Opinión

Y pensar que era tímida

Sergio Dahbar

Uno podría pensar que las mujeres que se llaman Margaret Mitchell tienen el destino de encontrarse con maridos curiosos. No es un juego periodístico para salvar una columna en el momento culminante de la entrega. Es en realidad la comprobación de hechos por demás inesperados.

Hay una Margaret Mitchell que protagonizó el primer divorcio del que se tenga noticia. Era lavandera en Inglaterra en 1546, y estaba casada con el señor Barr. Un día este hombre irresoluto desapareció y nadie supo qué fue de su vida. Se creyó entonces que había muerto.

Ante este hecho inesperado y gracias a las confusiones sobrevenidas del corazón, la señora dejó de lavar ropa porque se enamoró de un aristócrata, Sir Ralph Sadleir. He aquí cuando en las telenovelas hay espacio para que aparezca el esquivo señor Barr y pretenda tener lo que alguna vez tuvo y desechó.

El problema se le presentó a la señora Mitchell, porque según las leyes de la época se había convertido en una vulgar y desvergonzada bígama. Como Sadleir tenía control de la sartén leguleya de la época, controló ese caldo y el Parlamento británico se manifestó a favor de esta pareja en apuros. Tenían siete hijos ya y hubiera sido de mal gusto dejarlos a la intemperie. Barr fue olvidado como un marido que reclamó lo que era suyo en el momento equivocado.

La otra señora Mitchell que tuvo también unos maridos particulares, vivió (1900/1949) una vida no exenta de tragedias y desilusiones. Provenía del Sur que había perdido la guerra contra el Norte, conocía Atlanta como su casa, y escribió uno de los best sellers más potentes de la historia, Lo que el viento se llevó. Este año se cumplen 80 años de que obtuviera el Premio Pulitzer por esa obra sobre el gran conflicto civil americano.

Mitchell tuvo un pretendiente que murió en la Primera Guerra Mundial, Henry Clifford. Esta noticia fue una devastación para una mujer que era bajita, poco agraciada, y tímida. Para agregar más agua a este molino, de niña padeció un accidente hípico que dejó secuelas a lo largo de su vida. Siempre uso muletas.

Se casó con un contrabandista y ex futbolista, Berrien “Red’’ Uphshaw, que la llevó por el camino del dolor hasta que se separaron. Un año después tomó una decisión inesperada y se casó con John Marsh, un muchacho que siempre había estado enamorado de ella.

Este fue el hombre que corrigió la historia, y el marido que la hizo feliz, y además el hombre que nunca ha sido reconocido como aquel que hizo posible la escritura de Lo que el viento se llevó.

Hizo falta que este hombre enamorado la ayudara porque ella estaba confundida y padecía de cierta falta de entusiasmo para cerrar una historia que era monumental y que requería tesón. Ella empezó por el final, sabía cómo abrir el primer párrafo y tenía muchas dudas sobre lo que ocurriría en el medio.

La editorial Macmillan fue sorprendida con un original que necesitaba demasiada chapa y pintura. Lo leyeron entendiendo algo que no siempre ocurre: que ahí adentro había un tesoro. En seis meses, con el apoyo de Marsh, el libro entró en imprenta.

Nada mal para alguien que no había escrito nada trascendente antes, que obtendría el Pulitzer, que vendería los derechos cinematográficos para una película que pasó a la historia por haber sido vista por más de 220 millones de personas. Pero la mala suerte es una enfermedad que no se cura. Margaret Mitchell besó a Dios con los labios, pero no pudo salvarse de un taxista malhumorado que se llamaba Hugh D. Gravitt. Ese fue el hombre de 29 años que la atropelló. Murió a los cinco días. Su marido hizo lo que ella había pedido en caso de desaparecer: quemar los borradores de una obra inmortal.