Opinión

De Pablo Escobar a Tareck el Aissami

Invitado

Jota Contreras

Cuando en 1982 Pablo Escobar fue elegido diputado suplente a la Cámara de Representantes de Colombia, los colombianos no estaban al tanto de que le habían dado entrada a la estructura del Estado al representante sanguinario más emblemático de la industria del narcotráfico en el mundo: Pablo Emilio Escobar Gaviria. Ese negocio, junto a la esclavitud, es la actividad mercantil más macabra que haya conocido la humanidad; destruye vidas humanas, familias y comunidades; provoca la pérdida de valores éticos y enaltece el fin de lucro a cualquier costo, incluso el de la vida misma; es el excremento de la actividad humana. Sin embargo, la conciencia de muchos honestos neogranadinos emergió para impedir que ese cáncer diseminado en la sociedad hiciera metástasis en el Estado colombiano.

Voces, como la de Rodrigo Lara Bonilla, fueron calladas por asesinos narcotraficantes que pretendían apoderase de las instituciones públicas del hermano país. Fueron miles las víctimas inocentes de la guerra entre los carteles de la droga y la policía colombiana. Afortunadamente, el bien triunfó sobre el mal y, aun cuando el problema del tráfico de cocaína persiste, la derrota de las mafias de Medellín y Cali sentó un precedente que mantiene al Estado colombiano alejado del control de los narcotraficantes.

En Venezuela la toma del Estado por el narcotráfico fue pacífica. No hubo guerra cruenta, ni coches bombas ni voladuras de aviones en pleno vuelo; aquí el socialismo inmoral e inescrupuloso, representado por Hugo Chávez, llegó al poder y desde allí se comenzó a tejer un entramado de relaciones con la guerrilla colombiana que inevitablemente tenía que conducir a la mezcolanza de los intereses geopolíticos del Foro de Sao Paulo con una de sus bases de sustentación económica, como lo es el negocio del tráfico de drogas.

Chávez, en su desmedida ambición de poder, no se contuvo y persistió en forma enfermiza con esa relación, involucrando a sus más cercanos colaboradores, quienes, salvo honrosas excepciones, se involucraron de tal manera en el negocio que cuando fueron a reaccionar (para darles el beneficio de la duda) no había nada que hacer, ya estaban hasta el cuello metidos en el contubernio y, con ello, convirtieron a las cúpulas del Estado venezolano y de su Fuerza Armada Nacional en el gran cartel de la drogas en el mundo.

Tareck el Aissami es una consecuencia de ello, pero el gran culpable ante la historia es Hugo Chávez y el socialismo expansionista que él representa. Las investigaciones y conclusiones de las autoridades de Estados Unidos deben alertar a la Venezuela honesta de todos los sectores sin distingo de ideologías políticas, quienes deben alzar su voz para decir que ya hemos llegado al límite. Ya basta; la situación es muy seria. Venezuela está enferma, muy enferma. Me resisto a creer que no haya hueso sano. Pidámosle a Dios que ilumine a los oficiales y suboficiales honestos de la Fuerza Armada Nacional, (que son la mayoría) para que despierten y reaccionen. Frente a la monstruosidad de la crisis, ya las formalidades democráticas poco importan. Se trata de salvar el país y el futuro de nuestros hijos.