Opinión

La pasión hecha Pablo

Pocos venezolanos han emprendido tantos, tan diversos y originales proyectos periodísticos exitosos e innovadores como Pablo Antillano. Todavía muy joven, a comienzos de los años setenta del siglo XX, regresando del intento de revolución democrática de Allende en Santiago de Chile, participó de la creación de Reventón. Un semanario de irreverencia política que vino a renovar la estética y los lenguajes del ya para entonces anquilosado periodismo de la izquierda comunista y a abrir caminos para los aires de renovación que traería consigo el MAS.

Años después, en la segunda mitad de misma la década, fundó y dirigió Escena, una revista auspiciada por el Conac que cambió todos los esquemas de lo que se conocía como periodismo cultural, introdujo un nuevo lenguaje gráfico y convirtió la fotografía en protagonista y no en mera ilustración. De sus páginas recuerdo mis primeros encuentros con la obra de Luis Brito, el Gusano, quien con el paso de los años se convertiría en maestro del arte fotográfico y ahora tampoco está con nosotros.

Luego vino Buen Vivir, como su nombre lo indica, un semanario dedicado a los placeres de la gastronomía, el espectáculo y el turismo que daba cuenta de un momento esplendoroso cuando Venezuela era destino obligados de los grandes músicos y artistas plásticos de todo el mundo, y Caracas se había convertido en centro de la excelencia gastronómica de la región latinoamericana.

El último producto que dirigió, y del que tuve la felicidad de formar parte, fue Lectores, semanario encartado en El Diario de Caracas dedicado única y exclusivamente a la reseña y crítica de libros, la mayoría de ellos editados en el país, y al debate de autores y temas relacionados con la escritura y la actividad editorial.

Creo que no ha existido en la historia editorial de nuestro país nada semejante. Porque no se trataba de una publicación para lectores especializados, sino un suplemento de circulación masiva que les daba a nuestros autores y editoriales una visibilidad, y una importancia, como nunca antes habían tenido salvo en los suplementos literarios que, especialmente en El Nacional y Últimas Noticias, enriquecían su edición dominical.

La última vez que tuve la oportunidad de trabajar editorialmente con Pablo Antillano fue en el diseño del semanario Siete Días, en un momento de renovación del diario El Nacional, en un comité que constituía junto con Miguel Henrique Otero, Nelson Rivera y quien ya era su director, Sergio Dahbar. Escuchar los análisis de Pablo sobre los lectores, el papel de los dominicales, los ejemplos de Argentina, Nueva York o Madrid; era como asistir a una lección académica, solo que se trataba de reuniones cordiales, realizadas fueras de las oficinas del periódicos, matizadas con un buen escocés.

Podría llevarme muchas páginas más enumerando la actividad cultural, comunicacional y periodística de Pablo. Su papel como fundador de la Asociación Venezolana de Críticos de Cine; sus exitosas incursiones en la comunicación corporativa como presidente de la empresa Voz y Visión de Venezuela; la gestión como director general en uno de los grandes momentos de Fundarte; su brillante papel como jefe de las páginas culturales de El Nacional bajo la dirección de Ramón J. Velásquez, o la delicia de sus crónicas dominicales durante largos años publicadas en la revista Feriado. Pero el espacio se agota.

Así que termino afirmando que el mejor Antillano, el imbatible, el inolvidable, el que mayor felicidad nos regalaba a los amigos, era el Pablo que reinaba gentilmente en las barras y las mesas de las tascas de los barrios bohemios de Caracas, La Candelaria y el casco viejo de Chacao, y en los restaurantes de la buena y sofisticada época de Las Mercedes y de los últimos bastiones de resistencia del buen vivir caraqueño en Altamira y Los Palos Grandes.

Nunca fue tan grande la amistad, ni tan lúcidas las tertulias, ni tanta alegría desbordó una mesa, como cuando Pablo Antillano, una de las mentes más lúcidas que haya conocido y de las mejores amistades que he disfrutado, reunía a sus amigos alrededor del pan y el vino. Era un maestro de la conversación y un delicado anfitrión, algunas veces duro polemizando, que, sin embargo, urdía una red invisible de afectos, sentaba en la misma mesa a quienes sin él de por medio no lo hubiesen hecho, tejía como un artesano diestro los hilos invisibles de la vida urbana.

Desde mi exilio en Bogotá lo extraño, lo lloro y lo celebro. Vivió sin frenos con pasión laboriosa. En silencio me pregunto: ¿Qué hubiese sido de la vida de muchos de nosotros si no hubiese existido Pablo Antillano?