Opinión

País portátil

Venezuela cabe en una maleta. La mudan y la trasladan a cada rato, producto de su inestabilidad. Signada por la maldición del cuero sueco, Adriano González León pudo resumirla en la novela País portátil, obra cumbre de plena vigencia, adaptada por Iván Feo y Antonio Llerandi, un tándem de lujo.

Hoy queremos rescatar su metáfora ante los destinos inciertos de la ex patria, sumida en el caos del golpe perpetuo, de vuelta al siglo XIX de las montoneras y los caudillos zamoranos, al borde de una guerra civil no declarada.

La película, una de las cimas de la edad de oro, nos interpela en la actualidad. Invitamos a uno de sus protagonistas, Ibsen Martínez, a revisarla desde la rabiosa y odiosa contemporaneidad.

En cualquier caso, la cinta describe uno de los círculos viciosos de la nación inconclusa, a través del montaje paralelo de los recuerdos del personaje principal, arquetipo de las eternas luchas intestinas de la república fragmentada.

El filme plantea una narrativa yuxtapuesta e inspirada en los relatos de la modernidad, para ir de lo particular a lo general.

Por cierto, la apuesta experimental y vanguardista del largometraje se adelanta a su tiempo y cuesta encontrarle un parangón a la altura de las circunstancias en el milenio de la Caracas sangrante.

Materia pendiente para la generación de relevo. Efecto del conservadurismo y el repliegue cultural anticipado por la pluma de nuestros próceres civiles, a quienes preferimos ignorar o sustituir por una serie de ídolos falsos.

Surgen destituyentes, padrinos, inmaduros y reveroles, porque antes hubo Chávez, Pérez Jiménez, autodenominados libertadores de izquierda y derecha. Prometieron refundaciones y revoluciones a punta de fusiles. La restitución del orden. Dijeron reencarnar a los padres de la independencia. A la postre solo contribuyeron a reforzar una épica mesiánica, sin resultados concretos, ya desmontada por la teoría científica pero extendida en la práctica de las rutinas armadas.

Hay mucho de la MUD, enfrentada a sus némesis de la red social y de la cuartelaria reunión de los amiguitos de La máscara en el tejido audiovisual de la profética País portátil. Falta sí un Andrés Barazarte para ver el despelote a la distancia y responder en consecuencia.

En una de las secuencias antológicas de la pieza, el caos de una asamblea estudiantil de la universidad desglosa la realidad de las batallas vecinales de los trancazos, el disparate de las discusiones de sordos en línea, el ruido y el bullicio de la costumbre antipolítica de negar la existencia del otro imponiéndole una agenda personal a los gritos.

El simbólico personaje principal sufre la tragedia y el drama de la incomunicación social. Va en un autobús abstraído en sus pensamientos obsesivos, en sus nostalgias y memorias.

Su cara de preocupación es la del hombre atado a su pasado y movido por una profunda insatisfacción en el presente. En el Metro del día, distinguimos su imagen en los rostros de cientos de personas tristes, melancólicas, despechadas y neuróticas.

El contexto lo impele a proceder de manera reactiva, tomando la justicia por la propia mano, poseído por espíritus y demonios. Desesperado y acorralado, decide morir con las botas puestas, cargando una metralleta. Fue a la conquista de lo inútil, como diría Werner Herzog.

Así de estériles lucen las campañas de la abominable insurrección chavista, de la opaca resistencia encapuchada, de la disolvente guerrilla tuitera.

Incentivar y promover las formas democráticas ayudará a remediar la enfermedad diagnosticada por País portátil.