemática, unidad y organización de los principales sectores sociales y políticos opuestos a la dictadura, y la necesaria docencia social sobre los verdaderos responsables de la tragedia nacional y qué hacer para viabilizar el proceso de liberación. Sin este trabajo político, tendremos la foto que enseña el estudio de la UCAB: un país molesto y sufriente, pero sin que haya una equivalente correlación política de ese malestar.

El otro elemento a recordar es que un porcentaje importante de venezolanos solo reciben, ven y oyen la propaganda del gobierno. Nadie más les está hablando. Hay un solo actor en escena. Y aunque la oposición ciertamente está en un interesante proceso de reorganización alrededor del Frente Amplio, y está privilegiando la necesaria penetración popular y reconexión social, la desorientación perceptual de parte de la población, además de la acción del gobierno, es también consecuencia de sus divisiones y crisis.

Lo cierto es que, por los momentos, el gobierno está avanzando favorablemente en la batalla psicológica y de la opinión pública. Es una tarea inaplazable y urgente acelerar y reforzar el trabajo de pedagogía política aguas abajo entre la población, porque sin una percepción y comprensión adecuada de las causas de nuestra desgracia, no habrá reacción colectiva organizada ante el hundimiento del país. Que es justamente lo que está ocurriendo.

La gente necesita asirse a explicaciones. Y mientras no hablemos, el pueblo seguirá oyendo una sola voz. No lo culpemos después por pensar de determinada manera.