Opinión

El otro que no es

Carlos González Nieto

No habría por qué invocar al “otro” con tanta reverencia, con tanto idealismo aséptico. El discurso que magnifica la otredad como el referente de nuestra propia identidad –opuesto inevitable sin el cual, en apariencia, no somos lo que somos– puede ser y en efecto ha sido tramposo. En aras de la tolerancia, esa palabra tótem que se esgrime con dispendio, se termina a veces aceptando cualquier cosa, cualquier “ideología” asesina, cualquier ángel exterminador que no oculta su ambición de aniquilar a su respectivo “otro”.

Los contratos sociales, con todo y sus eventuales vacíos o inconsistencias, suelen ser claros, medularmente: aquel que viola la letra (porque violar el “espíritu” de las leyes es algo que solo se aventuran a precisar ciertos hermeneutas de lo paranormal) enfrenta las consecuencias. Mientras más se apartan de lo pactado los pactantes, más grave la condena, más alto el precio del resarcimiento. Es el abecé de cualquier república que ya haya dado uno que otro pasito por el camino de la civilidad. Nada nuevo que decir hasta que, en una republiqueta de quinta como esta que somos, el pacto lo rompen quienes se supone deberían ser sus garantes y que además reinciden en sus crímenes, saquean y destruyen todo a su paso, se dan impunidad a sí mismos y culpan al “otro” o, mejor, lo exterminan, de a poco o de un solo tajo.

El criminal nunca puede representar aquella alteridad absoluta que solo tiene cabida en los laberintos deícticos de los cándidos. No es ese “otro” con el que se dialoga en torno a lo “común” porque, enemigo por definición de los demás, es la antítesis de la convivencia en comunidad, como es el caso de las insanas y podridas cúpulas chavistas con las que no hay espacio para una aproximación dialógica. Lo único que queda es –humillación mediante– negociar la entrega del rehén, del país secuestrado, que al fin y al cabo el poder lo mantienen estos gorilas del Caribe, cerdos de Orwell transmigrados.

No es puntillosidad semántica. Más de uno ha recalado en la otredad para estudiar o aproximarse a la propia existencia a través de la mirada del otro, ejercicio vano cuando esta mirada no es la de un ser normal que nos ve como semejantes sino como objeto de su odio para ser “aniquilados”, como dice el más tenebroso bardo de la revolución; “reducidos a polvo cósmico”, como se solaza el pervertido psiquiatra del gorilato; “pulverizados”, como repetía el criminal que fundó la secta y para quien los que no estuvieran dispuestos a adorarlo eran “la nada”. Se trata, sin más, de gentes malsanas, mentes asesinas que exhiben orondas y con orgullo y fiesta su vocación de muerte; seres inhabilitados para cualquier forma de diálogo porque no reconocen a “otro” que no sea su colega o socio en la abyección.

Los criminales, desde un malandro de barrio hasta un malandro presidencial, no son, en definitiva, individuos con los que la sociedad tenga “diferencias”, “desavenencias” o “desencuentros”. Son enemigos, nunca “rivales”, que le declaran la guerra al resto del cuerpo social. Ese es el único enfoque concebible para con ellos, incluso al momento de sentarse en una mesa de negociación e incluso si, para supremo inri y repitiendo la experiencia histórica, hay que hacerles concesiones tratando de rescatar lo que quede de país. Lo contrario es mortal: ver en el chavismo a simples “contrincantes políticos”, de quienes nos separan distintas “visiones de país”, y no a esta morralla de delincuentes de lesa humanidad y lesa patria, conlleva darle beligerancia política a la criminalidad, la inhumanidad como ideología. No hay sustento ideológico en el chavismo, y si lo hubo murió al nacer.

El diálogo, se ha dicho mil veces, implica el reconocimiento del otro, como diferente y semejante, pero ya es cosa vista y resabida que ni esta ni ninguna otra dictadura asesina reconocen en sus opuestos otra igualdad que no sea la de aquellos cochinos orwellianos: “Todos los animales son iguales, pero unos son más iguales que otros”. El mundo demócrata no puede aceptar como “iguales”, ni siquiera discursivamente –he aquí un tema–, a los psicópatas que bailan sobre los cadáveres de sus víctimas y se congratulan por sus horrores, mucho menos cuando esas víctimas son ciudadanos que defienden sus derechos. Hay una diferencia sustancial entre “tener que” negociar con un criminal en el poder y elevar a este a la categoría de “adversario”.

Son las trampas de la tolerancia sobre las que se angustia, por ejemplo, y con toda pertinencia, un Asdrúbal Aguiar: “La disyuntiva de la comunidad internacional, incluido el Estado Vaticano e incluidos nuestros propios liderazgos, es elemental. En Venezuela no media una crisis política e institucional por obra de narrativas distintas acerca de una vida democrática deficiente, menos una polaridad entre banderías irreconciliables, sino el secuestro de toda una nación y su Estado por los cárteles de la droga y otros agentes del narcoterrorismo y el fundamentalismo islámico; a menos que prefieran hacerse cómplices por omisión y tolerar los crímenes de estos, que claman al cielo”.

La palabra cuenta y, así como hay que restituir la letra –que no el espíritu– de la Constitución, hay que restaurar el lenguaje. No hay que esperar que pase la debacle para restablecer los signos. Por más que el chavismo, esa horrenda cáfila de antisociales, haya pervertido las palabras y pretendido con ello vaciarlas de contenido, estas permanecen en su esencia y hay que reivindicarlas mientras aguardan su “renaturalización” en un contexto en el que puedan recobrar su pleno sentido. Una realidad en la que el otro vuelva a ser un semejante, diverso y múltiple, y no un ser abyecto que solo viva por nuestra muerte.